Se acabó

Ha sido una agonía extremadamente larga. ETA llevaba en una situación terminal desde hace casi diez años, aproximadamente desde 2003, pero como el dictador eterno de El otoño del patriarca, se resistía a desaparecer. Ha durado, sí, más que ninguna otra organización terrorista en Europa, anomalía que algún día habrá que explicar con calma, pero ha acabado como todos los otros grupos armados que surgieron en los años sesenta y setenta del pasado siglo.

A todos nos hubiera gustado un reconocimiento expreso del profundo dolor causado y una petición de perdón. No los hay, de momento. No obstante, se anuncia el cese definitivo de la violencia, la máxima aspiración de la sociedad española durante décadas.

Es verdad que no se anuncia la disolución de la organización terrorista. Tampoco se ha disuelto formalmente el IRA Provisional, ni siquiera después de la entrega de las armas en 2005; ni las Brigadas Rojas. Los casos de anuncio de disolución formal son raros, aunque no inexistentes: la Facción del Ejército Rojo alemán lo hizo en 1998, cinco años después de su último atentado mortal. ¿Por qué esta vez deberíamos creer a ETA? ETA anunció una tregua en 1998 y un alto el fuego “permanente” en 2006. En ambos casos volvió a matar. ¿Tiene, a estas alturas, alguna credibilidad el anuncio? Las circunstancias, desde luego, no pueden ser más favorables al fin de la violencia. Tras el proceso de paz, la campaña terrorista de ETA fue breve y mucho menos letal que en el pasado. Además, la cúpula de ETA quedó desarticulada en varias ocasiones por unas fuerzas de seguridad admirablemente eficaces. En septiembre del año pasado, los terroristas hicieron saber que no llevarían a cabo “acciones armadas ofensivas”. El 10 de enero de 2011 hubo un paso adicional, cuando se hizo público un alto el fuego “permanente, general y verificable”. Lo más importante era que, además, se trataba de un alto el fuego unilateral, es decir, no motivado o condicionado por compromisos del Estado. En abril de este año ETA envió varias cartas en las que comunicaba el fin de la extorsión (el llamado “impuesto revolucionario”, principal vía de financiación de la organización terrorista). El 1 de octubre se disolvía EKIN. Y ayer, 20 de octubre, ETA declaró por fin el cese definitivo.

Esta secuencia de decisiones sólo resulta explicable si ETA verdaderamente ha asumido el abandono de la actividad terrorista. Hay un elemento muy fuerte de irreversibilidad, sobre todo porque ETA ha acabado con las condiciones que hacían posible su supervivencia (la extorsión económica, que nunca cesó, ni siquiera durante el proceso de paz).

Por otro lado, Batasuna, la izquierda abertzale, ha realizado un viraje completo, distanciándose de ETA y presionando a los terroristas para que abandonen la violencia. Los réditos están a la vista: en las elecciones municipales del 22 de mayo, Bildu obtuvo un 25% del voto en el conjunto del País Vasco (diez puntos más en Guipúzcoa). Ante este éxito, es lógico que ETA entendiera que tenían más futuro los votos que las balas. El éxito arrollador de Bildu ha resultado crucial para que el mundo abertzale haya terminado optando por vías exclusivamente políticas. Si Bildu no hubiera concurrido a las elecciones, como deseaba la derecha de este país, es probable que no estuviéramos ahora celebrando el fin de ETA.

Echando la vista atrás, es evidente que el proceso de paz de 2006, aunque tanto cueste reconocerlo, ha sido crucial. Como ya se ha contado en numerosas ocasiones, en el verano de 2004 Zapatero recibió una carta remitida por ETA, en la que se le instaba a explorar un final dialogado de la violencia. En septiembre Batasuna lanzó la propuesta de Anoeta y se iniciaron los primeros tanteos para preparar el proceso. El alto el fuego se demoró más de lo esperado pero llegó finalmente el 22 de marzo de 2006.

El proceso estuvo sometido a múltiples dificultades. Las más importantes fueron las divisiones internas en el seno de ETA, el activismo de algunos jueces, que no tuvieron mejor ocurrencia que endurecer sus medidas contra líderes de Batasuna, y la oposición frontal y brutal del Partido Popular. El Gobierno, sin apenas margen de maniobra, no pudo apenas moverse. Ni siquiera acercó presos, como había hecho Aznar en la tregua de 1998 cuando ETA y el PNV coqueteaban con el Pacto de Lizarra. Las acusaciones a Zapatero de connivencia con ETA, de ruptura del orden constitucional, que hoy suenan completamente ridículas y delirantes, dominaron el debate público en aquel momento. El sector más militarista dentro de ETA fue ganando fuerza y apoyos frente al sector partidario del diálogo, que no podía mostrar ningún resultado de su estrategia pacificadora.

Se endurecieron entonces las posturas y el Gobierno tuvo que alterar sus planes iniciales para alarma de algunos insensatos que pensaron que Zapatero vendería Navarra. Casi da risa recordarlo ahora. PSE, PNV y Batasuna iniciaron una negociación política, en Loyola, que llegó bastante lejos. De hecho, se alcanzó incluso un inicio de acuerdo, pero ETA impuso el veto en noviembre de 2006. Unas semanas después reventaba el proceso con el coche bomba de la T-4. Las consecuencias del atentado no sólo fueron dejar al presidente Zapatero en una posición muy delicada. El efecto más importante fue que los líderes de la izquierda abertzale comprendieron, por fin, que con ETA no iban a ninguna parte. La presión de la Ley de partidos, más el veto de ETA al acuerdo político, les llevó a iniciar una estrategia exitosa para recuperar la iniciativa política y acabar marcando el paso a ETA. Achacar la evolución de Batasuna sólo a la Ley de partidos, sin tener en cuenta la importancia que tuvo el hecho de que el Gobierno estuviera dispuesto a dialogar y fuera ETA la que frustrara las expectativas, es pura ceguera histórica.

El hecho de que tras la ruptura del proceso ETA se viera neutralizada por el Ministerio del Interior terminó de precipitar el resultado final que ahora contemplamos, el cese definitivo. Sin condiciones. Sin exigencias de autodeterminación y territorialidad. ETA ha pasado el testigo a Batasuna, bajo cualquiera de sus múltiples “advocaciones”.

Hace años, la idea de que ETA abandonara la violencia unilateralmente era un sueño que parecía imposible. Por eso, no se entiende que haya tanta aprehensión en estos momentos. Ha llegado el momento de celebrar este triunfo y de reconocer el mérito y felicitar al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y a los Ministros de Interior que han pasado por el mismo, sobre todo a Alfredo Pérez Rubalcaba, con la misma naturalidad con la que se felicitó al PP por sus éxitos en la lucha antiterrorista. Aunque llegue muy tarde, es un éxito indudable.

Cuando ETA declaró el alto el fuego en 2006, escribí un artículo en este periódico titulado 836: era el número de víctimas mortales desde 1968 de ETA y sus ramificaciones (ETA-pm, Comandos Autónomos Anticapitalistas). Pensé, erróneamente, que la violencia acabaría durante el proceso. La cifra definitiva es algo más alta, 848, pero afortunadamente no mucho más. ETA no ha conseguido sus objetivos máximos, pero deja una herencia que será difícil de gestionar: un movimiento abertzale independentista con altas cotas de popularidad. Sin la coerción de ETA, ya no habrá excusas para seguir rehuyendo un debate profundo sobre el encaje del País Vasco en España. Si el Gobierno y la oposición no capitalizan la victoria, se dejará todo el terreno a Batasuna, como ha sucedido esta semana con la Conferencia Internacional de Paz de Aiete. Es hora de que todos esos políticos, periodistas e intelectuales que han jugado puerilmente a ser los líderes de la “claridad moral” y que se han dedicado a insultar a quienes no pensaban como ellos comiencen a descender a la realidad y reconozcan el alcance histórico del fin de ETA. Sería trágico que un éxito como este se viera empañado por el oportunismo político y el dogmatismo ideológico.

Por Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de Más democracia, menos liberalismo, Katz.

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