Se llamaba Laura

“Me asesiné a mí mismo, no a ella, y me perdí para siempre…”. ‘Crimen y castigo’. Fiódor Mijáilovich Dostoyevsky. 

Sí; se llamaba Laura. Para más señas, Laura Luelmo, de 26 años de edad, natural de Zamora, de profesión maestra. Su vida ha sido segada en la localidad de El Campillo, provincia de Huelva, a manos, según apuntan todos los indicios, de un tal Bernardo Montoya, quien, por su hoja histórico penal, había sido previamente condenado, por dar muerte a una anciana en 1995, a la pena de 18 años de prisión, recientemente cumplida.

Quizá uno de los aspectos más inquietantes de este crimen, al igual que todos los de su género, es su dramática gratuidad. ¿Quién puede asegurar que durante el tiempo que transcurre entre el instante y el momento en que escribo no volveremos a sentir angustia por otro absurdo crimen como el de Laura?

Lo mismo que escribí cuando el asesinato de un matrimonio de octogenarios a los que tres jóvenes apalearon hasta quitarles la vida, a la tragedia en sí misma de la muerte de Laura se añade el asombro de cuantos se preguntan dónde se sitúa la frontera entre la violencia y el crimen. Al igual que el cáncer y otras enfermedades devastadoras, la violencia es una dolencia de primer orden en el organismo humano. Está claro que la facilidad para matar a un semejante no se encuentra tan sólo en las odiosas guerras, sino que alcanza niveles domésticos y urbanos. Mas quede claro que el azote de la criminalidad no es un problema exclusivo de España. En Nueva York, en París, en Londres, también tienen lugar homicidios del tipo que motiva estas líneas. Pero, ¿por qué? ¿Qué virus provoca esta epidemia de crímenes, algunos especialmente atroces?

Señalar las causas de manera exhaustiva es tarea difícil, aunque a lo mejor no hace falta un largo viaje para encontrarlas. Desde luego, no es mi propósito de hoy analizar si ante los móviles del crimen del presunto homicida de Laura, en quien concurriría la circunstancia agravante de reincidencia, bien pudiéramos estar frente a un caso de determinismo criminal, como sostiene Garófalo. “El delincuente es un tarado congénito”, nos dice. O si al suceso sería aplicable la teoría del “delincuente nato”, obra de Lombroso, para quien el criminal es una especie de animal infrahumano, tesis que nunca acepté, pues una alteración de cromosomas no significa que la agresión maligna sea un instinto.

Quienes saben de esto opinan que algunas de las características de esas violentas personalidades son la superficialidad y la falta de aptitud para discernir entre el bien y el mal. Otros expertos advierten que se trata de un padecimiento grave relacionado con la anomia, típico en individuos buscadores de vivencias destructivas con las que llenar el vacío de sus existencias. Puede que por ahí vayan los tiros y que esa sea la causa de que para ellos la vida sea una mercancía de valor escaso. La conclusión es que cada día la sociedad se mueve sin un código de valores.

El asesinato de Laura, esa joven profesora que apenas una semana antes de su muerte había dejado Zamora para hacer una sustitución en el instituto Vázquez Díaz, de Nerva, ha sobrecogido a la buena gente de este país. Sin embargo, para mí tengo que, además de la importancia del hecho, que aislado resulta acongojante, el crimen puede ser como el penúltimo eslabón de una cadena siniestra de sucesos terribles ejecutados por lo que algunos llamarían criminales por naturaleza.

Desde siempre, la cuestión de la seguridad ciudadana y el aumento de la delincuencia ha constituido una baza capaz de marcar las distancias entre los partidos políticos. Sin embargo, mucho me temo que hoy el debate es si la clásica alternativa de preferencias entre el orden o la justicia está cambiando por esta otra disyuntiva no menos comprometida de qué es primero, la seguridad o la libertad, a la que no pocos ilustrados contestan en favor de la segunda.

Pero sucede que los honrados contribuyentes prefieren zanjar el dilema con herramientas menos sensibles que las que utilizan los profesionales, de mayor o menor categoría. Para el ciudadano medio, el que pisa el duro asfalto y coge el autobús, por mucho que políticos, sociólogos y juristas se calienten la cabeza, la discordancia entre la libertad propia frente a la ajena ha de resolverse de manera muy sencilla. Basta con proclamar el derecho a ser libre y, al mismo tiempo, aclarar que la libertad es algo demasiado importante como para disfrutar de ella sin riendas.

Termino con un obituario dedicado a los padres de Laura.

Horacio nos advirtió con certeras palabras que cada día que pasa, el tiempo nos roba algo muy nuestro. Cuesta trabajo no llorar la pérdida de Laura. Su ausencia a contrapelo de la razón produce una herida amarga y dolorosa. Lo malo de un hijo desaparecido es el vacío que deja en los padres y que jamás se rellena con nada.

Una congoja inmensa me atenaza cuando pienso lo terriblemente doloroso que es ver como te arrancan la vida de una hija de 26 años. Son muchos a quienes con la muerte de Laura el dolor nos baila en la garganta y en la mirada. Ante su ida, todas las campanas de las bellas iglesias románicas de Zamora doblan por Laura Luelmo y hasta el viejo Duero siente como sus aguas se estremecen. Menos mal que el alma es más robusta que el cuerpo y que cuando éste yace inerte, aquella sigue volando como una gaviota, sin cansarse jamás.

La muerte sólo llega con el olvido. El nombre de Laura olerá siempre a recuerdo y a amor, esa fragancia que se destila en el alambique del corazón.

Javier Gómez de Liaño es abogado y consejero de EL ESPAÑOL.

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