Se llegó tarde a todo

Se ha construido una narrativa global sobre la gestión del Covid-19 que tacha de «irresponsables y populistas» a Gobiernos de derecha, a los que se atribuye haber permitido que la pandemia se expandiese sin control por haber priorizado la economía, y de «responsables y guiados por la ciencia» a Gobiernos más centristas y de izquierda, que han implementado medidas de confinamiento porque se asume que su prioridad ha sido la de salvar vidas. Para reforzar esta supuesta división ideológica basta con elegir cuidadosamente a los representantes de ambos grupos. Si se escoge a Bolsonaro y a Trump como líderes del primer grupo, y encumbramos a Jacinda Ardern (Nueva Zelanda) como ejemplo del segundo, ya tenemos todos los ingredientes necesarios para que la simplificación cuaje.

Pero demasiadas cosas no encajan en este encuadre ideológico. Los Gobiernos europeos que han implementado el lockdown abarcan todo el espectro ideológico, con un claro predominio de coaliciones de centro. Es más, la excepción es Suecia, donde el Gobierno de centro-izquierda pretende conseguir la inmunidad de grupo, y es el partido de extrema derecha el que defiende medidas más restrictivas. Por tanto, el eje ideológico no explica gran cosa. En mi opinión, las principales diferencias tienen mucho más que ver con la relación de los gobiernos con la ciencia: unos han mostrado abiertamente su desprecio por la ciencia, otros han basado sus decisiones en evidencia científica robusta, y finalmente los hay que se han escudado en un concepto obtuso de la ciencia para justificar decisiones políticas.

Se llegó tarde a todoTanto Trump como Bolsonaro han manifestado abiertamente que confían más en su intuición que en la ciencia. No me voy a entretener con jugosas anécdotas, pero sí creo importante resaltar que en el caso de Estados Unidos las instituciones han demostrado su independencia. El principal responsable de epidemiología (Fauci) a menudo da ruedas de prensa con Trump en las que expresa abiertamente sus discrepancias, basándose siempre en la evidencia científica.

El segundo grupo lo conforman los Gobiernos que han basado de forma explícita sus decisiones en la evidencia científica. Por una parte, han constituido grupos de expertos de reconocido prestigio, con voz propia, y han publicado la evidencia. Por otra, han dejado claro que no han transferido la responsabilidad de la toma final de decisiones a los científicos. Esto es fundamental, porque la crisis del Covid-19 es multidimensional. El papel de los científicos es contribuir a generar evidencia robusta y hacer recomendaciones útiles sobre las estrategias más eficaces para combatir el coronavirus. Ni más ni menos. El papel de los gobernantes es el de poner en la balanza aspectos sanitarios, económicos y sociales, y tomar decisiones. La sociedad tiene derecho a saber qué recomiendan unos, qué deciden los otros, y a exigir cuentas a ambos.

Este grupo engloba casos muy diferentes. Ante un nuevo coronavirus, varios países asiáticos desplegaron medidas similares a las que demostraron su eficacia contra el SARS y el MERS (coronavirus mucho más letales), mientras que Europa y los países anglosajones infravaloraron el peligro al considerarlo una nueva forma de gripe o resfriado (causado por otro coronavirus). Pero Europa despertó cuando Italia encendió las señales de alarma. Quienes pensaron que un virus chino no suponía peligro alguno, se equivocaron una vez, pero quienes no comprendieron la magnitud del problema al ver lo que sucedía en Italia no tienen excusa.

La relación entre Gobiernos y asesores científicos ha evolucionado de idilio inicial al desencuentro inevitable. En enero y febrero, los datos de Wuhan permitieron descifrar al Covid-19. Sobre esta base, la mayoría de los expertos recomendó medidas de confinamiento, los gobiernos las implementaron y la expansión comenzó a ralentizarse. Pero a medida que transcurrían las semanas de confinamiento, se hizo patente su enorme coste económico y social. Los Gobiernos reaccionaron relajando el lockdown antes de que los expertos lo considerasen seguro. El desencuentro se ha hecho público, en muchos países los medios reflejen las opiniones enfrentadas de ambos, y se han puesto en marcha comisiones de investigación para aclarar los detalles de lo que ocurrió en esas semanas de vértigo. Cualquiera puede ver el debate entre los miembros del Parlamento y los científicos en la televisión del Parlamento británico, aunque entiendo que es una forma de entretenimiento peculiar.

En el tercer grupo de países, los Gobiernos han defendido que la ciencia ha guiado todas sus decisiones, pero se han negado a hacer públicos los nombres de los expertos, ni los informes. Es una visión atávica de la ciencia, que se presenta como un oráculo de Delfos cuyas profecías se consideran verdades tan absolutas como misteriosas. De esta forma los Gobiernos pretenden eximirse a sí mismos de responsabilidad por las decisiones tomadas, afirmando una y otra vez que es «la ciencia» la responsable última. Pongamos que hablo de España.

La radiografía de lo ocurrido en nuestro país es la siguiente. Las cifras oficiales revelan que es uno de los países con un impacto mayor. Pero sabemos que estas cifras infravaloran las reales, porque sólo se han tenido en cuenta a los enfermos y fallecidos en hospitales a los que se realizaron test PCR, excluyendo a las residencias de ancianos, y a los que permanecieron en su domicilio. La escasez de test ha reducido convenientemente las cifras oficiales. A pesar de que se ha presumido de que en España «la desescalada es ciencia», justo en la etapa en la que tocaba evaluar cuidadosamente el efecto de la relajación de medidas, se congeló la cifra oficial de fallecidos durante semanas. Esto permitió a los altavoces oficiales cantar victoria sobre la base de una cifra irreal de cero de fallecidos, lo que sirvió para apuntalar el mensaje «el confinamiento ha funcionado». Cuando se machacó suficientemente esta idea, se actualizó la cifra pasando de 27.136 a 28.313. Es decir, más de 1.000 fallecidos se habían aparcado en aras de un golpe de efecto.

La mejor aproximación a las cifras reales la calcula el Financial Times cuantificando el «exceso» de fallecidos durante los meses de la pandemia en comparación con años anteriores: España es (junto al Reino Unido) el país con una desviación mayor: un 57% de incremento de muertes, comparado con el 27% en Francia, 26% en Estados Unidos, y 6% en Alemania. El incremento en España supone 44.000 fallecidos atribuibles al Covid-19. Las cifras del INE y del MoMo son muy parecidas.

Se ha recurrido a muchas explicaciones inverosímiles para intentar justificar por qué el impacto del Covid-19 en España ha sido mucho mayor, pero la ciencia ha brillado por su ausencia. Para comprender las verdaderas causas hay que tener presente que la evolución de la pandemia en Europa sigue un patrón temporal diferente según los países, de forma que comienza antes en Italia y España (en diciembre de 2019) y luego se propaga a otros. Por tanto, es necesario relacionar el momento de la toma de decisiones con la etapa en la que se encontraba la expansión de la pandemia en diferentes países, no con las fechas del calendario. Bajo este prisma, cuanto más tarde se reacciona a medida que avanza la ola expansiva, peor. Pues bien, según M. Wolf en el FT, España es el país que decretó el confinamiento más tarde en términos relativos, esto es, cuando ya se había alcanzado una cifra más alta de contagiados por habitante, lo que explica su impacto devastador.

Por tanto, en España el Covid-19 se había expandido mucho más que en otros países cuando se tomaron las primeras medidas a mediados de marzo. De hecho, desde mediados de febrero hasta mediados de marzo, España se convierte en el principal foco de infección para otros países. Un equipo de la Universidad de Oxford ha comparado la secuencia del genoma de diferentes linajes del virus con el fin de comprender cuándo y de dónde se importaron los primeros casos al Reino Unido. Los resultados demuestran el país responsable de un mayor número de viajeros infectados fue España (34%), y el pico en la entrada de pasajeros infectados procedentes de España se produce entre el 8 y el 15 de marzo. Es decir, cuando la epidemia ya campaba a sus anchas por España, la salida de viajeros de nuestro país fue el origen principal de la onda expansiva en otros países.

La conclusión es que se llegó tarde a todo. Y este retraso obligó a un confinamiento mucho más radical y largo que en otros países. El balance es una enorme pérdida de vidas, de libertades y el colapso de la economía.

Montserrat Gomendio es profesora de Investigación del CSIC y ha sido secretaria de Estado de Educación.

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