Se necesita un árbitro ecuánime

Por Rami G. Khouri, director general del Beirut Daily Star y director del Issam Fares Institute for Public Policy and International Affairs de la American University de Beirut (EL PAÍS, 03/09/06):

Uno de los cambios recientes más preocupantes en las relaciones entre Oriente Próximo y Occidente es la sensación, compartida por muchos en esta región, de que Europa ha abandonado su posición centrista y se ha acercado a Estados Unidos y a Israel. Sustenta esta impresión la actitud europea con respecto a varias cuestiones importantes: la controversia sobre las caricaturas danesas, la industria nuclear iraní, el triunfo electoral de Hamás en Palestina, la larga tardanza para imponer un alto el fuego en Líbano y, especialmente por parte de Londres, la adopción de la tendencia estadounidense a exagerar la “guerra global contra el terrorismo” y ver todo lo relacionado con Oriente Próximo a través de ese prisma distorsionador.

La posición europea respecto a los problemas de Oriente Próximo antes de 2001 solía estar en un punto intermedio entre las opiniones árabes e israelíes, y generalmente presentaba un enfoque político más racional y matizado para abordar las cuestiones clave de la región, como los acuerdos de paz (la declaración de Venecia) o la democratización y el desarrollo económico (el Proceso de Barcelona). Esta imparcialidad parece haber perdido fuelle.

¿Qué deberían hacer ahora los europeos para restaurar el equilibrio y para forjar una política efectiva en Oriente Próximo que pueda generar un verdadero y sostenible cambio para mejor? Sugiero seis recetas políticas:

1. Mostrarse claros y francos sobre los temas en cuestión. La fuerza de Europa en el pasado se basaba en parte en el hecho de que señalaba los pecados, aunque no actuara con decisión sobre el terreno. La UE debería volver a las declaraciones claras sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que es legal y lo que es ilegal, siempre que cualquier actor de la región contravenga el sistema de derecho, las resoluciones de la ONU o las normas aceptadas internacionalmente. Esto es válido para Estados, milicias o Ejércitos extranjeros presentes en la región.

2. Seguir siendo imparciales y justos. Europa no debería acabar convirtiéndose en la defensora o aliada de ninguna de las facciones enfrentadas en la región. Debe ser vista como un árbitro justo que se preocupa por los intereses y los derechos legítimos de todas las partes. Esta postura es vital para guiar a los protagonistas cuando finalmente se decidan a abandonar la vía de la intransigencia y a adoptar un talante negociador.

Al delinear, articular y defender un término medio diplomático que respete los intereses de todas las partes, Europa puede aumentar las probabilidades de que las partes se muevan en esa dirección.

3. Exigir responsabilidades a todos los implicados. Europa y/o los Estados que la componen deberían usar los mecanismos a su disposición -tribunales, misiones y comisiones de investigación, juicios paralelos en la prensa y otros medios parecidos- para obligar a rendir cuentas a aquellos actores, estatales o no estatales, que infrinjan las normas legales y éticas. Incluso las acciones simbólicas tienen un impacto y es posible que demuestren a las partes que están en un error y que la impunidad no es una opción a largo plazo.

4. Involucrarse de manera activa sobre el terreno. Los enviados especiales, los diplomáticos y cooperantes y las fuerzas de paz, entre otros, son mucho más útiles para resolver el conflicto en Oriente Próximo que las conferencias intraeuropeas en las capitales de Europa. La reciente labor diplomática y el consiguiente incremento de las fuerzas internacionales en el sur de Líbano para consolidar el alto el fuego son un buen ejemplo de cómo la participación activa en el terreno obtiene resultados.

5. No confundir o mezclar los diferentes temas. Diversas cuestiones de gran calado azotan a Oriente Próximo, entre ellas el conflicto árabe-israelí, la situación en Líbano, los problemas en Irak, el conflicto de baja intensidad entre Estados Unidos y Siria, el enfrentamiento de gran repercusión entre Irán, Estados Unidos, Europa y el Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA), la no proliferación de armas de destrucción masiva, el ciclo creciente de acciones terroristas contra objetivos nacionales y extranjeros, así como un deseo generalizado de promover el buen gobierno y algún tipo de democracia en toda la región. Algunos de estos problemas están relacionados entre sí, pero otros muchos no lo están. Europa -más que Estados Unidos o que los países árabes directamente involucrados- es el actor que está en mejores condiciones de resaltar tanto los distintos elementos que estas cuestiones tienen en común como la naturaleza propia de la mayoría de ellas que obliga a enfocarlas por separado.

6. Involucrarse y atraer, no boicotear ni sancionar. La reciente tendencia estadounidense impulsada por los neoconservadores a usar amenazas, fuerza o sanciones para presionar a Estados soberanos o a actores no estatales relevantes como Hamás o Hezbolá para que cambien de política ha sido un fracaso total. De la misma manera, el negarse a reunirse o a hablar con las partes con las que no se está de acuerdo ha resultado ser tan ingenuo como contraproducente. Europa no debería dejarse absorber por este planteamiento emocional y simplista que tan popular es en Estados Unidos y en Israel. Hay que involucrar y atraer a los países o grupos políticos que se consideren problemáticos mediante negociaciones serias, para que cambien su manera de actuar y respeten las reglas mundiales de comportamiento.

Esto nos lleva una vez más a los temas de la ecuanimidad y equilibrio ya mencionados. Sólo habrá cambios en las políticas y los comportamientos si se juzga con el mismo rasero moral y legal a israelíes, árabes, iraníes, paquistaníes, indios, turcos y demás. Si por norma se sigue aplicando el doble rasero (Israel, Pakistán e India pueden disponer de energía nuclear, pero no así Irán o los países árabes), los intentos occidentales e israelíes de imponer a árabes e iraníes una determinada política sólo generarán resistencia y desafíos.

El interés propio y un cierto legado de elegancia y de eficacia llevan a pensar que Europa no sólo está en condiciones, sino que además tiene muchas razones, para revitalizar una política de imparcialidad decisiva y basada en la legalidad, de claridad, de inclusión y de participación activa en Oriente Próximo, con el fin de interrumpir el ciclo actual de tensión y violencia en aumento.