Se necesitan con urgencia campeones europeos

La revolución digital ha acelerado la globalización e intensificado los intercambios de bienes culturales mediante servicios o plataformas que inundan el planeta como jamás lo había hecho ningún distribuidor, por potente que fuera. La producción cultural europea, ya sea musical, audiovisual, cinematográfica o literaria, no puede perderse esa cita pues dispone de grandes bazas para seguir resplandeciendo. Porque sin contenidos, estos “canales” nunca hubieran podido desarrollarse a tal ritmo.

En una época en que Internet vuelve a barajar todas las cartas y trastoca el equilibrio de fuerzas, Europa no debe convertirse en un simple espacio de consumo de obras y conceptos creados y producidos por empresas no europeas que ya han ganado, y con creces, la batalla de la distribución. Pero todo es posible, dado que los principales servicios y programas de difusión de obras desmaterializables están esencialmente controlados por un puñado de grupos norteamericanos llamados Apple-iTunes, Amazon, Google-YouTube, Facebook o Netflix.

Lo paradójico es que, en vez de focalizarse en la consolidación y el desarrollo de las industrias culturales y de los difusores europeos, nuestros dirigentes llevan meses dándole vueltas al rompecabezas de la reglamentación y la naturaleza de las instancias de tutela que hay que establecer para esas plataformas de distribución de contenidos, o bien aplican a raja tabla y de manera puramente teórica el derecho de la competencia.

En vez de preocuparse por el increíble dumping tributario de algunos pequeños Estados europeos para el único beneficio de los mastodontes americanos, los funcionarios de Bruselas no paran de discutir sobre los riesgos teóricos de la posición dominante de las empresas de producción y difusión europeas, e incluso desaprueban que Francia reduzca en un 2% el IVA sobre el libro electrónico. Parecen ignorar que los servicios de distribución on line americanos ya controlan entre el 70% y 80% del mercado en decenas de países de todo el mundo, tras haber logrado hacer añicos a empresas locales lastradas por reglamentaciones nacionales inadaptadas o por una fiscalidad desfavorable.

Frente a esta situación, cabría corregir el tiro y dar una bocanada de aire fresco a nuestras propias empresas de difusión y producción, instaurando reglas fiscales y disposiciones legales y reglamentarias para que ya no salgan perjudicadas con respecto a sus homólogas americanas. Sería además preciso encontrar un nuevo equilibrio económico y financiero entre los diversos actores y poner coto al parasitismo de las plataformas apátridas.

¿Cuándo revisaremos de una vez el estatus del hoster que lleva 10 años permitiendo que estos predadores se desarrollen en detrimento de los derechohabientes que asisten impotentes a su expolio? ¿Cuándo abordaremos de manera realista la cuestión de la “neutralidad de la red”, ya no bajo el prisma deformador de la libertad del internauta, sino desde el ángulo del coste efectivo del servicio prestado?

¿Cómo pasar ahora al nivel superior, es decir a la dimensión internacional para responder al reto que supone la difusión mundial? ¿Cuáles son los grupos europeos que hoy son capaces de afrontar semejante desafío, de imponerse universalmente, de tratar de tú a tú con estos nuevos monstruos americanos de la distribución, al tiempo que ofrecen una rampa de lanzamiento a las miles de empresas independientes que necesitan resguardarse tras unos líderes?

En el ámbito de los contenidos, nos vienen espontáneamente a la mente dos nombres, y desgraciadamente solo dos: el alemán Bertelsmann o el francés Vivendi, que está a punto de adquirir la prestigiosa y muy británica EMI Music. Son los dos únicos grandes grupos europeos que tienen la capacidad económica para rivalizar con las grandes sociedades anglosajonas o asiáticas. Solo ellos pueden ofrecer a nuestros artistas, por toda Europa, la posibilidad de existir y de adquirir una proyección internacional.Desde ese punto de vista, el pragmatismo y el principio de realidad deben orientar las decisiones y las acciones de los responsables europeos. Seamos realistas: si bien estos actores económicos europeos pueden parecer dominantes en nuestro continente, ¿lo son realmente a escala internacional, seguirán siéndolo en el futuro?

En el espacio económico europeo, tienen la capacidad de abrir la competencia inventando nuevos tipos de distribución diseñados específicamente para optimizar el servicio ofrecido y la experiencia de todos los internautas. Siempre han querido, por encima de todo, favorecer la simbiosis ya existente en ámbitos más tradicionales apoyando (como Dailymotion, Spotify, Deezer) plataformas europeas eficaces e innovadoras que se han ido desarrollando a nivel mundial —a menudo con armas desiguales— con sus competidores americanos.

Seamos francos, el argumento según el cual los “grandes conjuntos” socavan la diversidad cultural y que solo pueden conducir a un formateo reductor para la creación, es cuando menos frágil. En la era de Internet, es evidente que la noción del “small is beautiful” tiene sus límites. Al contrario, los grandes grupos industriales europeos hace tiempo que saben, por pura lógica económica, que la diversidad de los artistas, géneros y formas de expresión son para ellos una ventaja competitiva a largo plazo.

Bernard Miyet es diplomático y fue secretario general adjunto de las Naciones Unidas. Acaba de dejar la presidencia del Directorio de la Societé des Auteurs, Compositeurs et Editeurs de Musique (SACEM) y del Grupo Europeo de Sociedades de Autores y Compositores (GESAC).

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