Se nos ha ido Gabriel Jackson

Ayer partió hacia Estados Unidos Gabriel Jackson, tras residir durante los últimos 26 años en Barcelona. Cada año iba a pasar allí un par de meses junto a su familia. Pero esta vez su viaje adquiere un significado distinto. Ha trasladado su domicilio habitual a una pequeña ciudad del estado de Oregón, para vivir junto a su hija y seguir estudiando y escribiendo, como ha hecho durante toda su vida.

Gabriel Jackson es conocido sobre todo como historiador, especialmente como historiador de la Segunda República. En efecto, su libro La República española y la Guerra Civil,cuya primera edición se publicó en los años sesenta, causó un gran impacto: aquel periodo estaba huérfano de visiones de conjunto escritas desde un punto de vista académico y objetivo. En la España de entonces había una generación ávida de conocer lo que pasó en aquellos años tan decisivos, más allá de las explicaciones habituales recibidas en conversaciones familiares, en el supuesto de que pudiera hablarse del tema sin exaltarse demasiado. El libro de Jackson cumplió perfectamente esta función, especialmente para el periodo republicano antes de la Guerra Civil, que otros libros anteriores de interés, como los de Thomas o Brenan, trataban de forma excesivamente concisa. Paso a paso, con hechos y datos, al leer su libro pudimos entender mejor los motivos de la tragedia.

Por ahí nos llegó, por lo menos a los no especialistas, el nombre de Gabriel Jackson. Un tiempo después descubrimos al personaje, realmente fascinante. En parte por sus muchos artículos en el diario El País o en revistas como Claves o Revista de Libros,de las que es – y ha prometido seguir siendo-asiduo colaborador. Pero también, entre otros, por su extraordinario libro Memoria de un historiador (Temas de Hoy, Madrid, 2001), donde al contarnos algunos episodios de su vida deja entrever cuáles son sus ideas y su personalidad. En cuanto a sus ideas, Jackson debe incluirse en la tradición del norteamericano liberal, es decir, del liberal que además de creer en la libertad estima también, en la misma medida, la igualdad. Una tradición amplia en la que pueden incluirse autores tan distintos como Dewey, Galbraith o Rawls. Una corriente cuyo equivalente en Europa sería la socialdemocracia. A lo largo de su vida, Jackson nunca se ha apartado de esta línea de pensamiento.

Pero más que por el contenido de sus ideas, quizás lo más destacable en Gabriel Jackson sea su peculiar estilo, tanto en el plano intelectual como en el personal. Alguien dijo que el intelectual siempre debe ser “algo imprevisible”, es decir, que antes de comenzar a leerle no puedas ya saber lo que va a decirte. Este es el caso de Jackson. Nunca escribe simplemente por escribir, sino para añadir siempre algo que nadie ha dicho todavía. Y siempre lo sostiene con argumentos racionales, matizados y convincentes, debido a sus amplios conocimientos ya su gran sentido común. Nos podemos dar cuenta de ello si, por ejemplo, leemos su libro Civilización y barbarie en la Europa del sigloXX(Planeta, Barcelona, 1997). Va tratando todos los temas que le inquietan con la sencillez y profundidad propia del sabio que pretende hacerse entender por aquellos que no lo son para así transmitirles de manera inteligible sus juicios sobre el capitalismo y el socialismo, los totalitarismos y las democracias, Auschwitz e Hiroshima, la dudosa moral del presente y sus grandes peligros, debida a la funesta influencia del “deconstructivismo” posmoderno.

Gabriel Jackson ha sido y sigue siendo un historiador académico: su último libro, una biografía sobre Juan Negrín, editado por Crítica en el 2008, es un ajustado retrato humano del personaje. Pero también, sobre todo en su madurez, en los años de Barcelona, se ha convertido en un ensayista que se ha dedicado a escribir sobre sus propias aficiones o sobre los problemas que le preocupan. Melómano desde siempre, intérprete de flauta, tiene un libro sobre Mozart; aficionado al arte, ha escrito un espléndido libro sobre La saga de los Vila (Melusina, 2004) sobre la familia de los artistas sabadellenses Vila Arrufat y Vila-Grau. Pero, sobre todo, se ha dedicado a reflexionar sobre los principales problemas del mundo actual por la necesidad de transmitir, por convicciones éticas, aquellos peligros que, desde lo estudiado y lo vivido, ve e intuye. Estas convicciones éticas eran claramente visibles, además, en su estilo personal. Dudo que nadie que lo hubiera conocido dejara de sentirse atraído por su curiosa personalidad, totalmente contraria a la fatuidad y el divismo propio de tantos intelectuales. Imposible imaginar persona más sencilla, afable, educada, discreta, tolerante, austera, siempre dispuesta a echar una mano a los débiles, incapaz de adular a los poderosos.

España y Catalunya tienen una deuda con Gabriel Jackson. Hispanista de estudio y de corazón, fue reconocido con el premio Lebrija que se otorga a los hispanistas, pero nadie más, a excepción de sus lectores, le ha hecho reconocimiento alguno: ni las universidades, ni las instituciones culturales españolas, ni la Generalitat, a pesar de haber residido en Barcelona desde 1984. Sigilosamente, como es propio de su carácter, se nos ha ido con la promesa de regresar cada año durante unas semanas. Como siempre le quedará un archivo por investigar, esperemos que así sea. Él sabe que unos cuantos amigos le aguardan esperando cada año su vuelta.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.