“Se peca masivamente en Madrid”

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAIS, 18/02/05):

En los años cincuenta del pasado siglo, el entonces ministro de Información y Turismo del régimen franquista reveló confidencialmente a un grupo de periodistas reunidos en el Club Internacional de Prensa los resultados alentadores de la censura cuya dirección asumía. Según el insigne prócer, gracias a su labor preventiva, el índice de sus compatriotas condenados a las penas eternas del infierno había descendido de forma espectacular (no habló en términos comparativos con los de los demás países de Europa, probablemente porque no disponía de estadísticas fiables sobre ellos). Aunque don Gabriel Arias Salgado no divulgó los pormenores de esa empresa salvífica ni la cifra exacta de precitos nacionales y extranjeros ni las fuentes, sin duda celestiales, que avalaban sus dichos, la buena nueva trascendió e impresionó tanto a los fieles como a los infieles. ¡España estaba a la cabeza de Europa en un dominio tan trascendental como el del negocio de la salvación de almas por muy atrás que anduviera entonces tocante a los niveles económicos, sociales y educativos de sus habitantes de carne y hueso!

Las recientes declaraciones del cardenal Rouco, presidente de la Conferencia Episcopal, primero de que “se peca masivamente en Madrid” y después en España, y todo ello “con osadía, unas veces, y otras, con displicente ligereza”, así como sus referencias al “pueblo que habitaba en tinieblas” y a la “apostasía silenciosa” de nuestros conciudadanos, obraron el milagro de catapultarme a mi juventud y me llevé las manos a la cabeza. ¡Después de haber ocupado el puesto de honor en el palmarés de los bienaventurados, nos encontramos ahora en el peldaño más bajo! ¿Cómo no compartir entonces la consternación del santo varón y la grave inquietud del pontífice ante tal derrumbe, ante nuestro alarmante índice de permisividad a escala europea?

Las preguntas formuladas hace medio siglo acudieron de nuevo a mi mente: no ya sobre el problema de las fuentes informativas -venidas directamente de lo alto-, sino sobre los índices pecaminosos de la capital comparados con los de las provincias. ¿Se peca más y de forma más osada en Madrid que en Barcelona, Valencia o Sevilla? ¿Cuál es la tabla de clasificación en el tema de las ciudades y el campo, de las zonas mesetarias y costeras, del Cantábrico y el Mediterráneo? ¿En qué provincia, autonomía o nacionalidad histórica se peca menos? A diferencia del florido pensil franquista, en el que a nadie, sino a un loco, se le ocurría la idea de plantear tales preguntas, los ciudadanos tienen hoy derecho a reclamar estadísticas detalladas y a averiguar, por ejemplo, el listado y la proporción de los pecados correspondientes a cada barrio madrileño: los de Gran Vía, los de Argüelles, los de Chueca. Y, junto a eso, el barómetro real de los delitos que, como intuimos, se centran en el sexto mandamiento: todos mortales y algunos, especialmente en Chueca, que “claman venganza a Dios”, según me enseñaron los padres en el colegio.

El cardenal Rouco no nos aclara tampoco si se peca más con condón o sin él, con diafragma o sin diafragma, con la píldora del día siguiente o sin ella. La condena explícita de los preservativos, me pregunto entonces, ¿no se deberá acaso al hecho de que induzcan a los ya escasamente fieles a fornicar más en razón de la falta de peligro de contagio, ahora que los castigos del Más Allá han perdido su fuerza disuasiva? La hipótesis es plausible y el cardenal Rouco debería especificar su doctrina al respecto.

En cuanto a la ampliación de las leyes del divorcio y del aborto, semejante desmadre favorece, sin duda, desde el punto de vista eclesial, la promiscuidad, el cambio de pareja y otros males peores que el sida en la medida en que éste acaba con la vida y aquéllos se perpetúan post mórtem. Con todo, merecería investigarse por qué la defensa del feto portador de vida humana no se extiende a ésta cuando se trata de prevenir la pandemia que afecta a decenas de millones de víctimas. La inmensa ternura del pontífice por los enfermos, ¿no debería llevarle en buena lógica a procurar atajar las causas de la enfermedad? ¿O es ésta el eficaz sustituto terrenal a la ya ineficaz amenaza de castigos divinos?

Los pecados de la carne que tanto obsesionan a los célibes de la jerarquía romana -a esos “singulares que se desentienden de la procreación”, en palabras de san Jose María Escrivá de Balaguer- han sido y son uno de los pilares fundamentales del control de la Iglesia sobre su rebaño desvalido y contrito. Pecados, recordemos, que afectan la integridad del ser humano: sus pensamientos y obras, su conciencia y materialidad. El lavado regular en el confesionario no resuelve el problema; antes bien, lo prolonga y lo vuelve crónico. Recuerdo las preguntas, siempre precisas, siempre idénticas, con las que me acosaba en la adolescencia el sacerdote de turno: ¿me tocaba? ¿Cuántas veces? ¿Cometía actos impuros? ¿Pensaba en cometerlos? ¿Con quién? ¿De qué sexo? ¿Sabía que acarreaban los castigos eternos? Y si el número de pecados de aquella época represiva y pacata era ya apabullante, ¿cuál no será hoy, me digo, la cifra trillonaria de un simple barrio madrileño en esos tiempos de desaforada permisividad? ¿La conoce Rouco? ¿Nos la revelará en alguna de sus próximas comparecencias?

A las autoridades religiosas que dicen proteger el matrimonio santificado por la procreación, aunque ellas no procreen, les saca de quicio la ley de parejas de hecho y el matrimonio gay. La salida masiva de los homosexuales del armario en el que se les encerraba ha disparado todas las alarmas. Esas cosillas permanecían ocultas hasta ahora y se limpiaban con el detergente de la confesión oral. Los arzobispos, obispos o Legionarios de Cristo Rey que incidían en ellas eran discretamente blanqueados por sus pares, en vez de verse arrastrados –o tempora, o mores!– ante los tribunales civiles y obligados a pagar indemnizaciones millonarias a fin de acallar la voz de quienes supuestamente sufrieron sus abusos. La “osadía” y “displicente ligereza” actuales, ¿apuntan también a los que sacan a relucir tanto trapillo sucio?

Las preguntas son infinitas y el número de “obnubilados por el laicismo rampante” y la “desatención a la voluntad de Dios”, también. Los tiempos han cambiado y no hay por qué sorprenderse de que la Iglesia lo lamente. La conciencia y el cuerpo de la mayoría de nuestros conciudadanos jóvenes se han liberado del yugo enfermizo de su doctrina y debemos felicitarnos por ello, aunque eso perturbe gravemente a los sucesores de Arias Salgado y al digno presidente de la Conferencia Episcopal Española.