Secuestro

Esther Bendahán, nacida en Tetuán, es autora de las novelas Deshojando alcachofas y Déjalo, ya volveremos; esta última, sobre los sefardíes españoles en Marruecos (EL PAÍS, 24/07/06):

“Yo soy un palestino de hace dos mil años”, decía ya hace décadas el poeta judío y francés Herbert Pagani. En el fondo del debate político de estos días surge la postura ante esta pertenencia, algo que no debiera seguir planteándose, pero que sigue siendo el eje central de los pasos previos para cualquier acuerdo.

¿Qué sucedería si los españoles exiliados o emigrantes hubieran perdido su territorio? ¿Cómo construirían su idea de nación, su narración histórica? El surgimiento de la idea nacional se vive por los excluidos como una agresión, pero a la vez también es una necesidad histórica de los pueblos. Otra paradoja. Tal vez esos españoles se integrarían en otros países, o quizá mantuvieran esa idea de España a la que retornar, tal vez el españolismo adquiriría idea de vuelta y retorno. No es tan extraño, les sucedió también a una parte de españoles, los sefardíes.

El sionismo surge como un movimiento de retorno. No hay otra ideología sionista, de ahí el error del ismo; no es un movimiento ideológico esencialmente, es una idea de formación de una nación que pasa de una idea cultural religiosa a otra de contenido político y territorial, asimilándose a los movimientos nacionales del siglo XIX y como respuesta no únicamente al antisemitismo europeo, incapaz de respetar los derechos de los judíos a su diferencia, a las fuerzas arcaicas y aniquiladoras de lo judío que nos ciegan en Europa; sino también en respuesta a un vínculo amoroso e histórico mantenido durante siglos. No dejó de haber judíos en Palestina, territorio que primero forma parte del Imperio Otomano, del Británico después. Los palestinos de entonces eran tanto judíos como musulmanes, ambos son los palestinos históricos. Luego surge el sionismo, el movimiento que habla no ya del retorno de los judíos a Palestina, porque ya estaban ahí, aunque en menor número, sino de la necesidad de un Estado judío. Esta idea trae como consecuencia y por asimilación la formación de un Estado palestino musulmán. Del sionismo surge el palestinismo. Pero quienes se llaman palestinos son únicamente una de las partes de los palestinos. Palestina pasa a designar una y sólo una de las partes de esa realidad histórica.

Así la idea del Estado de Israel suscita la idea de un Estado palestino musulmán. ¿Qué podía impedir este desarrollo en armonía? ¿Por qué esta idea tan simple y generosa de dos pueblos fracasa? Ésta es la cuestión. Fracasa porque desde el primer momento naciones árabes ajenas al conflicto, distantes de la zona, hacen causa común para impedir la formación de un Estado judío. No importa que ese territorio existiera antes bajo Mandato Británico. Se vive como una agresión que ese territorio sea parte de Occidente como nación independiente, por mínimo que fuera. ¿Se piensa entonces en los palestinos musulmanes? ¿En su derecho y posibilidad de vivir dignamente? La historia demuestra que no. En lugar de volcar el esfuerzo por mantener dignamente la vida y formar el Estado, en lugar de asimilar a quienes quisieron marcharse en los países árabes de acogida, se mantiene en esos mismos países a los palestinos en campos de refugiados. Jordania se forma también a la vez que Israel. Jordania también es efecto del sionismo. Pero elude toda responsabilidad por el pueblo palestino musulmán. Fracasa porque Europa no sabe romper los símbolos, se deja arrastrar por una guerra de comunicación, de marketing, en la que sus propios valores empiezan a cuestionarse, porque Europa no ve que desde el comienzo es a Europa a quien se combate. Fracasa porque Estados Unidos y la Unión Soviética en el comienzo guerrean en la zona, usando a unos y a otros como prueba de fuerza. De ahí que se asimile por la izquierda a los palestinos musulmanes como emblema.

Así empieza a construirse el mito del destierro, de un débil apoyado por potentes naciones que ocupan la tercera parte del mapa mundial, y que usa armas no convencionales. Occidente vive secuestrado por el poder político-económico de estas naciones que mantienen su cara trágica sin querer encontrar una solución. Si palestinos judíos y palestinos musulmanes se hubieran sentado solos, probablemente hoy se discutiría únicamente de la necesidad o no de un pasaporte para cruzar sus fronteras.

Mantener la mirada secuestrada es ser misil de largo alcance preparado a matar a miles de ciudadanos inocentes. Como señala Alain Finkielkraut, Occidente confunde al enemigo con el otro, con el débil. Pero Israel sufre de esa paradójica contradicción. Debe defenderse y a la vez tiene la obligación moral de defender a sus vecinos débiles. Pero Israel es también una víctima. Sufre el acecho de una guerra encubierta y cobarde por parte de las naciones más despóticas y autoritarias que ha conocido la historia y que tiene su brazo ejecutor en los palestinos secuestrados. Es una guerra no convencional pero aniquiladora. Tanto unos como otros sufren la imposibilidad de construir su propia paz. Únicamente con un juicio objetivo, derrumbando los mitos, apoyando el reconocimiento de ambos pueblos, valorando por igual a los muertos, comprendiendo que no hay una respuesta adecuada a un ataque inadecuado, podría Europa intervenir como mediador efectivo en la zona.

Europa tiene una responsabilidad con los dos pueblos y no hace ningún favor a ninguno de ellos si mantiene los mitos. Los israelíes discuten, denuncian democráticamente sus propias equivocaciones, pero han abandonado la esperanza de hacerse comprender por Europa. Y, por otro lado, ¿quién se atreve a cuestionar su papel de mito? Ésa es la tragedia palestina, la incapacidad de enfrentarse a la realidad histórica, de construir carreteras de salida del territorio de los símbolos.