Sed de mal (en la cabeza de Merah)

No me gusta la escuela, nunca me ha gustado. Es así. He intentado comportarme como todo el mundo, pero yo no soy como todo el mundo. Me he esforzado, incluso, por currar y ganarme la vida honradamente. Nunca me he sentido desorientado, sin norte. Reboso de energía. Prefiero vivir la vida a toda marcha. Que haya jaleo y se pueda salir del aburrimiento con la juerga y la parranda. Tampoco me gusta que estén demasiado pendientes de mí. Prefiero sentirme libre, andar por ahí, impresionar a las chicas, hacer algo distinto de lo habitual. Recuerdo una tarde, en el 2005, en que no pude más cuando una profesora se dedicaba a soltar sermones y le di un puñetazo en la cara. Ya lo sé, no hay que pegar a las mujeres, pero estaba nervioso. Desde que tenía quince años no me han quitado ojo de encima. He estado bajo vigilancia y he tenido que presentarme a la policía y ante el juez. Me convertí en un auténtico caso. Pero la verdad es que, a pesar de todo, curraba y no hacía nada malo. Hasta que un día cometí un robo con violencia contra una mujer en un banco. Se acabó la guasa. Dieciocho meses de prisión firme. Tiempo para reflexionar, aprender y pensar en el porvenir. Mi hermano mayor, Abdelkader, encontró su camino: ser un buen musulmán. Barba, pantalón bombacho y túnica tradicional. Su mujer, cubierta de pies a cabeza. Mi hermano vivía contento y mi madre no se quejaba nunca de él. En la cárcel, yo andaba con cuidado. No era el momento de dárselas de listo. Tenía algunos planes. Celebraba el Ramadán, como todos los musulmanes, en la cárcel. Un día alguien me contó la historia de un hombre llamado Jaled Kelkal, un argelino que se había trasladado a Francia con su madre. También él había descubierto que no encajaba en Francia y se había dedicado a hacer gilipolleces. También cumplió pena de prisión firme por robo a mano armada. Al salir, era buen musulmán y quería ser hombre de provecho. Perpetró unos cuantos delitos y fue abatido como un perro por la policía en los alrededores de Lyon.

Pero yo también tengo un plan. No me gustan los judíos. Están en todas partes. Un día pregunté a la profesora porqué los judíos no trabajan de barrenderos. Me regañó. Cuando fui a Afganistán, caí en la cuenta de hasta qué punto Francia aborrece al islam y prefiere a los judíos. También fui a Pakistán, donde surgieron algunos problemillas, malos rollos que digo yo. Pero logré huir. Mi hermano velaba por mí. Sólo él ha sabido cuidar de mí. Mi principal propósito seguía siendo reparar las injusticias que Francia seguía cometiendo.

Francia no nos quiere. No me ha querido como soldado a su servicio y se arrepentirá. Le voy a descerrajar unos cuantos disparos por la espalda para castigarla por ir a matar a mis hermanos en Afganistán. Soy francés, nominalmente. No soy argelino ni árabe. Soy musulmán. Un buen musulmán. Tal es mi identidad. No soy el único a la hora de preferir esta identidad a la francesa, que empleo cuando me desplazo. En el fondo de mí mismo, sé quién soy: un liquidador. Me gusta ver cómo caen cabezas, me gusta ver a mis enemigos decapitados con la sierra. ¡No me miréis así! Digo la verdad. He construido una hermosa ciudadela de cemento donde me encierro y me pongo a soñar. Planifico, me entreno, me convierto en juez y señor y aprendo a autocontrolarme. Al terminar, le pego un puñetazo a una mujer. Pero, a continuación, quiero pasar a algo de mayor calado. Las armas, por ejemplo. Sé como conseguirlas. He de organizarme, sin duda. Desde mi fortín, observo a los demás, a esa pobre gente de mi condición: ahí están, sin oficio ni beneficio. Se arrastran por las calles y nadie les presta atención. Envejecen a ojos vista. Maldita sea. ¿Qué esperan para reaccionar, para inflamar esta pura mierda de Francia que nos trata como basura? Ya hace tiempo que nos desprecia. Me he sentido humillado desde hace mucho tiempo por este país que dice ser el país de los derechos humanos. ¿Derechos? Nada de eso. Racismo, policía, vigilancia y persecución. Pueden hacer de nosotros unos parias, unos delincuentes. Somos unos bastardos. Mi madre calla. Se conforma con que su hijo enmohezca en la cárcel.

Me detengo a observar este mundo a vista de pájaro y contemplo, desde mi burbuja, este mundo podrido donde se desprecia a los musulmanes, donde se mata a los niños en Palestina y a los fieles en Afganistán sin que nadie diga esta boca es mía. ¿Ah sí? Pues voy a hacer temblar todo esto, voy a poner orden en este estercolero. Necesito más entrenamiento. Hay que conservar la sangre fría. Pienso en el talibán que nos obligaba a superar pruebas muy duras. Era implacable con nosotros. Estuve a punto de reventar varias veces. Sin embargo, cuando me enseñó a elevar mi oración, comprendí que el ánimo ha de endurecerse porque hace frente a una realidad resistente y tenaz. Se trata, realmente, de algo que reviste importancia. Pasaré a la acción. Fuera sentimientos y emociones. La muerte no titubea. Si dudo, estoy perdido. Hay que ser preciso al apuntar: a la cabeza. En cuanto a mis objetivos, ya los elegiré en su momento. Una cosa es cierta: pondré a Francia de rodillas”.

Por Tahar Ben Jelloum, escritor. Miembro de la Academia Concourt.

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