Sefardistán

Por Esther Bendahan, escritora (EL PAÍS, 08/02/07):

“Me echaron de palacio / no me importó / me desterraron de mi tierra / caminé por la tierra / me deportaron de mi lengua / ella me acompañó”: Juan Gelman, en Com-posiciones, dialoga con poetas “habitantes de la misma condición”. Y es para continuar esa escucha con el pasado, para habitar el futuro y fomentar el conocimiento de la realidad sefardí hasta ahora distorsionada que se inaugura hoy en Madrid, sin sede aún, la Casa Sefarad-Israel. Es una buena idea, que esperemos acabe con el Reino de Sefardistán, un país-ficción de lo sefardí anecdótico. Así llamaba Jacob Hassan, investigador científico del CSIC recientemente fallecido, a la proliferación de tópicos sobre lo sefardí, como la aparición de más llaves que casas o el conocimiento únicamente del folclore, que sólo es un aspecto de una cultura con textos aún sin rescatar.

Sefarad significa España. La palabra aparece por primera vez en la Biblia en Obdías: “La cautividad de Jerusalén, en Sefarad…”. Aunque no sabemos a qué lugar se refiere, así se llamó a España, país convertido en añoranza y querencia. Hoy, cuando en Israel se habla de Sefarad se hace referencia a dos realidades: la España actual o aquella en la que se desarrollaron bases importantes del judaísmo, se formularon leyes en vigencia -como las matrimoniales “leyes de Castilla”- así como una importante literatura.

Fue el doctor Pulido uno de los primeros en dar a conocer a los exiliados españoles que mantuvieron el judeo-español durante siglos, conservando su lengua y su identidad a pesar de haber sido expulsados. “Todos mis ancestros de Sefarad han tomado el camino de nómadas, España en el corazón de mi guitarra, desde Asturias a Gibraltar, España en el fondo de mi memoria desde Galicia a las Baleares” (George Moustaki).

Durante las celebraciones de 1992 se recordó también la expulsión de los españoles de religión judía y se otorgó el Premio Príncipe de Asturias a sus herederos, las distintas comunidades sefardíes del mundo. Se manifestó entonces la necesidad de otro acercamiento a lo sefardí.

Las comunidades sefardíes, incluyendo la de Israel, se desarrollan en el seno de otras culturas y carecen de organismos de representación democrática. Pero hay, paralelamente, organizaciones creadas por quienes bien podrían ser personajes de Albert Cohen, empeñados en poner en sus tarjetas de presentación -dado que no pueden desarrollar sus ambiciones políticas en las sociedades en las que viven- organizaciones legítimas inventadas, con buenas intenciones, que únicamente son representativas de sí mismos. El resultado es que a los sefardíes como grupo cultural no nos representan. Y los proyectos que expresan carecen de una dirección que ordene sus buenas intenciones. Por otro lado, en muchas ocasiones lo sefardí se vuelve moneda de cambio para admirar lo judío, pero sin tener un proyecto que afiance su conocimiento y su futuro.

Era necesario, en consecuencia, un lugar de encuentro donde los sefardíes pudiéramos reflejarnos como cultura, y también era necesario que la actual España democrática fuera activa en la recuperación de esta memoria histórica. Como decía Jacob Hassan, medio en broma medio en serio, los sefarfdíes somos una de las nacionalidades españolas pero sin territorio. Lo grave es que hoy, cuando más se reivindica esta memoria, es cuando está desapareciendo.

¿Hay que revivir una lengua con monitores de respiración asistida? En Estambul, donde existe una numerosa comunidad sefardí, los jóvenes perdieron la lengua y son la primera generación que habla el turco, reivindicando esa nacionalidad pero sin perder el interés por la España actual. Gracias al Instituto Cervantes (en su sede de Madrid tiene en proyecto una oficina para el judeo-español) se edita El amanecer en esta lengua. Cuando las comunidades sefardíes empiezan a desistir, viene el aliento de España para dar continuidad a un patrimonio español que se debe afianzar. Y si bien no creo en una resurrección asistida, creo en la obligatoriedad del conocimiento. Por esto es necesaria la centralidad de España en relación con las comunidades sefardíes, para fomentar el estudio serio del pasado, dando expresión a la actualidad y al ayer reciente.

En conclusión, promover la centralidad de España e Israel en los temas sefardíes, resolver asuntos académicos -como “la guerra de la k” entorno a la grafía del judeoespañol-, apoyar los estudios científicos y el folclore, pero también atender la creación de los sefardíes en otras lenguas. Elías Canetti o Albert Cohen lo eran y muchos asquenazis (judíos originales de Centroeuropa y que difieren de lo sefardí en pocas tradiciones) en Latinoamérica se sienten judíos gracias a Sefarad, según señalaba el escritor Edgardo Cozarinsky. Es decir, vuelven a lo judío, en un movimiento paradójico, por su lengua española actual.

Para incorporar el pasado mirando hacia el futuro, lo esencial es sumar acciones, asumiendo por parte de España su papel indispensable y su representación y compromiso. Para Ana Salomón, embajadora en misión especial para las relaciones con la comunidad y las organizaciones judías, y ahora también directora de la Casa Sefarad-Israel, el incluir la palabra Israel en la denominación de la nueva institución refleja la idea de una cultura más amplia de lo hispanojudío, que abarca el Talmud, la poesía, el Zohar (el libro de la mística judía que surgió en España) y tanto a Israel y España como a la diáspora. Porque esta iniciativa es expresión de la necesidad de profundizar en el estudio del legado de la cultura sefardí como parte integrante y viva de la cultura española. La Casa Sefarad-Israel puede por fin darnos a los españoles sefardíes, a los sefardíes de la diáspora y de Israel y a aquellos asquenazis que hablan español, al igual que a los demás españoles interesados en su propia cultura, una oportunidad de romper arraigados y nuevos estereotipos en una casa con muchas puertas de entrada “para no toparla cerrada”, y con ventanas inesperadas.