Segunda muerte de Leonardo da Vinci

La primera muerte de Leonardo da Vinci acaeció -causas naturales- el 2 de mayo de 1519 en una casa de Cloux, hoy Clos Lucé (Francia). La segunda -víctima de la enfermedad de Benjamin- fue certificada el 2 de noviembre de 2017 en la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Tel Aviv. Para disipar cualquier equívoco, hay que añadir que, cuando hablamos de la segunda muerte de Leonardo da Vinci, nos referimos a la muerte artística del florentino. De ello, tratan las líneas que siguen. Asunto que ejemplificaremos -cualquiera otra creación del autor nos sería útil- con su obra más conocida: La Gioconda o La Mona Lisa.

Durante sus dos primeros siglos de vida, La Gioconda (1503) alcanzó la categoría de obra de culto al simbolizar el Renacimiento y su idea del cuerpo como un microcosmos. Del cuadro se valoró la integración del conocimiento científico de la época en la pintura, la teoría de los colores que entusiasmó a Goethe, la simplicidad del retrato, la técnica del sfumato, la combinación de luces y sombras, la sinuosidad del paisaje, el tratamiento pictórico de la ropa y el pelo o la gestualidad de los personajes. Ya en el siglo XVIII -como consecuencia de su envejecimiento: hacerse vieja o antigua-, cayó prácticamente en el olvido -aunque subsistiera como imagen- y fue catalogada como una manifestación más del género del retrato.

La Gioconda -como Leonardo da Vinci- renació el 21 de agosto de 1911 cuando fue robada del Museo del Louvre, en donde se exhibía. La noticia se propagó rápidamente y dos personajes fueron detenidos como sospechosos: Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire. Su adhesión a las propuestas futuristas de Marinetti -quema de museos y destrucción de las viejas obras de arte para abrir el paso a las nuevas tendencias artísticas- levantaron una desconfianza que se transformó en recelo a tenor de algún hurto similar protagonizado con anterioridad por la denominada «Banda Picasso».

Finalmente, en noviembre de 1913 el cuadro fue recuperado por la Policía italiana en el Hotel Tripoli de Florencia donde un tal Vincenzo Peruggia -antiguo trabajador del Louvre- lo quiso vender al director de la Galería de los Uffizi con el objetivo de devolver a Italia una obra de arte que -afirmaba- había sido expoliada por Francia. Cosa falsa, si tenemos en cuenta que La Gioconda fue comprada por Francisco I, Rey de Francia. El resultado: Vincenzo Peruggia -convertido en héroe nacional en Italia- fue condenado a un año y quince días de prisión de los cuales cumplió seis meses, el cuadro -después de pasearse por Italia- fue retornado al Louvre, y La Gioconda aumentó su popularidad, no solo porque protagonizaba las portadas de la prensa mundial, sino porque llegó a enturbiar las relaciones diplomáticas entre Francia e Italia.

La Gioconda devino el cuadro más popular y visitado del mundo. Un auténtico icono artístico. Tan es así que, al ser reabierto el Louvre -sin el cuadro-, los visitantes, después de una larga espera en la cola, se amontonaban delante del espacio vacío que había dejado La Gioconda. Un presagio de la banalización que anunciaba su muerte como obra de arte.

La banalización y la agonía de La Gioconda empezó con las parodias de Kazimir Malévich (1914) y, sobre todo, con Marcel Duchamp (1919) que pintó una Gioconda -una postal retocada con lápiz- con bigote, perilla y la leyenda L.H.O.O.Q., que puede leerse como Elle a chaud au cul. De esta manera, Kazimir Malévich y Marcel Duchamp se apropian de la obra de Leonardo da Vinci y la caricaturizan elaborando una nueva Gioconda. Posteriormente, Francis Picabia (1920), Fernando Léger (1930), Salvador Dalí (1954), Fernando Botero (1958), René Magritte (1962), Andy Warhol (1963), Robert Rauschenberg (1982) o Bansky (2010) producen nuevas versiones que enferman todavía más a La Gioconda convirtiéndola en un objeto cotidiano banal.

La parodia que banaliza y enferma continúa con una Gioconda que se reproduce con diferentes imágenes -Stalin, Monica Lewinsky, caballos, vacas, monos, perros, gatos, ratones- y soportes -fotografías, camisetas, corbatas, paraguas, colgantes, platos, vasos, jarrones, juegos de cartas o envases de café, pasta y pan tostado- que, cobrando vida propia, han llegado a museos -el MoMa, por ejemplo- y a casas de subastas como Christie’s y Sotheby’s.

Finalmente, La Gioconda muere el 2 de noviembre de 2017 cuando la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Tel Aviv desarrolla un algoritmo que da vida a imágenes estáticas. En concreto, el equipo dirigido por Hadar Averbuch-Elor elabora un software que reproduce movimientos faciales en imágenes estáticas que les confieren vida. Es el caso de La Gioconda. Así, sus múltiples parodias sustituyen a la de Leonardo da Vinci, que permanece estacionada en el Louvre.

La Gioconda muere víctima de la reproductibilidad técnica, o mecánica, o industrial de la obra de arte -la enfermedad de Benjamin, decíamos al principio- que en el año 1936 sistematizó Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Cuando una obra de arte -en perfecta sintonía con la aparición de las masas en la historia- se reproduce de forma masiva, pierde su originalidad y acaba desapareciendo como tal. La reproductibilidad -incluso la reproducción perfecta- hace que «el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra» desaparezca. La singularidad desaparece. La reproducción masiva es incompatible con la unicidad de la obra de arte que permite una experiencia artística irrepetible. En definitiva, el «valor cultural» de la obra arte cede a la «preponderancia absoluta de su valor de exhibición». El arte como una mercancía más. De aquellos polvos -viene a decirnos Walter Benjamin- estos lodos: «La contemplación simultánea de cuadros por parte de un gran público es un síntoma temprano de la crisis de la pintura» que fue «provocada por la pretensión de la obra de arte de llegar a las masas».

La multiplicación industrial de reproducciones de La Gioconda, bajo diversas formas, estilos, colores y soportes, ha conseguido, sacando a colación al pensador alemán, que desaparezca la autenticidad artística entendida como la «cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración natural hasta su testificación histórica». Las reproducciones han quebrado o agotado esa «aura» -la atmósfera inmaterial que rodea una obra de arte- de una Gioconda que, masificada, banalizada y trivializada, ha devenido otro gadget de la sociedad de consumo. La Gioconda muere -la segunda muerte después de la resurrección de principios del siglo XX, cosa que no impide que artistas como Pablo Picasso, Salvador Dalí o Jorge de Oteiza encuentren en Leonardo da Vinci una fuente de inspiración- víctima de una atrofia que la desposee de la experiencia estética única, irrepetible y no reproducible de la obra de arte.

De ahí, la segunda muerte de La Gioconda y de un Leonardo da Vinci -recuerden las versiones de La Santa Cena de Andy Warhol, George Chakravarthi, Annie Leibovitz, David Lachapelle, Joel Rea, Los Simpson o Stars Wars- contaminado por la banalización.

Miquel Porta Perales, escritor.

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