¿Segunda vuelta?

Los resultados de las elecciones generales del 28 de abril fueron recibidos, como siempre ocurre, con notable subjetividad por los partidos políticos. Su lectura se escoró según las apetencias y el voluntarismo de las formaciones implicadas, y los socialistas se apuntaron a una euforia rampante, apuntalada en la amplia mejoría en su cosecha de votos, pero mucho menor que las cosechas del Partido Popular durante bastantes años, con un PSOE en caída libre. Ya nos dejó dicho Marañón que «la multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas; la muchedumbre no razona jamás».

El espacio de la izquierda y la extrema izquierda obtuvo menos votos que el centro-derecha, sin sumar los escaños de los razonablemente infumables, por más que dieran a Sánchez la oportunidad de gobernar merced a una moción de censura engañosa que, como vengo sosteniendo, no fue otra cosa que un golpe parlamentario, ya que no contaba con programa alternativo compartido; ni había existido condena del partido censurado, por más que un juez oportunista retorciese una sentencia; ni la censura se basaba en acciones imputables al Gobierno que se censuraba sino que se refería a hechos de diez años atrás en elecciones de dos municipios madrileños.

Aquel conjunto de anormalidades, cuyo único programa real era echar a Rajoy, no fue aprovechado políticamente por los perdedores que deberían haberlo denunciado con contundencia, enfrascados en un proceso de cambio de liderazgo apresurado y a mi juicio inoportuno. Y es justo recordar que la desembocadura fue un proceso impecable de primarias con un Congreso transparente en el que Pablo Casado recibió limpia y abrumadoramente la sucesión de Rajoy en un momento difícil, el más complejo en la historia del partido que preside.

El próximo día 26 acudiremos nuevamente a las urnas en unas elecciones municipales, autonómicas y europeas. En España no hay segunda vuelta electoral pero estos nuevos comicios se han señalado como una segunda oportunidad para que los españoles puedan reconsiderar el diseño de su futuro.

La intención de buscar un contrapeso resulta lógica cuando ya se anuncian por el nonato Gobierno de Sánchez importantes subidas de impuestos que afectarán sobre todo a las clases medias, y se percibe la amenaza de dar vía libre a no pocas ocurrencias del leninismo, pese a ser una fuerza política en declive que enmascaró su notable fracaso electoral precisamente en la presión a Sánchez para su entrada en el Gobierno, bien directamente o por la fórmula de «independientes» con bozal, ya empleada en la dirección de RTVE.

Un mapa autonómico mayoritariamente de signo distinto al del Gobierno de la Nación abriría la posibilidad de contraprogramar medidas lesivas para el conjunto de los ciudadanos, mirar al futuro y no aplicar el espejo retrovisor a nuestros afanes de cada día, y movilizar la inversión con el deseable resultado de crear empleo, en lugar de amedrentar a los inversores, crear inseguridad jurídica y disparar el gasto público.

Marañón tenía razón. El 28 de abril los gestos movieron muchos votos, más que las ideas. Pensemos en los «viernes sociales» que hicieron electoralismo desde el Consejo de Ministros. Ya en esta campaña es notable, como gesto con intereses electorales detrás, la sublimación y parafernalia sobre Rubalcaba, persona a la que tuve la fortuna de tratar pero con luces y sombras como todo ser humano, y cuya opinión sobre Sánchez era, por cierto, manifiestamente mejorable. Con el colofón, por ahora, de la retirada urgente de la fragata Méndez Núñez, mirando al voto de la izquierda, en una nueva espantada que nos puede costar un contrato de miles de millones para la construcción de veinte fragatas. La Moncloa sabe que Trump no es Obama. America first and only America first.

Sea o no de hecho el próximo día 26 una segunda vuelta del 28 de abril los electores deben valorar lo que España se juega. No nos dejemos engañar por imágenes deformadas. Los soberanistas han dejado claro que no venden su voto a crédito; quieren el pago al contado, incluso por adelantado. Y son necesarios para la investidura de un Sánchez que no hará ascos a cualquier apoyo a la hora de mantenerse en La Moncloa. Es una situación de grave riesgo que va más allá de los intereses de un partido; se trata de España.

En el resultado del 28 de abril tuvo no poco que ver la fragmentación del centro y la derecha. Muchos votos fueron a parar a la izquierda en respuesta al machaqueo de Sánchez demonizando el voto a Vox que movilizó a un elector desanimado de izquierda que acaso se hubiese quedado en casa. Vox no sumó ni mucho menos lo que esperaba, quitó apoyos al Partido Popular y favoreció al PSOE. Y la otra opción, la que encabeza Rivera, juega a varias bandas, pasa de socialdemócrata a liberal sin despeinarse, olvida que apoyó al PSOE en Andalucía impidiendo comisiones de investigación y bajadas de impuestos, y ahora habla como si hubiese gobernado la Comunidad de Madrid para colgarse medallas, cuando en el 65% de votaciones en la Asamblea madrileña votó con el PSOE, en el 62% con Podemos y en el 54% con el Partido Popular, su socio de investidura. Debemos no padecer amnesia ante las urnas del día 26. Desde las primeras elecciones hemos tenido varios gobiernos socialistas y alguno transitó por crisis ni siquiera reconocidas cuyos rotos tuvieron que coser más tarde sus sucesores, impidiendo un drástico rescate y volviendo el calcetín de la economía para crear empleo. Después, quienes con sus políticas dejaron el país en ruina financiera denunciaron recortes que ellos habían provocado siendo manirrotos. No volvamos a ese vaivén error-enmienda. Aprendamos de la historia, aunque como escribió Huxley «la más grande lección de la historia es que nadie aprende las lecciones de la historia».

Se iniciará en breve una nueva etapa de Gobierno socialista, de un PSOE en el que muchos viejos amigos, veteranos militantes socialistas, no se reconocen. Como ciudadano deseo lo mejor para mi país más allá de la opción que gobierne, pero no puedo evitar la inquietud. Una realidad nacional en la que el Gobierno implora el voto de Bildu, como desveló Otegui, y un destacado socialista considera a Josu Ternera un «héroe» de la «retirada» de ETA, evidencia un país enfermo.

El centro-derecha debe llegar con las pilas cargadas a las urnas del día 26. Y el Partido Popular, como la formación más representativa de ese espacio, ha de encarar el futuro con decisión y sin titubeos, revisando en sus cuadros y en sus ideas lo que sea preciso. Henry Ford, que tenía valor reconocido en la materia, nos recordó que «el fracaso es simplemente la oportunidad de comenzar de nuevo, esta vez de forma más inteligente». Pues eso.

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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