Segunda vuelta

Por Kepa Aulestia (LA VANGUARDIA, 25/11/03):

La pluralidad que reflejaron los comicios del pasado día 16 se convirtió de inmediato en la sucesión de pronósticos y recomendaciones más variada de cuantas han podido surgir de un escrutinio electoral en este cuarto de siglo de democracia. Nunca se habían contemplado tantas combinaciones posibles para un gobierno autonómico. Convergencia con Esquerra, un tripartito de las izquierdas, un gobierno de CiU en minoría para ver si las generales de marzo resuelven su dilema; incluso una coalición entre CiU y el PSC. Pero sobre todo nunca habían aflorado tantas voces que, desde dentro y fuera de Catalunya, se sintieran autorizadas para indicar quién y cómo debe acceder al Palau de la Generalitat. Tras una campaña en la que se daba por sentado que no se respetaría necesariamente la preeminencia de aquel que obtuviese más escaños, los propios partidos parecen saltarse el orden de salida y se disponen a competir para ver quién llega antes a garantizar la investidura para su candidato.

La intención que los ciudadanos catalanes expresaron con su voto resulta controvertida, porque no es fácil adivinar y traducir con una combinación de gobierno la concurrencia de mensajes tan diversos en las mismas urnas. Ahí estriba la utilidad de la democracia parlamentaria: en su capacidad para hacer de la necesidad virtud y de un mosaico tan complejo una suma aritmética suficiente. El 16 de noviembre ha quedado como primera vuelta de esta segunda que culminará con la investidura. Es probable que en estos pocos días de una negociación que en buena medida se desarrolla fuera de protocolo todos los partidos experimenten cambios que no habían experimentado en meses o años de trayectoria. Basta repasar las posibles combinaciones para imaginar hasta qué punto sus protagonistas deberán sufrir mayores o menores mutaciones para acoplarse a sus eventuales socios de coalición. CiU, que ya no es la misma que antes del 16-N, pase lo que pase tendrá que volver a cambiar estos días. El PSC, aunque no acceda al gobierno, habrá cambiado al PSOE en el camino. ERC se verá obligada a decantarse, a no ser que prefiera preservar su glamour esquinándose hacia la oposición.

Pero, además, esta segunda vuelta está suscitando un debate que afecta al contenido mismo de la democracia, a cuenta de la discusión sobre las condiciones de la gobernabilidad en Catalunya en relación con el resto de España. La reprobación de ERC como factor que pudiera conducir a la radicalización de la acción de gobierno de la Generalitat, la anatemización de un hipotético gobierno de izquierdas y los prejuicios desatados respecto a los planes que pudieran albergar algunas combinaciones sitúan en un primer plano aquello que habitualmente se mantiene en un ámbito más reservado. Los resultados electorales impiden prescindir de nadie –tampoco del PP– para un futuro de estabilidad en Catalunya. De igual forma que no convierten a ninguna formación en pieza imprescindible de la gobernabilidad. Esta doble constatación proporciona una relevancia especial a las legítimas aspiraciones de los distintos proyectos que pugnan en la segunda vuelta. Aunque esa legitimidad de partida merece ser contrastada con otros criterios referidos a la convivencia, a la cohesión, a la viabilidad e incluso a la solvencia que acrediten sus promotores.

Todas las ideas y proyectos son legítimos, siempre y cuando sean defendidos por medios pacíficos y democráticos. Pero a menudo se concibe esto último como una condición poco exigente. Porque, quienes defienden esas ideas y proyectos no pueden consagrarlos como si constituyeran un horizonte insoslayable; o transformar la legitimidad que les asiste en una especie de crédito indefinido para llevar adelante sus planes mediante una paulatina acumulación de conquistas sin fin. En la medida en que propugnan un cambio pueden entrar en contradicción con los consensos básicos sobre los que una determinada sociedad ha ido regulando su convivencia. Especialmente si aspiran a ese cambio mediante la modificación previa –y no siempre confesada– de las reglas del juego. Ése es el reproche que merece el plan Ibarretxe y que debiera alertar a quienes en Catalunya se disponen a formar gobierno.

No es cierto que en democracia todo sea posible; ni que lo posible pueda serlo en cualquier momento y de cualquier manera. Éstas son afirmaciones que caben en un poema o en una canción. Pero difícilmente podrían inspirar un programa de gobierno sin que éste provoque una profunda conmoción entre los gobernados. Mientras el foco informativo parece trasladarse a otros punto de atención, en esta segunda vuelta Catalunya reivindica su derecho a gobernarse de forma autónoma, siendo el Parlament el único protagonista validado para interpretar la voluntad depositada en las urnas del día 16. La combinación que obtenga la investidura la conseguirá sobre todo porque no fueron posibles otras coaliciones. En ese sentido su combinación será irreprochable. Pero, sea cual sea el resultado final, Catalunya no podrá evitar enfrentarse a una paradoja: cuando más autónoma se manifiesta a la hora de conformar la nueva mayoría, más efectos puede tener su decisión en el resto de España.

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