Seguridad global: ¿qué se dijo en Múnich?

Este mes de febrero ha tenido lugar un acontecimiento con relativamente poca repercusión en los medios. Se trata de la Conferencia de Seguridad de Múnich, conocida entre los enterados como Verkunde, que se lleva a cabo cada año desde… ¡1963! No está mal, porque si se analiza la lista de temas de los que se ha ocupado, uno puede reconstruir una larga película sobre cómo ha evolucionado esto de la seguridad global en medio siglo. O quizá deberíamos decir cómo han evolucionado las percepciones sobre seguridad de los poderosos del mundo: conviene ver la lista de los asistentes, y en concreto de los panelistas o conferenciantes estrella a lo largo del tiempo.

A veces te topas con alguna sorpresa. Hace pocos años (en el 2009) uno se podía cruzar en los pasillos del legendario Hotel Bayerischer Hof de la capital bávara con Henry Kissinger, cabizbajo, poco cordial (por no decir nada cordial). No es frecuente toparse con un Nobel (¡de la Paz!) acompañado de guardaespaldas décadas después de ese galardón… O en su día el general Petraeus explicando -de modo muy articulado- por qué había que seguir en Afganistán aunque la cosa no pintaba nada bien.

En esta edición, el limitado eco en los medios de comunicación se centró en Dmitri Medvédev y su denuncia de que por culpa de la OTAN y Occidente en general estábamos entrando en «una nueva guerra fría». Y, claro, en boca del primer ministro ruso la declaración pretendía sonar como algo a medio camino entre una declaración formal de guerra -aunque fuera fría- y una neutra constatación de una realidad incuestionable. Pero ni lo uno ni lo otro: no estamos en una nueva guerra fría. Es verdad que bajo esta presidencia de Vladímir Putin Rusia pretende actuar cada vez más como la otra superpotencia, como algún exlíder europeo cuando calza zapatos con alza de diseño para parecer más alto. Con el petróleo a 30 dólares el barril, con la mitad de su balanza económica dependiente de la Unión Europea y la brutal devaluación del rublo, ¿cómo pretende llenar Rusia sus déficits de todo tipo? Por un lado, con cada vez más nacionalismo puertas adentro, y por el otro con protagonismo creciente (y hábilmente manejado) en Oriente Próximo o Crimea y Ucrania. Pero la prueba de que no estamos en una nueva guerra fría es que Rusia ha colaborado decisivamente en temas cruciales de la política internacional y lo ha hecho dentro de un formato multilateral discreto: el acuerdo 5+1 sobre el dosier nuclear iraní y el proceso a seis sobre cómo manejar la deriva del régimen de Corea del Norte. Su última condena en el Consejo de Seguridad, hace poco, fue votada por unanimidad de los 15 miembros, incluidos, por supuesto, los cinco miembros permanentes con derecho de veto.

Pero la Conferencia de Seguridad de Múnich ha tenido este año otros temas en su agenda. Algunos no son, o más bien no parecen, temas de seguridad pura y dura (hard security), que suelen ser abordados desde parámetros de fuerza militar, pero están en el corazón del concepto de seguridad compleja al que nos enfrentamos en este siglo XXI. Por ejemplo, la inesperada crisis de los refugiados, no solo como problema humanitario sino como problema transnacional gravísimo que pone a prueba a todos. Para empezar, a la UE, que en la cumbre de estos días en Bruselas ha hecho el clásico número de alquimia institucional con el lenguaje diplomático adecuado para conceder a David Cameron todo lo que pide (por increíble que parezca). Mientras, se le recuerda a Grecia, con maneras francamente mejorables, que le corresponde a ella parar el flujo de refugiados en su frontera nacional.

De pasada se ha hablado también de cambio climático. Siempre queda bien, pero la negociación real sobre las nuevas rutas abiertas en el casquete ártico, y en particular por el llamado paso del Noroeste, tiene lugar desde hace un lustro únicamente entre los estados colindantes: Noruega, Estados Unidos, Canadá… y Rusia. Mientras, el ministro de Defensa de Singapur explicó que la integración de China en el «sistema global» sería una contribución decisiva a un nuevo orden mundial, cosa sobre la que la UE no parecer tener las ideas muy claras. Consenso general, en teoría, para condenar el terrorismo transnacional de última generación, pero mucha más discreción sobre cómo hacerlo, de manera eficaz, discreta y en todo caso coordinada a gran escala.

Lo más interesante sigue siendo cómo este tipo de debates securitarios son más francos y abiertos en la cita de Múnich -como un encuentro informal entre amigos, conocidos y no tan amigos- que en la sede de instituciones internacionales como la ONU. Quizá porque al final de la reunión no deben tomar decisiones vinculantes de ningún tipo, y porque se hace mucho trabajo de pasillos y bar.

Pere Vilanova, Catedrático de Ciencia Política (UB).

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