Seguridad humana

Por Ignasi Carreras, director general de Intermón Oxfam (LA VANGUARDIA, 30/03/04):

La reciente cumbre internacional sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad que se celebró en Madrid puso de manifiesto tímidamente algunos puntos interesantes que me gustaría destacar y enfatizar. Por un lado, que no se puede hablar de lucha contra el terrorismo y seguridad sin, al mismo tiempo, hablar de desarrollo y pobreza. Por el otro, que los ciudadanos no son simples espectadores, sino poderosos actores de cambio.

Si bien existe un acuerdo cada vez mayor de que la pobreza no es la causa directa del terrorismo internacional, también hay consenso en afirmar que ésta propicia las condiciones en las que el terrorismo encuentra su respaldo y justificación. La pobreza, la falta de oportunidades y de libertad, las carencias educativas, los sentimientos de injusticia y de agravio, son el caldo de cultivo propicio para que lamentablemente el terrorismo prospere.

Sin embargo, la lucha contra la pobreza no puede encontrar su justificación y su legitimidad primera en la estrategia de la seguridad internacional y menos aún en la agenda de la lucha contra el terrorismo, por más amplia y completa que ésta se vuelva en el futuro. Erradicar la pobreza ha sido siempre un imperativo ético, un deber de justicia de la humanidad con sus miembros más vulnerables. Y lo debe ser ahora más que nunca, ya que la humanidad cuenta por primera vez con los recursos y las capacidades para hacer real el sueño de enviar la pobreza al baúl de la historia.

Estamos, pues, en un momento clave de la historia, y mientras vemos día a día cómo la lucha contra el terrorismo abre portadas de periódicos y está en los primeros puestos de la lista de prioridades de los gobiernos y los líderes políticos, la agenda de la lucha contra la pobreza ha sido y sigue siendo postergada una y otra vez. Y lo que es peor, la agenda de la seguridad internacional está condicionando las políticas de ayuda al desarrollo, subordinándolas al logro de los objetivos geoestratégicos y policiales vinculados al terrorismo.

Esto se ve claramente cuando observamos cómo Pakistán ha visto multiplicada la ayuda que recibió en el año 2002 y pasó a ocupar un lugar prioritario entre los receptores de ayuda de Estados Unidos y de la Comunidad Europea sin haber modificado su política interior, que no se caracteriza por su calidad democrática ni su respeto a los derechos humanos. De la misma manera, Iraq ha visto cancelada su deuda externa en un plazo récord, mientras que la petición de cancelación a países menos avanzados ha sido postergada durante décadas. Estos países pagan diariamente 100 millones de dólares a sus acreedores, más de lo que tienen para en servicios básicos como la educación y la sanidad y el doble de la ayuda al desarrollo no reembolsable que reciben.

Cada vez está más claro que el principal problema para acabar con la pobreza es la falta de voluntad política de los líderes mundiales. Líderes de países desarrollados que se comprometieron en el año 1970 a destinar un 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo y que hoy, 35 años más tarde, esta cifra está estancada en el 0,25% como media. Líderes que se comprometieron a reducir a la mitad el número de pobres en el mundo firmando los Objetivos de desarrollo del milenio ante la Asamblea de las Naciones Unidas en el 2000 y que hoy, cinco años después, los resultados indican que al ritmo actual se necesitarán más de cien años, no los quince inicialmente previstos, para cumplirlos.

Se precisa, pues, tanta o más voluntad política para luchar contra la pobreza como la que existe para acabar con el terrorismo. En uno y otro caso estamos hablando de la seguridad humana, de proteger la vida de las personas ante el peligro de violencia terrorista o ante la amenaza diaria que para la supervivencia de una parte significativa de la humanidad supone el hambre, el sida y otras epidemias, los conflictos armados, los desastres naturales y tantas otras causas de vulnerabilidad.

El 2005 va a ser un año clave para cambiar esta tendencia. Tres momentos marcarán la agenda política: la reunión de presidentes del G-8 en julio en el Reino Unido, donde se espera que Tony Blair presente su informe de la comisión para África, una serie medidas que permitan a los países más pobres de ese continente salir del callejón sin salida de la miseria; la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre, que analizará los avances de los Objetivos de desarrollo del milenio, y la conferencia ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre en Hong Kong, que decidirá las reglas comerciales sobre la agricultura de los próximos quince años. En todos estos foros, los gobiernos tienen ante sí el reto de demostrar que sus compromisos con la seguridad humana, entendida de una manera amplia, son firmes.

Y los ciudadanos tienen un papel fundamental como actores de cambio. Su presión a los gobiernos y a los líderes mundiales ha conseguido que temas antes vetados en las agendas sean hoy puestos sobre la mesa de debate. Nuestro reto ha sido y sigue siendo que la gente entienda los mecanismos de la injusticia en temas que no son sencillos de explicar. Porque cuando una causa justa es entendida y apoyada masivamente por la sociedad, los cambios son más fáciles y más rápidos. Así lo hemos constatado durante estos últimos años con los diferentes avances conseguidos en aspectos tan relevantes para la seguridad humana como son la eliminación de las minas antipersonal, el incipiente acceso a medicamentos baratos para la población de los países pobres afectada por el sida, o la progresiva concienciación de la opinión pública sobre la necesidad de alcanzar un comercio internacional más justo como requisito imprescindible para que la población de África, Asia o América Latina se asegure unos medios de vida que le permita dejar atrás la pobreza.

Por ello, el 2005 será un año determinante, sobre todo por la participación ciudadana. Las ONG y los movimientos sociales de todo el mundo han dicho basta a la hipocresía que permite a los líderes mundiales firmar y suscribir acciones contra la pobreza y la injusticia social y acto seguido olvidar lo acordado. Durante este año millones de personas pedirán a los gobiernos y a los líderes mundiales que cumplan sus promesas ya.

Y lo harán en las movilizaciones masivas que coincidirán con las reuniones del G-8 en julio, ante las Naciones Unidas en septiembre y ante la OMC en diciembre, portando bandas blancas, símbolo de la campaña internacional Llamada a la acción mundial contra la pobreza, que en España se aglutina bajo la campaña Pobreza cero, suscrita por más de cuatrocientas organizaciones.

Tres son los objetivos que quieren conseguir estas movilizaciones: más y mejor ayuda al desarrollo, cancelación del cien por cien de la deuda de los países más pobres o su conversión en inversiones sociales, y el cambio de las reglas del comercio internacional para que sea más justo y permita a millones de personas alcanzar un futuro mejor sin pobreza. El 2005 es el año. Es ahora o nunca.