Seguridad y determinación en Asia oriental

Como las fricciones territoriales entre China y muchos de sus vecinos persisten en los mares de la China Oriental y de la China Meridional, los Estados Unidos deben tener una estrategia regional más clara. Deben defender sus intereses y compromisos de alianzas y evitar una confrontación contraproducente o incluso un conflicto.

Será difícil, sobre todo porque no está claro a quién se deben reconocer los derechos a las islas disputadas de esa región y sus afloramientos y los Estados Unidos no tienen la intención de intentar imponer una solución. Al mismo tiempo, los EE.UU. deben modernizar sus fuerzas armadas como reacción a nuevas amenazas, en particular el ascenso de China. Cuando ésta obtiene avanzadas armas de precisión para crear una así llamada “capacidad antiacceso y de denegación de acceso”, los EE.UU. deben examinar cómo reaccionar ante la vulnerabilidad cada vez mayor de sus bases y fuerzas navales en esa región.

No existe una reacción fácil a esas amenazas. Lo que hace falta es un planteamiento matizado y eso es lo que exponemos en nuestro nuevo libro Strategic Reassurance and Resolve(“Seguridad y determinación estratégicas”).

Nuestro planteamiento es una adaptación de la estrategia ya antigua de “dialogar, pero con protección”, mediante la cual los EE.UU. y sus aliados han utilizado instrumentos económicos, diplomáticos y a veces militares para ofrecer incentivos a China a fin de que su ascenso sea pacífico, sin por ello dejar de mantener capacidades militares  sólidas en caso de que el diálogo no de resultado.

El problema estriba en que se ha solido interpretar la protección como el mantenimiento de una superioridad militar abrumadora de los EE.UU., pero con el desarrollo de China y su adquisición de armas avanzadas, incluidos misiles de precisión antibuques, no resulta verosímil que los EE.UU. puedan mantener la invulnerabilidad de sus fuerzas en esa región como en pasados decenios, incluida la capacidad para actuar con impunidad cerca de las costas de China. En vista de la propia historia de vulnerabilidad de China ante las intervenciones extranjeras, las medidas unilaterales de los EE.UU. para mantener una superioridad ofensiva abrumadora no harían sino desencadenar una carrera de armamentos cada vez más desestabilizadora.

Algunos estrategas americanos abogan por una solución en gran medida técnica para ese problema. Su planteamiento, denominado “Batalla aire-mar”, entraña una combinación de instrumentos defensivos y ofensivos para abordar las nuevas amenazas representadas por la proliferación de armas ofensivas de precisión.

Oficialmente, el Pentágono no dirige el concepto de “batalla aire-mar” contra ningún país en particular. Por ejemplo, la posesión por parte del Irán de capacidades ofensivas de precisión –y una relación mucho más hostil con los Estados Unidos– justificaría nuevas iniciativas de los EE.UU. para afrontar vulnerabilidades de la seguridad cada vez mayores.

Pero es claramente China, que tiene los recursos para formular una estrategia creíble antiacceso y de denegación de acceso, la que más preocupa a los planificadores militares de los EE.UU. Algunos defensores de la batalla aire-mar proponen ataques tácticos preventivos a lanzaderas de misiles, radares, centros de mando y tal vez también bases aéreas y puertos de submarinos. Además, muchos de dichos ataques se harían con armas de largo alcance emplazadas en el territorio de los EE.UU., en lugar de en el mar o en el territorio de los aliados regionales, porque esos activos serían menos vulnerables, a su vez, a ataques preventivos.

Lamentablemente, la lógica subyacente a la batalla aire-mar plantea graves riesgos de errores de cálculo, comenzando por el nombre. La batalla aire-mar es, evidentemente, una concepción para la batalla. Aunque los EE.UU. necesitan claramente planes de guerra, también deben ser cautelosos a la hora de enviar a China y a sus socios regionales el mensaje de que sus más recientes ideas militares basan la disuasión primordialmente en la capacidad para ganar una guerra rápida y decisivamente mediante una intensificación en gran escala a comienzos de un conflicto.

La batalla aire-mar recuerda a la idea de batalla aire-tierra de la OTAN, adoptada a finales del decenio de 1970 y al comienzo del de 1980 para contrarrestar una cada vez mayor amenaza soviética a Europa, pero China no es la Unión Soviética y la relación de los Estados Unidos con ella debe evitar los ecos de la Guerra Fría.

El de “operaciones aire-mar” sería un nombre mucho más apropiado para un planteamiento más eficaz. Semejante doctrina podría comprender planes de guerra secretos, pero debería centrarse en una diversidad mucho mayor de actividades marítimas propias del siglo XXI, algunas de las cuales deberían incluir a China (como, por ejemplo, las actuales patrullas antipiratería en el golfo de Aden y algunos ejercicios militares en el Pacifico).

Además, los planes de guerra no deben depender de una intensificación temprana, en particular contra activos estratégicos en la zona continental de China y en otras partes. Si estalla una escaramuza sobre una isla o un canal marítimo disputados, los EE.UU. deben tener una estrategia que les permita lograr una resolución favorable sin llegar a una guerra total. De hecho, en el marco más amplio de las relaciones chino-americanas, incluso la “victoria” en semejante choque podría ser costosa, porque podría desencadenar una preparación e intensificación militar encaminada a garantizar un resultado diferente en una escaramuza posterior.

En cambio, los EE.UU. y sus socios necesitan una mayor diversidad de reacciones que les permitan adoptar medidas eficaces y proporcionadas con lo que esté en juego y que demuestren una disposición a imponer costos importantes sin desencadenar una intensificación contraproducente.

Asimismo, el programa de modernización militar de los Estados Unidos necesita una reequilibración. Para reaccionar ante la amenaza que el arsenal en aumento de armas avanzadas de China representa para muchos de sus activos, no hace falta una ampliación en gran medida de las plataformas de ataques de largo alcance. En realidad, hacerlo crearía inevitablemente incentivos para que los planificadores de guerra de los EE.UU.  insistieran en las opciones preventivas en sus planes de contingencia y no tanto en la presencia diaria de fuerzas americanas en zonas de avanzada cerca de China, donde contribuyen en gran medida al mantenimiento de la disuasión, y también crearía un poderoso incentivo para que los planificadores de guerra de China desarrollaran aún más las capacidades “antiacceso y de denegación de acceso” de su país.

La continuidad de la participación de los EE.UU. en esa región requiere tener en cuenta las enseñanzas que se desprendieron de la Guerra Fría: ninguna solución tecnológica aportará una invulnerabilidad completa. Las medidas económicas y políticas, además de una presencia militar permanente de los EE.UU., serían más eficaces que la dependencia exclusiva de una intensificación ofensiva, en caso de que los EE.UU. tuvieran que contrarrestar actuaciones chinas que amenazaran intereses americanos importantes. De hecho, depender de la capacidad para atacar la zona continental china a fin de defender la libertad de navegación y los compromisos de las alianzas en el Asia oriental podría tentar a los dirigentes de China a poner a prueba la disposición de los Estados Unidos a arriesgar Los Ángeles para defender las islas Senkaku.

Una estrategia más equilibrada de los EE.UU. para aumentar la estabilidad regional requiere una combinación juiciosa de determinación y seguridad y una postura militar que refleje esa combinación. Ese planteamiento brindaría a los EE.UU. la mejor posibilidad de inducir a los dirigentes de China a adoptar una actitud más cooperativa respecto de las disputas territoriales de la región.

James Steinberg, US Deputy Secretary of State from 2009 to 2011, is currently Dean and Professor of Social Science, International Affairs, and Law at the Maxwell School of Citizenship and Public Affairs, Syracuse University. Michael O’Hanlon is a senior fellow at the Brookings Institution. Traducido del inglés por Carlos Manzano

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