Seis palabras

A veces, seis palabras, añadidas a una significativa imagen, valen más que mil. Y es lo que me ha sucedido hace unos días con una instantánea en la que aparecían Susana Díez, la todopoderosa líder socialista andaluza, fotografiada en un amago de beso con el jefe de Gobierno, Mariano Rajoy. Aunque no lo veo probable, pareciera que se hubiesen puesto de acuerdo en la indumentaria. Ella portaba un vestido rojo apagado y él vestía traje y corbata de diluido celeste, muy acordes ambos, en todo caso, con los tonos de sus signos ideológicos (el cielo azul clarito que surca una gaviota; una rosa roja de tonos suaves que exprime un puño cerrado). La reunión era en el Palacio de la Moncloa y su agenda consistía en tratar varios proyectos estancados en la comunidad andaluza desde meses atrás. Fue un encuentro en extremo cortés, con buena sintonía, como suelen decir los cronistas. Pero ante la prensa, acabada la reunión, Susana Díaz dijo algo que da mucho, pero que mucho, que pensar: «Por encima del PSOE está España». Lo dicho: seis palabras y una foto valen más que mil palabras.

Seis palabrasA mí, eso de poner a la patria por delante casi siempre me ha parecido una forma de anunciar una gran fechoría. Se suele hacer en todos los golpes de Estado y, por no irnos demasiado lejos en nuestra Historia, la idea de patria fue un concepto que se apropiaron Franco y los falangistas en el 36. Es curioso observar hasta qué punto la retórica puede convertirse en un elemento de carácter histórico: los sublevados del 36 eran rebeldes y se llamaban a sí mismo «nacionales»; los que sufrieron el golpe eran republicanos y fueron de inmediato conocidos como «rojos». ¿Cuántos libros nos llegan en donde se emplean ambos distorsionados conceptos? Porque no todos los republicanos eran rojos –recordemos a los liberales de Azaña– ni todos los alzados eran «nacionales » –recordemos a los soldados marroquíes y a los legionarios, todos ellos mercenarios–. Los políticos tienen cierta tendencia a esconderse detrás de las siglas o los nombres con los que se definen.

Pero volvamos a las palabras de la señora Díaz. Sospecho que esconden un extraño propósito político. En estos días, los dos principales partidos del arco constitucional viven atrincherados –lo que no significa que estén derrotados–, mientras que las huestes de Podemos acechan desde el horizonte, como esas terribles sombras negras de los «comics» que, berreando, anuncian salvajes batallas, dispuestas a comerse a los buenos chicos que visten de azul suavizado y rojo desvaído.

Pero en ese escenario, uno de los dos partidos principales lo tiene peor que el otro: el PSOE. La derecha sabe bien quién es y sabe que las siglas carecen de importancia: si se gastan unas, se ponen otras. Comprende también que sus derrotas nunca son definitivas, que podrá regenerarse y volver al poder más tarde que nunca. Ni siquiera las grandes revoluciones de la Historia han acabado con ella.

Sin embargo, a la izquierda no le sucede lo mismo. Sus siglas contienen siempre una naturaleza en cierta forma religiosa. Nadie dice «soy el PP» como un acto de afirmación de la fe, mientras que hay gente que afirma «soy del PSOE» como si hincara un puñal en su Sagrado Corazón. El primero, tira el carnet cuando le conviene y se busca otro; el segundo, se arranca el cuchillo y se desangra. Hay algo de religioso en la izquierda de lo que carece la derecha. Cuestión de estilo.

Por eso, la formación Podemos es, principalmente, una amenaza para el PSOE y no para el PP. Porque se ha instalado en el lado de la fe y hoy puede quitarle al socialismo el trono de la izquierda, arrancarle el corazón sangrante y colocárselo en su pecho. Y mientras que los del PP podrían regresar más o menos tranqui los una temporada a su casa –siempre hay una casa noble para un «pepero»– a los «sociatas» no les quedarían otros espacios que las esquinas de las calles.

Pero regresemos a la frase de Díez: «Por encima del PSOE está España». Es un noble pensamiento, ya digo, que en mi opinión contiene trucos de trilero. Se cuenta –y no sé si es cierto– que, entre la líder andaluza y el secretario general Pedro Sánchez, no existe «sintonía». Sánchez lleva meses gastando sus balas retóricas contra las políticas sociales del PP, mientras Díez mira el escenario cautelosa y, en todo caso, ha lanzado algunos dardos y pedruscos contra Podemos. Sánchez identifica al PP, con verbo vigoroso, como su principal enemigo, mientras Díaz, con astucia, señala a Podemos como el adversario a destruir. Sánchez apuesta por un PSOE como alternativa al PP, en tanto que Díaz no quiere perder, llegado el caso, el sillón de telonero de lujo del PP, o piensa en agarrar un cacho de poder en acuerdos postelectorales con la derecha. Eso sí, en nombre de la patria española y huyendo del caos que propone Podemos.

En mi particular bola de cristal veo un cuadro curioso: un abrazo entre Rajoy y Díaz para «salvar» a España del abismo del «populismo». Veo a Sánchez clamando en el desierto y a los socialistas peleando entre ellos por ocupar los pocos puestos que les deje el pacto. Veo a una izquierda en manos de una derecha sin agobios que, caso de derrota, esperará sin prisas a una próxima elección, la que suceda al descalabro de la izquierda. Hay una gran pregunta que hacerle a Susana Díez: «Sería alguna vez capaz de llegar a un pacto de gobierno con el PP?

Quién sabe si un día no lejano escucharé repetir a Susana Díez, una vez que haya sellado ese pacto con el partido hoy en el gobierno, las seis famosas palabras del otro día. Pero en esta ocasión con voz mucho más bajita: «España está por encima del PSOE».

Javier Reverte, periodista y escritor.

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