Seis siglos y medio de hispanidad en Bolonia

El próximo 29 de septiembre cumplirá 650 años la más antigua de las instituciones estrictamente «españolas»: el Colegio de Bolonia instituido por el cardenal Gil de Albornoz como heredero suyo en 1364 y por él titulado «de España», anticipándose a la unidad de los reinos peninsulares que hoy llamamos así. Entonces estaba por hacer, y don Gil puso manos a la obra. Jóvenes de Castilla y de Aragón; leoneses, catalanes, navarros, gallegos, andaluces… estrenaron en Bolonia la novedad de ser «los españoles».

Conmemorar glorias antiguas suele dejarnos melancólicos («cualquiera tiempo pasado…»), pero no en esta efeméride. El Real Colegio de España vive hoy un momento de esplendor raro –por no decir único– en su dilatada historia.

Desde hace veinticinco años soy testigo de su profundísima restauración en todos los órdenes: institucional, académico, económico, artístico… En 1989, cuando obtuve la beca, ya se había superado la primera y más angustiosa fase de lucha por la supervivencia del Colegio. Aun así, recuerdo cómo, en mi primer curso, los platos de Duralex dieron paso a los de porcelana, estrenamos en nuestras celdas cómodos sillones –después camas excelentes– y, sobre todo, los primeros ordenadores personales, uno por colegial. Inversión cuantiosa y entonces tan pionera, que alguien lamentaba el gasto en un invento «sin futuro».

Seis siglos y medio de hispanidad en BoloniaLos colegiales nos sabíamos invitados a la intensa aventura de impulsar el Colegio. El rector, José Guillermo García Valdecasas, nos hacía conocer los inmuebles de la fundación sin ocultarnos las dificultades del patrimonio. También por ello, los cambios que hacían nuestra vida más cómoda los valorábamos sobremanera, como fruto de su esfuerzo por conseguir migajas de rentabilidad en el aún incipiente desahogo de una penuria histórica. Luego de recorrer fincas cenábamos con quienes las labraban, alguno vástago de generaciones en la heredad, y todos tan felices de conocer por fin a los dueños. Nos emocionaba ser tripulantes de una inmensa singladura desde los días de don Gil hacia el futuro más remoto. Una tarde estuvimos rezando mientras el rector libraba batallas por el patrimonio colegial: por la noche celebramos el triunfo, y algo después la primera compra en siglos de una gran finca rústica. Claro que no todo fueron rosas. También recordaré por siempre la explosión descomunal del atentado al Colegio que en plena noche nos reunió precipitadamente a la colegiatura con el rector, muy sereno él… (pero, para nuestra inquietud, sin corbata).

Concluida mi beca, tuve la seguridad de que lejos del Colegio no sería feliz y, a costa de quemar puentes con España, me quedé en Bolonia: hice un segundo doctorado y, gracias a Dios, pude incorporarme a la universidad bononiense como profesor de Biotecnología. Eso me permite hoy testimoniar el renacimiento de la Casa durante un cuarto de siglo. Poco a poco el rector fue rehabilitando los edificios rústicos y urbanos del Colegio sin aplazar la minuciosa restauración de este. Vi reaparecer paramentos, solerías, arcos, bóvedas, grandes frescos de los siglos XIV al XVI… y la desconocida aula universitaria medieval, única en Bolonia. Todo por sus constantes investigaciones, estudios y directrices, sin otra ayuda que enseñanzas y elogios de grandes especialistas ni más colaboradores que sus fieles obreros y artesanos.

En 2012 el esfuerzo tuvo la espectacular recompensa del Premio Europa Nostra a la Conservación del Patrimonio. Sus motivaciones difícilmente podrían ser más lúcidas:

… «El Jurado ha admirado la belleza y el detalle de la escrupulosa restauración –especialmente en los frescos–, así como la valentía y la perseverancia de mantener el empuje y a la vez el esfuerzo financiero durante tan largo período».

Pero ni la prosperidad ni la recobrada belleza del Colegio impedirían su muerte, de ser inviables sus funciones académicas. Al implantarse en Italia el nuevo doctorado de investigación, solo accesible mediante muy reñidas oposiciones, la beca colegial ya no podría ofrecer estudios doctorales, sino solo el albur de competir con italianos, y en su idioma. El rector del Colegio no habría conseguido salvarlo sin ganarse el apoyo entusiasta de la Universidad. No participé en la campaña de los dos rectores aliados que condujo a la reforma de la ley, pero sí en el desenlace.

Nombrado por el rector Roversi Monaco, de la Universidad de Bolonia, como representante de su área científica, tuve la honra de formar parte, junto al gran jurista Adriano Di Pietro y el propio José Guillermo García Valdecasas, de la comisión que lograría el Convenio de 1999 entre ambas instituciones, y aun ofrecer a los colegiales el novedoso título de Dottore Europeo di Ricerca. Para la fundación fue el salto de calidad que le ha procurado una relevancia académica sin precedentes en su historia.

Desde 2001 los colegiales defienden su tesis y obtienen tan prestigioso título en la propia Casa. El Colegio, partícipe en la conformación de los tribunales, los acoge con fastos no comunes en testimonio de gratitud a la Universidad primogénita que así lo honra y encumbra.

Hoy estremece recordar un centenario inadvertido: en 1914, ya dispuesta la liquidación del Colegio moribundo, le devolvió la vida el duque del Infantado don Joaquín de Arteaga, su patrono. En el último cuarto del XIX, tras algunos intentos de usurpación sin éxito –ya entonces disfrazados de anhelos modernizadores y precedidos por campañas denigratorias de la institución y sus responsables–, un ministerio español dijo suyas las atribuciones de las autoridades estatutarias. Los intrusos iban a hacerlo mejor: cuando el patrono acudió en auxilio del Colegio, este, hipotecado y exánime, tenía un solo colegial, deplorable fama y deudas aterradoras. Pero don Joaquín logró restituirlo a sus autoridades legítimas, las tres (Iglesia, Corona, Patrono) con atribuciones diferentes. Gracias a las cuales la Casa de don Gil, aunque malherida y mutilada, pudo emprender el lento camino de retorno a su misión benéfica.

Como para no alegrarse en este aniversario del Colegio –hoy exaltado, próspero y bellísimo– que ofrece a jóvenes estudiosos españoles la mejor beca del mundo. Sin pedirles un céntimo, recibir ayudas ni costarle nada a ningún contribuyente desde el siglo XIV.

Ea, buenos estudiantes, pedidla. Allí todos, sobre ser felices, con nuestro rector en busca de «las altas pasiones» aprendimos algo para siempre: a navegar – necesseest– desde don Gil hacia el futuro.

Antonio González Vara, profesor en la Universidad de Bolonia.

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