Seleccionar las lenguas

Por Juan R. Lodares, autor de Lengua y patria (El nacionalismo lingüístico en España) (EL PAÍS, 16/03/03):

La Unión Europea suele mostrar mucho tacto en la cuestión idiomática. Se presenta como una institución multilingüe donde todas las lenguas estatales de sus miembros tienen plena oficialidad. No sucede tal cosa en los organismos internacionales, que tienden a seleccionar lenguas. Pero la UE no sólo atiende a las lenguas estatales, también considera a las que no lo son -aproximadamente, un 12% de europeos puede expresarse en ellas- y se interesa por sus circunstancias.

La UE ha abandonado criterios vigentes en los nacionalismos ultraconservadores al estilo de “una lengua es una nación” o una “identidad”. Abandono prudente. Si le diera por defender tal cosa, ¿qué lengua sería la “nacional” e “identificadora” de la UE? Parece que sus intenciones van encaminadas a arrinconar los viejos prejuicios nacionalistas y mañana alguien se sentirá -ya se siente hoy- ciudadano de la UE sin definición lingüística precisa. Esto quizá no lo entiendan aquellos nacionalistas que consideran anormal que en Cataluña, País Vasco o Bretaña los hablantes de español o francés sean una realidad más numerosa en muchas ocasiones que los de catalán, vasco o bretón.

Es razonable prever que la UE -si quiere ser Unión- favorezca los vínculos comunitarios antes que el particularismo. No sé cómo, pero lo más probable es que los europeos seleccionen lenguas: si alguien vive en Alemania, advertirá que el alemán le resulta imprescindible a menos que decida aislarse. Si alguien vive en Galicia o en Irlanda advertirá que ni el gallego ni el irlandés resultan en sí imprescindibles: una política tendente a popularizar el alemán (dentro y fuera de sus fronteras) será, por tanto, razonable mientras que otra tendente a que el gallego o el irlandés resulten imprescindibles en sus comunidades será lenta, cara y conflictiva. Además, creará barreras. Aduanas lingüísticas. En cierto sentido, la selección ya está marcada en la UE por el inglés, el francés y el alemán, lenguas que intervienen en ocho de cada diez asuntos comunitarios.

Bastará con familiarizarse con dichos idiomas y, respecto al español, cabe decir que en realidad es un gran dominio lingüístico americano con cierta implantación en Europa (donde vive sólo el 10% de sus hablantes). Dentro de cincuenta años el español pesará en el mundo más que cualquier otra lengua de la UE, descontada la inglesa. Pero España ya ha hecho su elección: se presenta en Europa como un mosaico de lenguas donde el español es una más de las varias que se hablan. Los proyectos “normalizadores” podrían suponer un descenso del núcleo hispanohablante-nato del 84% al 60%. Ésta no parece ser una estrategia muy inteligente si se quiere tener peso cultural y lingüístico en la UE o facilitar los negocios con la única lengua exportable que tiene España.

Aparte de lo que le ocurra al español, la selección lingüística en la UE aparece en el horizonte porque, en tanto los órganos de poder se centralicen y adopten cada vez mayores cotas de hegemonía y decisión, más difícil será mantenerlos en el plurilingüismo. También, cuantas más lenguas convivan dentro de la UE más necesaria se hará la selección de unas pocas para asuntos públicos. Además, el futuro nos acostumbrará a que el árabe o el chino tengan más hablantes en la UE que el vasco o el frisón. Será complicado servir públicamente a cada cual en su lengua cuando la Unión sume cientos de ellas. Cuanto más se haga realidad el deseo de la UE de romper barreras económicas y humanas, más facilidades estará dando a los ciudadanos para romper las lingüísticas. Posiblemente, más pujarán entonces los movimientos nacionalistas dentro de la UE para multiplicarlas, con su conocido discurso de lenguas, pueblos, identidades… banderas menos nobles de lo que parecen.

La UE tiene por delante asuntos prácticos que debatir para los que no sirven los argumentos al uso (la identidad, la riqueza de la variedad, lo nefasto que es parecerse unos a otros, lo catastrófica que resulta la muerte de lenguas…). Hasta que las máquinas nos resuelvan el problema de entendernos, se me ocurren estos temas:

A) ¿Cómo se salva la contradicción entre la deseada convergencia y movilidad de los europeos y la intención de defender la pluralidad lingüística integral? Se parece al problema de la cuadratura del círculo.

B) Esta defensa del plurilingüismo, ¿multiplicará la necesidad de lenguas para instalarse en un mismo país o territorio, de modo que donde había suficiente con una lengua se necesiten cuatro o cinco? ¿Será esta novedad multiplicadora -que yo denomino seudodiferenciación idiomática, o sea, exagerar las diferencias dentro de áreas de comunidad lingüística real o potencial- una gran ventaja?

C) ¿Tendrán limitaciones los derechos culturales y lingüísticos particulares si entran en contradicción con los intereses comunes que se generarán en la UE?

D) El posible retroceso de las lenguas comunes frente a las particulares por seudodiferenciación -el caso español-, ¿no será un caldo de cultivo para la promoción de políticas localistas que den al traste con la filosofía de la propia UE? Una Unión que ancla a sus ciudadanos en aquello que más los diferencia, su diversidad lingüística, es un contrasentido. Y además entorpecerá los ideales democráticos e igualitarios, así como la movilidad social, laboral y geográfica de la gente.

Considérese un simple hecho: antes de 1850 el territorio europeo que actualmente recorremos en francés e italiano había de recorrerse en docenas de variedades idiomáticas. El hecho de que hoy se pueda andar por el mismo territorio con dos idiomas y una moneda, ¿ha sido una catástrofe para Europa?

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