Semana Santa 2016

En medio de lo alto de la ola alta de laicismo, de acoso a la libertad religiosa, nos adentramos, con el Domingo de Ramos, en la Semana por excelencia santa, en la que celebraremos con toda la Iglesia el misterio de la Pascua del Señor. Nuestra mirada se dirige a Jesucristo de hito en hito para contemplar su rostro y acercarnos así al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. «Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración…; en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación del rostro ensangrentado de Jesucristo, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación al mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucifi cado. iÉl es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo ‘Tú sabes que te quiero’ (Jn 21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por Él: Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia’ (Flp 1,21)» (San Juan Pablo II).

Con este espíritu de fe viva, los cristianos nos adentramos en la Semana Santa, que tan secularizada se presenta en no pocos de nuestros contemporáneos. No podemos dejar que se secularice ni se desvirtúe. Queremos vivirla con toda intensidad de fe, con una renovada espiritualidad, con un hondo sentido de Iglesia, que después de dos mil años que acaecieron los acontecimientos que celebramos, en Jerusalén, los vive ahora como si hubieran sucedido hoy, los celebra en toda su actualidad y fuerza salvadora, siempre perenne. Necesitamos recuperar y vivir la verdad de la Semana Santa, lo necesita la misma sociedad para superar la quiebra de humanidad que padece.

Sólo desde la fe se entiende la Semana Santa. Sólo con fe se pueden vivir estos días intensamente santos y tan inundados por la presencia del Señor, Crucifi cado y Resucitado. Sólo se la puede celebrar con verdad a partir de la memoria de los misterios de la pasión, muerte, sepultura y resurrección de Cristo, conservada en la memoria de la Iglesia, vivida en la fe y celebrada en los sacramentos, singularmente de la Eucaristía, y en las celebraciones litúrgicas de la misma Semana Santa. Por eso, sólo con la Iglesia y desde ella se puede celebrar y tomar parte activa en la Semana Santa.

Corremos el riesgo de secularizar y mundanizar lo más sagrado, lo más sublime y santo: los padecimientos de Cristo a través de los cuales se nos hace presente y trasparenta a los hombres el amor infi nito del Padre de la misericordia y Dios de toda consolación, que nos abraza y salva desde el Calvario, que entrega a su Hijo único al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo, para que tenga vida, para perdonar nuestros propios pecados y los pecados de todos los hombres.

Se nos ha trasmitido un gran tesoro, un tesoro inefable que habremos de conservar compartiendo los sentimientos de Cristo y con el cariño y la devoción fi lial hacia la Virgen María al pie de la Cruz, con el arrepentimiento de nuestros pecados, con una vida piadosa, sobria, de escucha de la Palabra de Dios y orante, con nuestro amor a los pobres, con nuestra caridad, solidaridad y cercanía hacia los que sufren, con nuestras celebraciones litúrgicas que son el centro y la fuente de toda la Semana Santa –lo más importante de ella–, y con nuestras manifestaciones populares en los desfi les procesionales que recorren nuestras calles como confesión pública y piadosa de fe en el Crucifi cado y Resucitado para nuestra Redención.

Sólo pido una cosa: Que nos dejen y que pongamos todo el empeño necesario en celebrar la Semana Santa como se debe, es decir, en todos sus aspectos y dimensiones, esencialmente religiosa, llena de hondura cristiana, y cargada de una exigencia de amor y de caridad que cambie nuestra sociedad. Celebración cristiana de los misterios de la Pascua del Señor, como deberíamos entenderla y vivirla los fi eles católicos, como nos enseñaron a vivirla nuestros antepasados con la mirada esperanzada, henchida de fe, y puesta en el que traspasaron por nuestros delitos, y que, victorioso, vive y reina para siempre como Señor único de los hombres, de la historia y del cosmos. Que todos los fi eles cristianos participemos y vivamos intensa y religiosamente las celebraciones litúrgicas; que participemos como familias y, en cuanto tales familias, los padres, los hijos; los adultos y los niños, los jóvenes; todos, también los hermanos y hermanas cofrades; todos juntos en las celebraciones litúrgicas, de donde han de brotar las manifestaciones públicas de esa fe en las procesiones por nuestras calles. Ojalá vivamos con intensidad estos días y que sean para todos una Semana llena de gracia y de sentido de fe, de amor y de esperanza.

Antonio Cañizares Llovera, Cardenal Arzobispo de Valencia.

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