Semana Santa de Sevilla

Como en cada primavera, los sevillanos se preparan para vivir la Semana Santa: su fiesta máxima, la que más les conmueve y mejor les define. En realidad, llevan todo el año preparándose. En algún bar he visto yo el calendario a la inversa, con las fechas que faltan para el Domingo de Ramos.

Este año, todos podemos deleitarnos con un libro reciente: «La Semana Santa de Antonio Burgos». Con temblor lírico, nos lleva de la mano por los momentos, los personajes, las cofradías… Todo ello, becquerianamente embellecido por el recuerdo, impregnado por el agridulce sabor de la nostalgia.

Después de este bellísimo libro, ¿se puede añadir algo más? Por mi parte, sólo unas palabras sencillas («unas pocas palabras verdaderas», dice don Antonio Machado, el hermano de don Manuel). Van dirigidas, sobre todo, a los que, desde la distancia, no logran entender algo tan complejo y corren el riesgo de caer en las redes de los tópicos. «Católico» quiere decir, por definición, universal. Así es nuestra fe. (Algunos obispos catalanes y vascos deberían no olvidarlo). A todos los católicos, en cualquier lugar del mundo, nos une lo esencial de nuestras creencias: la redención, la caridad, el perdón de los pecados, la esperanza en la resurrección… Como Cervantes, todos miramos a esa «alma ciudad de Roma» que es nuestro faro. Pero cada uno de nosotros buscamos a Dios desde nuestra tierra, nuestra sensibilidad, nuestra cultura.

Semana Santa de SevillaEl ejemplo musical es clarísimo. No puede sonar igual el «Gloria in excelsis Deo» de Vivaldi que las vidalas y chacareras de la «Misa criolla» o el ritmo bantú de la «Misa Luba». La alegría por la Resurrección de Jesús la expresan de modo muy distinto esa bellísima canción de cuna del «Oratorio de Pascua» de Juan Sebastián Bach («Cuando muera, dulce será mi pena, igual que un sueño») y el jubiloso voltear de las campanas de la Giralda…

Así es y así debe ser. Entre otras cosas, porque nuestra religión no es un misticismo quietista –como el de algunas creencias orientales–, que huya de las cosas terrenas, sino que las redime y las salva. Murillo pintó Inmaculadas pero también a pilletes que comen uvas y melón; Santa Teresa lo definió con feliz llaneza: «También entre los pucheros está el Señor…»

¿Puede sorprender a alguien que Sevilla celebre su Semana Santa «a la sevillana»? Por supuesto, la vive desde una profunda religiosidad popular pero con una estética refinadísima: algo que sería impensable en cualquier otro lugar del mundo. Si no se respira su aire y se disfruta de su luz, resulta imposible entenderla.

Es el fruto, ante todo, de muchos siglos de historia. Nada tiene que ver esta fiesta con esas «tradiciones inventadas» por muchos ayuntamientos, en esta paleta España de las autonomías. Baste con un par de ejemplos. El Silencio, la «Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla», se fundó en el siglo XIV y, hoy mismo, en el siglo XXI, se sigue rigiendo por las reglas que redactó, en tiempos de Cervantes, nada menos que Mateo Alemán, el autor del «Guzmán de Alfarache». También en el siglo XIV se fundó la Hermandad de los Negritos, para agrupar a los negros sevillanos. (Con sentido del humor, a ella se apuntó el cantante Antonio Machín).

Muchos forasteros se pierden en un laberinto de palabras: túnicas, antifaces, palios, potencias, cresterías, varales, cartelas, simpecados, bocinas, senatus, canastillas, respiraderos, ostensorios, sayas, faldones, atributos, guiones, guardabrisas, moldurones, bambalinas, basamentos, pértigas, astas, apliques, estandartes…

Para entender algo, hay que saber nombrarlo. Y, más allá de lo concreto, el lenguaje implica una filosofía. (Ejemplos claros: no es lo mismo llamar a ETA «ejército» o «banda»; a algunos políticos catalanes, «nacionalistas» o «independentistas»). En Sevilla, no es correcto decir que alguien «sale en una procesión» sino que «participa en una estación de penitencia». Ésa es la verdad.

¿Quién desconoce el sentido estético de los sevillanos? El que no sea creyente, pero tenga un mínimo de sensibilidad, quedará deslumbrado al ver la conjunción de tantos detalles, cuidados al máximo. Esas tradiciones centenarias serían imposibles sin los habilísimos artesanos de Sevilla: imagineros, bordadoras, tallistas, doradores, floristas, aurífices… En el mundo actual, una reliquia impagable.

Junto a esta labor, por supuesto, la de muchos grandes artistas: Martínez Montañés, Pedro Roldán y la Roldana, Juan de Mesa, Francisco de Ocampo, Francisco Antonio Gijón… Obras maestras de primerísima categoría procesionan por las calles: las podemos ver, acompañar y casi tocar. Pensemos en Florencia, una ciudad, para mí, comparable a Sevilla: ¿nos imaginamos lo que sería ver desfilar por sus calles obras maestras de Miguel Ángel o Donatello?

Para disfrutar de este paraíso estético, hay que conocer sus reglas; si no, nos quedaremos fuera. Recuerdo a un matrimonio que me preguntó, una tarde, «dónde encontrarían alguna procesión», en el momento en el que se cruzaban, por las calles sevillanas, no menos de seis hermandades. No era culpa suya. Recomiendo siempre dejarse guiar por algún sevillano que ame esta Fiesta; él le indicará dónde y cuándo ver algo único, con la luz adecuada: la entrada del Silencio en la calle Francos; el Cachorro, por el puente de Triana; el Señor de Pasión, en el Postigo del Aceite; el Baratillo, en el Arenal; en Argote de Molina, esa Macarena a la que Romero Murube llama «la sonrisa de nuestra alma»… Otro guía elegirá, sin duda, otros momentos y otros lugares.

El arte auténtico vence al tiempo: lo comprobamos fácilmente en la Semana Santa sevillana. Ver la entrada del Silencio en el inmenso ámbito desierto de la Catedral nos devuelve a la Edad Media; contemplar cómo los Servitas se asoman para saludar a la Virgen, en un convento de clausura, nos conduce a Bécquer…

Se trata de una fiesta auténticamente popular: del pueblo, que somos todos. Los hermanos del Silencio no llevamos ningún detalle que permita identificarnos: todos somos iguales, ante Dios. Más allá de los tópicos, su raíz es profundamente religiosa. El que, fascinado por tanta belleza, no lo advierta, no entenderá nada de nada. A la vez, como subrayó Pemán, supone una armónica maravilla de todos los sentidos: las imágenes, las luces, los olores, las músicas…

Para muchos sevillanos, además, esta Semana Santa va unida a su biografía: reviven, en ella, a aquel chiquillo, que pedía cera a un penitente para hacer su bola, y que, sin advertirlo, se ha convertido ya en ese abuelo que, ahora, transmite a su nieto lo que la vida le ha ido enseñando… El reciente libro de Antonio Burgos es nuestro mejor guía y compañero, en ese viaje interior único.

Andrés Amorós, catedrático de Literatura Española.

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