Semana Santa

Durante siglos y hasta bien entrado el XX, en la inmensa mayoría de los países occidentales el calendario estuvo ligado a las conmemoraciones religiosas y la vida de las gentes pautada por los ritos de su celebración.

En nuestro país, durante la larga posguerra, en aquella sinfonía en gris menor inacabable, cuando, ya saben, media España ocupaba España entera, la Semana Santa era un reguero de procesiones sin cuento que la única televisión, la estatal, ofrecía sin tregua posible. Un desfile geográfico de pasos, desde el centro de la península Ibérica hasta el sur, algunos como los Juan de Juni, los de Gregorio Fernández de Valladolid o los Salcillos de Murcia, magníficos, aunque los preferidos del público fueran los Nazarenos y Vírgenes andaluces, el Cristo del Gran Poder, de Juan de Mesa y la Macarena de la hermandad de la Esperanza, recubierta de joyas y luces tintineantes.

Las imágenes se asomaban por las ventanas de los televisores, acompañadas de largas filas de encapuchados y señoras de peineta, que, a veces, sería por el arrepentimiento de sus muchos pecados, andaban descalzos, arrastrando largas cadenas, precedidos o seguidos por la autoridad competente, vestida de gala para la ocasión.

Entonces, por aquellas fechas, al caer la tarde pueblos y ciudades olían a cirio y a silencio, roto por chisporroteos y tamborradas. Sólo algunos, laicos e izquierdosos, casi todos en seiscientos, habían empezado a escaparse de la celebración nacional penitenciaria hacia las playas abominablemente recién urbanizadas. Fueron los adelantados de lo que ocurre ahora, cuando todo el mundo parece huir por tierra, mar y aire, de sus residencias habituales hacia lugares de ocio, para satisfacción de las agencias de viajes y sobre todo del gobierno en funciones que ve en ello una mejora del paro y un cambio económico, propiciado por el PP.

Quienes emprenden el éxodo en Semana Santa –a pesar del desafío terrorista que desde el horror de Bruselas trata también de coartar la libertad de movimientos–, lejos de oficios y procesiones ya no son mal mirados ni peor vistos, como ocurría en tiempos de Franco, por salirse de la norma impuesta por las festividades del santoral y no acudir a la Iglesia para participar de la liturgia. En este asunto nos hemos vuelto tolerantes. Las prácticas religiosas son cosa de cada cual y además, hoy por hoy, a pesar de la arraigada tradición católica nacional, conviven en España personas de diversos credos con otras que no tienen ninguno. Y aquí paz y después gloria, aunque la frase hecha sólo se adecue a los que creen en la resurrección, que hoy, día de Pascua, al conmemorar la de Jesús, en la que se asienta el fundamento del cristianismo, se celebre también la creencia en que después de esta vida existe otra mejor, en el cielo de los justos. No todo se acaba con la muerte.

España, que había dejado de ser católica con la República, según frase de Azaña –que tanto molestó a la derecha, incapaz de entender que un país moderno tenía que ser necesariamente laico y tomándola a modo de amenaza de una inminente persecución–, con la dictadura vio reforzada la confesionalidad a bombo y platillo con sus manifestaciones más vistosas.

La muerte del dictador, que tantas esperanzas nos trajo, algunas infundadas, por cierto, supuso también en ese punto procesional un alivio. Así, poco a poco, la Semana Santa dejó de ser una imposición televisada para convertirse en un ritual para los creyentes y en un espectáculo para los turistas en los lugares donde desde tiempo atrás se perpetuaba la tradición. Además en Andalucía, donde la simbiosis de fe, esperanza y caridad con la emoción, el cante, la manzanilla y el pescaíto frito deviene catártica, la Semana Santa ha sido declarada en Málaga y Sevilla, desde 1980 y en Granada, desde el 2009, fiesta de interés turístico internacional. Algo que conlleva, desde el punto de vista sociocultural y económico, buenos réditos. Por ser acontecimientos de tanta importancia algunas cadenas los emiten junto a las procesiones de otros lugares, como este año las tres de Cáceres, que han tenido que acoplar sus horarios de inicio y final del desfile a los que impone la retransmisión. La tele manda, ya se sabe, tal vez porque en verdad sólo existe lo que ella pone ante nuestros ojos.

Pero no se alarmen, no priman ya las procesiones en la televisión estatal y menos en las emisoras catalanas. Por lo demás, los cines ofrecen una variada cartelera, los teatros, las salas de fiestas y demás centros de ocio están abiertos y las prostitutas y prostitutos campan a sus anchas. No como en las primeras décadas del franquismo cuando en los cines sólo se proyectaban películas de carácter religioso, los teatros estaban cerrados hasta el sábado de Gloria, víspera de Pascua y no digamos los burdeles, contrariamente a lo que pasa ahora que ni en Viernes Santo han dejado de prestar servicios. Quién sabe si, quizá, el importe de la colecta de todos los tratos venales de ese día, una millonada, por otra parte, acabará por ir destinada a financiar alguna cofradía o partido político. No digo más, pero puedo asegurar que hay precedentes en la historia más que probados de tales contubernios.

Carme Riera

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