Separatismos comparados

Como todos saben, el conocimiento de la Historia sirve para no equivocarse demasiado. Los errores caen sobre nosotros como los aguaceros, pero hay maneras de defenderse. Ahora, con un siglo de retraso, empezamos a conocer en su verdad, en sus consecuencias reales, la historia de la Revolución de Octubre, la de Lenin, Stalin, Trotski. Hubo adoradores de Stalin, trotskistas desaforados, leninistas que pensaban que Lenin era mejor que los otros, que era el revolucionario humanista por excelencia. Era necesario conocer esos fenómenos desde adentro: hablar de ellos con una voz que se pudiera escuchar. Boris Pasternak escribió un poema sobre Kerensky, pensando, con imaginación de poeta, que la alternativa representada por Kerensky en la política de su país era la más moderada y democrática, la más posible. Muchos años más tarde, las autoridades soviéticas le prohibieron a Pasternak recibir el premio Nobel. ¿Por qué? Porque lo conocían a fondo, y sabían que su sola existencia como gran poeta en lengua rusa era un peligro para ellos, porque desconfiaban de él con razones más que justificadas.

Ahora observo con atención a los independentistas catalanes y me digo que la historia hispanoamericana podría servirles de algo. Pero estamos en una época en que se lee poco y se reflexiona menos, y la historia hispanoamericana parece la historia de otro planeta. Viví en Barcelona en años en que era un centro cultural, editorial. Y era, además de eso, un centro de toda Europa, porque había gente de pensamiento de Alemania, de Italia, de muchos otros lugares, que viajaba a Barcelona con gran frecuencia y que prefería no seguir su viaje hasta Madrid. Recuerdo prolongadas conversaciones con Umberto Eco, con Hans Magnus Enzensberger, con italianos, franceses, ingleses, americanos del norte y del sur. ¿En qué quedó todo eso? ¿Qué sentido tiene la lucha enconada, obsesiva, por un separatismo que no tiene caracteres de ideología sino de idolatría?

Los hispanoamericanos nos separamos de la España de José Bonaparte y después de Fernando VII con razones poderosas. No digo que justificadas, pero fuertes, atendibles, imposibles de ignorar. A un separatista chileno o argentino, como a un constituyente de Cádiz, para no ir tan lejos, no lo habría mandado a la cárcel una jueza independiente. La autoridad de la época lo habría fusilado sin mayores trámites. Un ciudadano español, por el solo hecho de trasladarse a vivir en las provincias de Hispanoamérica, se transformaba en español de segunda clase: no tenía el menor derecho a intervenir en la administración de su respectiva provincia. Y si llegaba en calidad de gobernante, tenía prohibición absoluta de casarse con mujeres locales, españolas, mestizas o indígenas.

A pesar de todo eso, muchos de los héroes fundacionales tuvieron reservas serias con respecto a la separación de España y al tema de los gobiernos republicanos. Hemos construido una historia de héroes de la independencia, jacobinos en algunos casos, bonapartistas en otros, pero es, precisamente, una historia construida, enteramente revisable. Andrés Bello, héroe fundacional no enteramente aceptado, tuvo dudas serias sobre el tema republicano y estudió la posibilidad de hacer en Chile una monarquía constitucional. Se impuso, al final, la opción de una presidencia fuerte y de un Estado de Derecho sólido. Algo que se llamó Estado en forma y que aseguró largas décadas de estabilidad política. Los presidentes duraban diez años y no podían ser reelegidos. Eso evitó los dos fenómenos más peligrosos de la época: la anarquía y los caudillos bárbaros. José de San Martín, que había tenido que salir al exilio de Boulogne-sur-mer, al norte de Francia, dijo en una carta a un amigo chileno que Chile era el único país que sabía ser república hablando en español. Andrés Bello, venezolano, después de un exilio de largos años en Londres, fue contratado por el Gobierno chileno e hizo una de las mejores gramáticas de la lengua española. No excluyó otras lenguas; pero asimiló las ideas de la ilustración escocesa e inglesa, y trató de salvar, a la vez, la unidad del idioma español. Era una tarea endiabladamente difícil: él, que tenía una formación clásica, estudió el problema a fondo, en jornadas de 14 horas diarias, e hizo una de las mejores gramáticas de la lengua. Mantener el idioma era mantener la unidad posible de repúblicas que se habían fragmentado y disgregado. El deseo de comunicación era fundamental, en contraste con algunas obsesiones actuales de separación y que llevan a la incomunicación, al más anacrónico y anticultural de los aislamientos.

Bello, junto a los personajes más ilustrados de su época, tanto en América como en España, entendió que la separación de la monarquía absoluta era inevitable, pero no se hizo la menor ilusión acerca de la dificultad y la gradualidad del proceso. En silencio, con profunda discreción, con paciencia, con una capacidad de trabajo fuera de lo común, Andrés Bello influyó en los elementos esenciales de la Constitución chilena de 1833, que duró cerca de un siglo; fue autor del Código Civil, inspirado en parte en el código de Napoleón, pero con elementos de la vieja legislación española que sólo ahora empiezan a estudiarse; creó la Universidad de Chile y fue su primer rector. Los primeros programas chilenos de educación primaria, secundaria y superior fueron obra suya. Simón Bolívar tenía su misma edad, pero Andrés Bello, que había recibido una educación avanzada en los conventos de Caracas, fue profesor del joven Bolívar. Su alumno siguió después una trayectoria romántica, exaltada, jacobina. Cuando hizo su balance de vida, no tuvo más remedio que admitir que había «arado en el mar». Andrés Bello, en cambio, creó la base de un Estado de Derecho que, con interrupciones, con períodos oscuros, ha durado hasta hoy mismo. ¿Cuál de los dos héroes, Simón Bolívar, jacobino, visible, público, o Andrés Bello, que luchó en silencio, con resultados parciales, pero tangibles, duraderos, nos interesa más? Las conclusiones son claras; el precedente, aunque parezca remoto y oscuro, tiene plena vigencia.

Jorge Edwards, escritor.

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