Septiembre de 1939

Para mí, la Segunda Guerra Mundial empezó en un cómodo hotel rural del oeste de Devonshire. A los padres de mi escuela primaria privada hubo que decirles que las clases iban a continuar en Devon «mientras durase la guerra». El edificio elegido como nueva sede de la escuela se consideraba lo bastante alejado del riesgo que representaban las bombas y la invasión alemanas. Por norma, a los estudiantes de siete años –la edad que yo tenía entonces– no se nos permitía escuchar las noticias en la radio ni leerlas en los periódicos, por considerarlas demasiado alarmantes. Pero el 3 de septiembre, no solo se nos permitió escuchar música marcial, sino también un discurso de Neville Chamberlain, el primer ministro, cuya voz llegaba hasta nosotros alta y clara a través de la BBC. «Qué terrible, dijo, que tengamos que estar probando máscaras anti-gas por un posible ataque con gas contra nuestro país». Acto seguido, los padres decidieron que la escuela debía volver a ubicarse en Devonshire.

Naturalmente, éramos muy conscientes de que la nueva guerra de 1939 no era solo una continuación de la que creíamos haber dejado atrás en 1918, sino que era una nueva batalla contra un Estado moderno, con un Ejército organizado de forma tradicional, y los preparativos militares y el nerviosismo estaban muy extendidos por el país. Alemania había sido conquistada por un nuevo partido político, los nazis, pero era un tipo de organización que nos resultaba familiar, aunque brutal y simple. Nuestro propio país tuvo que reorganizarse para la guerra pero, gracias al periodo de 1914 a 1918, sucedió de un modo que a la mayoría de los adultos le parecería normal.

El carácter de la guerra que aparentemente ha declarado contra nosotros –«Occidente»– la organización conocida como ISIS, siglas en inglés de Estado Islámico de Irak y el Levante, es bastante distinto. Resulta necesario señalar primero que el organismo que afirma estar restaurando un «califato» musulmán se considera a sí mismo en guerra con todos nosotros. Nosotros no hemos usado, todavía, esa palabra para describir nuestra relación con ellos, aunque la difícil situación demuestra que no hacen falta dos bandos para convertir una pelea en una guerra. Si se producen más asesinatos en nuestro suelo o en el de nuestros amigos, es de suponer que cambiaremos de actitud. Estoy pensando en lo que haríamos si hay muchas más muertes como la del tamborilero Rigby. Pero, aun así, no nos encontraremos en guerra con un Estado, como ocurrió en 1914 y 1939. El ISIS debe de tener, claro está, una organización, tiene una fuerza de combate extremadamente eficaz, tiene cantidades ingentes de dinero, suponemos que tiene una estrategia, pero aunque tenga un nombre, «califato», no tiene los dirigentes reconocibles que los Estados y aun los grupos terroristas han tenido.

Cómo enfrentarse y finalmente derrotar al ISIS es un gran desafío para todos los Estados constituidos como tales. La dificultad se vuelve mayor a causa de las conexiones que el grupo tiene con determinados segmentos de la población musulmana de algunos Estados europeos.

En Gran Bretaña, nos enfrentamos al reto que representan algunos dirigentes musulmanes que no han aceptado lo suficiente las tradiciones británicas y desconocen algunas máximas como la de que para que la tiranía prospere, solo hace falta que la justicia guarde silencio.

Sin embargo, los responsables políticos podrían tener algo más en lo que apoyarse si recordasen que en el pasado ya ha habido movimientos musulmanes puristas e intolerantes. Está, por ejemplo, el grupo radical musulmán conocido como los Asesinos, cuyo nombre ha pasado a varios idiomas europeos como sinónimo de asesino con móvil político. Para empezar, se conocía como los «Asesinos» a la rama ismaelita de los chiíes fundada por Hassan-i-Sabbah a finales del siglo XI, y llamada así en su nombre. Actuaban en Irán (Persia), y en lo que ahora es Irak y Siria (los mismos lugares donde ISIS no deja de matar despiadadamente a sus adversarios). Hassan era del noreste de Persia, y fundó una sociedad secreta que convirtió la montaña de Alamut en su cuartel general. Su regla era matar en secreto –«asesinar»– a todos sus enemigos. Se hicieron con una fortaleza secreta en Siria, se enfrentaron a los cruzados y asesinaron a varios líderes como el conde Raymond de Trípoli. Finalmente, los Asesinos fueron aplastados por los tártaros, Alamut cayó y unos 12.000 asesinos fueron masacrados. La rama siria de los Asesinos fue derrotada por los mamelucos, antiguos esclavos de los otomanos.

También estaban los dos grupos musulmanes bastante similares que conquistaron España en los siglos XI y XII, los almorávides y los almohades. El primero empezó siendo una pequeña banda de musulmanes desafiantes inspirados por el predicador y líder bereber Yahya Bin Omar. Sus seguidores vencieron toda resistencia en Marruecos y en España e infligieron una importante derrota a los cristianos en Sacralias, cerca de Badajoz, en 1086. En poco tiempo, conquistaron también Madrid, Lisboa y Oporto. Pero, al final, el poder almorávide cayó, en parte como consecuencia de las tentaciones de la buena vida.

Un tercer grupo de puristas era el de los almohades. Ellos también procedían de una tribu bereber de Marruecos y su fundador era Ibn Tumart, hijo del farolero de una mezquita. A finales del siglo XI, empezó a promover ataques contra todas las vinaterías y otros lugares de moral relajada. Encontró un soldado brillante, Abd-elMumin, para dirigir a sus seguidores y, de hecho, éste los condujo nada menos que hasta Egipto, y llevó a cabo una exitosísima campaña en España. Su principal líder fue, por supuesto, Almanzor, que era un individuo extraordinario además de un buen general. Pero su sucesor fue completamente derrotado por una alianza de los reyes cristianos en la gran batalla de Las Navas de Tolosa en 1212.

Estos hechos, que imagino conoce cualquier colegial español, le llevan a uno a pensar que debemos ver al ISIS como parte de un patrón histórico. Estos recuerdos deberían sin duda permitir a los políticos modernos enfrentarse a los problemas actuales con más juicio. No tiene sentido, insisto, que recordemos el 3 de septiembre de 1939 ni el 4 de agosto de 1914 como indicadores de lo que debemos hacer ahora.

Hugh Thomas, historiador.

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