Ser fuertes y prudentes

Timothy Garton Ash es historiador británico (EL PAIS, 12/09/04)

Amigos estadounidenses: no hemos olvidado. Nunca nos olvidaremos. Todos sabemos dónde estábamos en el momento en que nos enteramos del atentado contra las Torres Gemelas. Aquella solidaridad entre Europa y EE UU duró aproximadamente tres meses, hasta la derrota de Al Qaeda en Afganistán. ¿Pero dónde está ahora, tres años después del 11-S? No está desaparecida para siempre, sino a la espera de reaparecer. Esperando a un EE UU que le permita reaparecer. El país que volvió a mostrar su grandeza de corazón tras el 11-S. El que evoca Arthur Schlesinger. El país cuya esperanza más reciente es un hombre algo acartonado pero maduro y con cualidades de estadista, John Kerry.

Una reciente encuesta internacional muestra que la mayoría del mundo desea abrumadoramente que gane Kerry. Si algún estadounidense piensa que ése es un factor en contra del candidato demócrata, sólo puedo explicarlo porque la conmoción de los atentados del 11-S le ha quitado el sano juicio. Y ése es un resultado que Osama Bin Laden, si todavía está vivo, celebrará de corazón en este aniversario.

El gran debate que se desarrolla en Occidente no es sobre el fin, sino sobre los medios. No se trata de decidir si tenemos que derrotar la maldad humana que mostró su rostro en Nueva York el 11 de septiembre de 2001, en Madrid el 11 de marzo de 2004 y en la matanza de los inocentes de Beslán la semana pasada; se trata de decir cómo. Como demuestra la carta de Arthur Schlesinger, el debate está tan abierto entre unos estadounidenses y otros como entre los estadounidenses y los europeos. Tres años después, Occidente se divide, más o menos, de esta forma: la mitad de los estadounidenses está con las cuatro quintas partes de los europeos, contra aproximadamente una quinta parte de los europeos, que se alinea con la otra mitad de los estadounidenses. Y, en este caso, la mayoría tiene razón.

Ahora bien, como europeo, tengo que expresar una autocrítica seria. A veces no basta con ser listos, sutiles, cultos, tolerantes, razonables y comprensivos. A veces, para defender la tolerancia, la razón, la cultura y la comprensión, tenemos que ser fieros, militantes y hasta muy tercos. Tenemos que luchar. Porque nos enfrentamos a enemigos que aman la muerte y no se van a detener con argumentos razonables. Los luchadores europeos de la resistencia contra el fascismo y el comunismo lo comprendieron. Churchill lo comprendió. Hoy, creo que lo comprenden más en EE UU que en Europa.

La conducta del Gobierno de Bush en la guerra contra el terrorismo, en muchos aspectos, ha sido fuerte, una palabra que al presidente le encanta repetir y subrayar. Pero no ha sido prudente. El respaldo incondicional a Ariel Sharon en el conflicto palestino-israelí y la guerra decidida por Washington contra Irak, con la excusa de buscar unas armas de destrucción masiva que no existían y con una preparación totalmente insuficiente para la ocupación de la posguerra, son dos actuaciones insensatas que han indignado a la opinión pública musulmana, han enfrentado a Europa con EE UU, han incrementado la amenaza terrorista y han logrado que exista más sentimiento antiamericano que nunca.

Para ganar unidos esta lucha, como hicimos en dos guerras mundiales y la guerra fría, necesitamos ser fuertes y prudentes. Es decir, reconocer que ésta es una guerra que no podemos ganar. Por supuesto que hace falta emplear la fuerza militar, pero el Gobierno de Bush tiene demasiada confianza en la contribución que la abrumadora superioridad militar de EE UU puede hacer a la victoria. Como Washington tiene un martillo gigante, tiende a ver cada problema como si fuera un clavo. Por desgracia, el terrorismo no es un clavo; es más una especie de hongo subterráneo, que se extiende de forma invisible y, de pronto, reaparece en un lugar diferente.

Me asusta la militarización de la retórica política en EE UU en los últimos tres años. Demasiadas veces, el país parece envuelto en una leyenda heroica de proezas marciales. Incluso con el placer de sentirse, no sólo desafiantes, sino solos, como Gary Cooper en Solo ante el peligro. Pero en la vida real no está mal contar con unos cuantos amigos.

El terrorismo nunca es justificable, pero muchas veces es explicable. Las explicaciones indican unas causas. La única oportunidad que tenemos de ganar esta guerra es abordar las causas políticas y económicas del terrorismo, además del problema en sí. No existe un “terror” ni un “terrorismo”. Existen terrorismos, y varían mucho de unos a otros. Lo que los terroristas chechenos les hicieron a los niños de Beslán fue uno de los actos más crueles que cualquier ser humano pueda cometer contra otro. Pero tenía unas causas, y algunas se derivan de la brutalidad de la política rusa respecto a Chechenia.

Pero reflexionar sobre las causas políticas y ver cómo pueden eliminarse no significa ser débil ni contemporizador, como dicen los demagogos de la derecha estadounidense. No es más que dar muestras de sentido común: el mismo sentido común que EE UU demostró cuando promovió las negociaciones con representantes del Ejército de Liberación de Kosovo, el Ejército de Liberación Nacional albano-macedonio y el IRA, grupos que habían recurrido al terrorismo para alcanzar sus fines políticos.

Del mismo modo, no hay nada que pueda justificar a los terroristas suicidas palestinos que matan a civiles israelíes inocentes. Nada. Jamás. Pero sus acciones tienen causas, y, para ganar la guerra contra el terrorismo, debemos eliminar esas causas. Tenemos que ser fuertes, pero prudentes. Por ahora, Europa necesita algo más de fuerza y EE UU algo más de prudencia. Así, pues, amigos estadounidenses, estamos juntos en esta empresa. No hemos olvidado; nunca nos olvidaremos. La solidaridad europea con EE UU tras los atentados del 11 de septiembre fue espontánea e inmensa. Y se desaprovechó, por culpa de los dos lados del Atlántico. Tres años después, no estoy seguro de quién está venciendo en esta lucha para defender nuestras imperfectas pero adoradas libertades. Hemos tenido algunos triunfos, pero Bin Laden también tendrá cosas que celebrar, sobre todo el hecho de haber provocado una reacción tan desmesurada, torpe y desastrosa de EE UU en Irak. Sin embargo, no tengo dudas de que, al final, ganaremos, si sabemos trabajar juntos y unir la fuerza y la prudencia. Mostradnos el rostro del otro EE UU, y estaremos a vuestro lado.

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