Serbia y el polvorín kosovar

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 29/01/07):

El presidente de Serbia, Boris Tadic, convocó para el 21 de enero pasado elecciones parlamentarias anticipadas, necesarias después de la promulgación de la nueva Constitución nacional que sustituyó a las de 1974 y 1990. Elecciones que, además de trascendentales para su incorporación a la UE, han sido las primeras celebradas en este país desde la separación de Montenegro y desde la aprobación en referéndum de la mencionada Constitución, que proclamaba oficialmente la independencia de Serbia y declaraba a Kosovo parte del país, lo que se traduce en una oposición de Belgrado a cualquier solución que implique la independencia de la provincia, tal y como recordó recientemente el primer ministro de Serbia, Vojislav Kostunica. Realmente, la nueva Carta Magna recoge en este sentido lo que dejaban bien claro las anteriores, que Yugoslavia estaba formada por seis repúblicas (Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia), con derecho a una supuesta ‘autodeterminación’, algo impensable en los años de la dictadura comunista del mariscal Josif Broz ‘Tito’, y por dos regiones bajo titularidad serbia que eran Kosovo y Voivódina. La postura albanesa es radicalmente distinta y, lógicamente, no piensan lo mismo el presidente de Kosovo, Fatmir Sejdiu, ni su primer ministro Agim Ceku, ni los albaneses del enclave.

El pasado domingo, más de un 60% de los 6,6 millones de serbios con derecho a voto acudió a las urnas para elegir a los 250 miembros del Parlamento. A pesar de que estas elecciones anticipadas se explican por la voluntad del Gobierno de no dejar al debate sobre el futuro de Kosovo ocupar un lugar central en la campaña electoral, ello no ha sido así. Los resultados provisionales otorgan el triunfo al Partido Radical Serbio del ultranacionalista Vojislav Seselj, actualmente encarcelado en La Haya en espera de ser juzgado por el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia (TPIY), con un 28,3% de los votos. Más que los actos políticos, lo que ha favorecido a los radicales son los testimonios de los cientos de miles de refugiados que abandonaron Kosovo tras los bombardeos de la OTAN en 1999, perdiendo sus tierras, sus casas y sus pertenencias; de los que aún padecen los numerosos actos de violencia albanokosovares; de los que repudian los ataques vandálicos contra monumentos funerarios o religiosos o escuelas serbias y de los que temen ser abandonados a su suerte si llega la independencia. Los partidos más votados tras el Radical han sido el Partido Democrático del presidente reformador Boris Tadic, que ha obtenido el 22,7% de los votos, y el Partido Democrático de Serbia, del nacionalista moderado Kostunica, con el 16,4% de los votos. Además de estos, formarán parte del Parlamento el partido reformista de economistas G17 Plus (6,8%), el Partido Socialista de Serbia (SPS) creado por Milosevic (5,6%) y el nuevo Partido Liberal-Democrático (LDP) (5,3%).

El término ‘guerra de Kosovo’ o ‘conflicto de Kosovo’ es frecuentemente utilizado para describir dos conflictos que tuvieron lugar uno seguido del otro con un cierto solapamiento en el sur de la provincia Serbia llamada Kosovo (oficialmente Kosovo y Metohija), parte de la antigua Yugoslavia: una guerra civil de 1996 a 1999, seguida de una guerra internacional del 24 de marzo al 10 de junio de 1999. Previamente se produjeron las guerras de Eslovenia, Croacia, y Bosnia y Herzegovina, la independencia pacífica de Macedonia y la citada guerra de Kosovo, que concluiría con la retirada de las fuerzas serbias y la aprobación por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de la resolución 1.244. Desde entonces, la región está bajo protectorado provisional de la ONU y las negociaciones sobre su futuro estatus, iniciadas el 20 de febrero de 2006 en Viena, no han dado resultados hasta ahora. Meses de conversaciones se paralizaron a finales del pasado año por la oposición serbia a considerar siquiera la posibilidad de un Kosovo independiente en un futuro próximo; todo ello pese a las reiteradas promesas del actual Gobierno kosovar de integrar a las minorías en el futuro país. Poca fiabilidad ofrece esta promesa cuando han huido de Kosovo unas doscientas mil personas, la mayoría serbias pero también turcas y romaníes. En cualquier caso, no debe extrañarnos la posición serbia ya que, tras asistir resignada a la pérdida de Montenegro a mediados del año pasado -y tras años de sufrir innumerables agravios por parte de Occidente (iniciados con la lamentable actuación alemana en la desintegración yugoslava), sobre todo en comparación con sus vecinos croatas-, ha creado una mitología que sitúa a Kosovo como el origen de Serbia.

La cuestión kosovar no divide a la población, ya que serbios nunca aceptarán perder Kosovo. La desaparición del sueño de la ‘Gran Serbia’ y el comportamiento de Occidente ha generado en los serbios un sentimiento de humillación y, a la par, de resistencia, que los hace inflexibles ante un problema que no es el último, ya que tras el mismo queda la provincia de la Voivódina en el Norte, con mayoría serbia pero con numerosos húngaros, eslovacos y croatas. La actitud serbia de mantener Kosovo a toda costa no es la más bene- ficiosa para el país, ya que conservar este enclave, el más pobre e inestable del país, perjudica su incorporación a la UE. Los albanokosovares tampoco van a hacer concesiones. Todo ello nos hace pensar que más pronto que tarde Kosovo volverá a estallar y lo hará porque la mala gestión del Ejecutivo, en manos del dividido LDK del histórico líder pacifista Ibrahim Rugova, muerto en enero de 2006, y la irresponsabilidad de los principales líderes de la minoría serbia en Kosovo, agitando el fantasma de la partición, recuerdan comportamientos pasados de los serbios en Bosnia tras la guerra de 1995.

También contribuirán a ello las fuerzas que chocan en esta parte del continente europeo. Las habituales cuestiones de geopolítica están acompañadas por los miedos que en otros países genera la independencia de Kosovo. Este es el caso de China (secesionismo del pueblo uigur en el Turkestán Oriental) y de países europeos como España y Rumania. No olvidemos tampoco las amenazas de Vladimir Putin de adoptar soluciones similares para sus aliados de Transniéster (Moldavia), Abjasia y Osetia del Sur (Georgia), ni las del presidente de la República Srpska (una de las dos entidades que forman Bosnia-Herzegovina y que agrupa a la población serbobosnia), ni los relativamente recientes levantamientos armados de los albaneses en Macedonia y en los valles de Presevo, Medvedja y Bujanovac, que controlan los serbios, ni el peso de las minorías albanesas en Montenegro y Serbia. El precedente originaría una desintegración en cadena, más allá de las ya citadas, al poderse romper los Estados sin ninguna razón legal, aunque se puedan argumentar razones legítimas.

El triste regreso a la actualidad de la situación kosovar recupera la desastrosa gestión de Occidente en esta parte de Europa. Decenios de represión serbia, con la correspondiente limpieza étnica, y más de siete años de protectorado de la ONU, en los que los albanokosovares se están tomando la revancha, no han solucionado nada en Kosovo. Nos encontramos, además, con que la retórica y el triunfalismo de los líderes occidentales encubren la brutal realidad de la limpieza étnica masiva, los asesinatos sistemáticos, el pillaje y la destrucción de iglesias, casas, granjas y empresas que llevan a cabo terroristas del Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), apoyados, por acción u omisión, por la OTAN y por grupos paramilitares. ¿Qué explicación cabe de este comportamiento? ¿Quizás que una permanente desestabilización de Serbia favorece -a la vez que es consecuencia- los jugosos contratos de construcción que ha generado una guerra comercial entre empresas norteamericanas y europeas? Triste es descubrir que este tipo de comportamientos son reales y que el problema se convierte en un negocio sustentado por los cadáveres de miles de personas. Las víctimas de antaño se convierten en los verdugos del presente, amparados por quienes deben ayudar a encontrar una solución. Las responsabilidades serbias son obvias y su castigo, necesario (muchos de los responsables serbios, aunque no todos, se encuentran en las mazmorras de La Haya), pero no cabe ahondar en la herida humillando, mancillando y hundiendo sin necesidad a una población cuya responsabilidad es discutible mientras que los criminales de guerra albanokosovares del UCK son respetados, premiados y admirados por su gobierno y tolerados por Occidente.

El resultado de las elecciones serbias manifiesta cómo se rebelan contra un Occidente que no está actuando bien, contra un Occidente que creen que siembra el resentimiento en lugar de la concordia. Y ello es así a pesar de que el Partido Democrático negociará con los cuatro partidos reformistas para formar gobierno con rapidez y se plegará a las exigencias de una UE, que quiere un gabinete de fuerzas proeuropeas y democráticas. Serbia sabe que necesita a la Unión en su lucha por mantener Kosovo, pero ésta debe valorar la colaboración y tiene que evitar lo que está ocurriendo en el protectorado.