¿Seremos capaces?

La FAO ha alertado de una nueva crisis de precios alimentarios y esta vez todos los medios de comunicación lo han destacado, lo que expresa una sensibilidad creciente sobre el tema. De hecho, estamos hablando de un dejà vu tanto por sus causas como por sus consecuencias. En cinco años hemos vivido ya tres crisis de precios de los alimentos básicos, con graves consecuencias, con millones de personas abocadas a la desnutrición y un detonante de inestabilidad político-social. Recordemos que las revueltas de Túnez y Egipto se iniciaron tras duplicarse el precio del pan. El grito en la calle era: pan y libertad.

Si en un determinado lugar de una carretera se suceden los accidentes, es propio pensar que la causa es el estado o el trazado de la ruta, por más que en cada accidente se puedan añadir factores fortuitos (distracción, imprudencia del conductor, malas condiciones meteorológicas…). Lo que corresponde es arreglar la carretera. Hoy, las repetidas crisis alimentarias avalan las posiciones que desde hace años nos advierten de las profundas raíces estructurales del problema. Lo que corresponde, pues, es atacar el fondo: ha llegado la hora de arreglar la carretera.

El mundo se está apretando (más población, más desarrollo, más exigencias alimentarias) y los recursos naturales, explotados sin mesura, dan síntomas de progresiva escasez. Se trata de dos escaseces con vasos comunicantes, ya que de los alimentos pueden obtenerse carburantes. En resumen, tensiones estructurales de oferta y demanda con vectores que se retroalimentan desde diferentes ángulos, sobre un tema explosivo como son los alimentos, con una demanda fuertemente inelástica y una oferta errática -por distintas razones, principalmente sanitarias y climáticas-, hecho que facilita los desajustes.

Todo ello en un momento en que el cambio climático está complicando las cosas. A menudo el cambio climático se percibe como algo muy lejano. Pero los efectos o las respuestas frente a él ya han sido los detonantes de las tres crisis alimentarias. En el 2007, un año de malas cosechas, como respuesta ante la emergencia y perspectivas de crecimiento por imposición legal de la producción de agrocarburantes. En el 2010, como respuesta especulativa frente a una sequía y unas temperaturas jamás registradas en Rusia. En el 2012, a partir de las malas cosechas de soja en Argentina y la sequía extrema en el medio oeste de EEUU. En los tres casos, los factores que rompen los equilibrios están probablemente relacionados -directa o indirectamente- con el cambio climático.

Mientras tanto, al acecho están los especuladores financieros, atentos a mercados en tensión, a mercados enfermos, entre los que la alimentación es plato deseado. Las tres crisis de precios han estado precedidas por una entrada masiva de fondos especulativos en los mercados de futuros. Importantes centros de poder financiero ganan rápidamente mucho dinero al precio de desestabilizar unos mercados esenciales y estratégicos. El enorme poder de estos operadores financieros dificulta soluciones tan simples como impedir o limitar la entrada de estos fondos en unos mercados de futuros concebidos para el objetivo contrario, que no es otro que la estabilidad de precios. Este es un tema que trasciende el discurso económico para situarse en el campo de la ética. La creciente mala imagen social de la especulación con alimentos está influyendo en que, por ejemplo, uno de estos grandes operadores, el Deutsche Bank, intente limpiar su mala conciencia prometiendo que este año no abrirá nuevos productos financieros vinculados a los alimentos (se supone que con los productos especulativos ya abiertos tendrá suficiente).

En cualquier caso, estamos ante problemas globales muy serios que requieren soluciones muy urgentes, que también deben ser globales a través de la máxima coordinación de actuaciones comunes decididas. Se trata de actuar en beneficio de todos al precio de renunciar a hipotéticas gangas para unos pocos con mucho poder. La novedosa y creciente concertación en temas de seguridad alimentaria en el marco del G-20 es una buena noticia, pero los frutos están siendo escasos. Habrá que buscar en el desván nuevos argumentos para la solidaridad a fin de evitar un empacho de verdades universales y leyes inamovibles como coartada para unos intereses muy concretos y localizados que están afectando a la línea de flotación de nuestro futuro. ¿Seremos capaces?

Los problemas globales tienen también una concreción local. Energía, agua y suelo agrícola son activos preciosos en el nuevo escenario, y en nuestro país andamos escasos de ellos. Es preciso, pues, optimizar, como opción estratégica, nuestro potencial en estos temas. Tengamos en cuenta que cuando se duplica el precio de los alimentos o de la energía, si no disponemos de ellos y debemos importarlos pasamos a ser más pobres. Debería ser una exigencia de país utilizar plenamente los potenciales de regadío, recuperar los infrautilizados potenciales energéticos de nuestros bosques y avanzar en otras fuentes de energía (viento, sol, biogás, geotermia y mar). ¿Seremos capaces?

Francesc Reguant, economista. Vicepresidente de la Institució Catalana d’Estudis Agraris.

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