Serpientes de verano

Recuerdo que, en mis años de joven periodista, durante los estíos apenas sucedían hechos importantes como para alcanzar el grado de noticia –ni siquiera crímenes pasionales– y nos las veíamos y las deseábamos para idear una llamativa primera página. Ávidamente, buscábamos «serpientes de verano», como llamábamos a las informaciones engordadas y sobrevaloradas con las que dar al periódico un cierto grado de interés. La expresión venía, como adivinará el lector, de un enorme reptil anfibio que cada verano era avistado por algunos turistas en el famoso lago Ness. Nunca se dejaba ver en invierno, sólo en verano. Y creo que no habrá muchas fotos publicadas tantas veces en el mundo como la del cuello del bicho surgiendo vertical, parecido al periscopio de un submarino, de las aguas oscuras de la laguna escocesa.

Ahora, sin embargo, durante los últimos estíos, hay que escoger a diario, entre decenas de desastres, cuáles llevar a la primera página –o al titular del telediario o del informativo radiado–, no ya para atraer la curiosidad de quien lee, ve, o escucha, sino para alertar sobre las graves incertidumbres que acechan nuestra existencia. Porque vivimos tiempos de perplejidad y miedo. Y los humanos nos sentimos más desprovistos que nunca de razones para aspirar a la felicidad y a un mundo mejor.

Serpientes de veranoHace poco, en el semanario francés «Le Point», leía una interesante entrevista con el filósofo judío francés Alain Filkenkraut. Fue uno de esos jóvenes rebeldes surgidos de las cenizas de Mayo del 68 –como Gluksman y el algo más tardío y precoz Henry-Lévy–, cuyos controvertidos pensamientos, crecidos en los pupitres de la rebelión universitaria, se han adaptado confortablemente al tradicional «establishment» político.

Daba Filkenkraut en la entrevista un ingenioso diagnóstico de la era que nos toca vivir: «Los pesimistas creen que la catástrofe está al llegar. No comparto su optimismo. La catástro fe está en marcha». Volviendo a lo que señalaba al principio sobre las «serpientes de verano» no hay que irse al lago Ness para encontrar titulares que alienten el morbo, porque más bien despiertan nuestro pavor. La explosión de Tianin (China), por ejemplo, que ha provocado un nuevo cataclismo en el medio ambiente. O la avalancha de refugiados que huyen de los territorios de Oriente Medio y Afganistán hacia las fronteras de la estupefacta e insolidaria Europa. O los libios que mueren en el mar buscando las costas italianas. O los peligros que se ciernen de nuevo sobre la economía mundial, tras el desfallecimiento financiero de un país tan poderoso como China y después del gran fiasco griego. O el avance de la corrupción en los sistemas políticos más acreditados. O el crecimiento del egoísmo nacionalista. O la pujanza de Estado Islámico y sus métodos de expandir el terror. O la posibilidad de que un imprevisto atentado terrorista, organizado por un «lobo solitario», nos pille en el lugar equivocado a la hora inoportuna. O las apabullantes cifras de seres humanos que cada día pierden su empleo, su vivienda y su patria. O los muertos por las guerras y hambrunas. El lago Ness, con aquel temible monstruo oculto en sus profundidades, nos parece ahora una charca de pececitos de colores.

El principal problema de nuestro tiempo es, en mi opinión, que la democracia se ha debilitado y envilecido y eso hace que nos sentamos incapaces de controlar nuestro destino. Incluso los filósofos parecen cansados de pensar y ya no emiten apenas juicios éticos, quién sabe si aterrados y arrepentidos ante las consecuencias funestas que sus ideas arrojaron sobre la humanidad el pasado siglo XX. Hace poco, el director de cine Peter Greenway clamaba: «Nos hemos desecho de Dios, de Satán y de Freud. ¡Por fin estamos completamente solos en la historia de la Humanidad!». Solos, sí; pero también desvalidos y desconcertados. No obstante, ¿qué tiene que ver el desfallecimiento de la democracia con Tianin, con las olas de refugiados sirios, con los ahogados libios, con la crisis económica, con la corrupción política y con el terrorismo? Nada en la apariencia, todo en la sustancia.

La democracia fue un sistema inventado por los hombres para hacerse a sí mismos más libres dentro de una sociedad más justa. Y con ese espíritu, ese sistema fue capaz de alzar un modo de vida en común repleto de vitalidad y de vigor. Cuanto más democrática era una sociedad, más fuerte se hacía. Sencillamente porque los ciudadanos la veían como algo suyo, como una seña que formaba parte de su íntima razón de ser.

Pero hace ya tiempo que los valores que fundamentaban la sociedad democrática se han pervertido y han vencido las leyes ciegas del mercado libre y del capitalismo voraz sobre los principios de solidaridad y de justicia. El monopolio del poder lo detentan ahora las finanzas y ese poder no elegido en las urnas crea un sistema sin alma, basado, tan sólo, en el beneficio. Hoy, el FMI, el Banco Europeo, las agencias de calificación, las «troikas» y otros organismos de parecido jaez son mucho más poderosos que la mayoría de los gobiernos elegidos libremente. Y peor todavía: a su arrimo, continúan creándose entidades de decisión económica exentas de control parlamentario.

No obstante, sin ideales ni valores, no hay democracia posible. Y así surgen las dictaduras e intransigencias a las que no sabemos enfrentarnos: el Assad, Estado Islámico, Libia…. Y la corrupción campa libremente por el mundo y hace posibles los Tianin, burlando leyes de control ecológico. Y el paro y el hambre aumentan porque lo prioritario es reflotar a los bancos. Y miles de personas huyen de sus hogares en busca de patrias nuevas que les reciben con muros y alambradas. Y este volcánico proceso no se detiene sencillamente porque las convicciones democráticas se han debilitado y nadie las defiende con vigor suficiente. Hay armas, pero no principios.

Por cierto: la democracia, un invento griego, la salvaron en Maratón diez mil hombres libres –entre ellos el dramaturgo Esquilo– luchando contra los doscientos mil soldados de un despótico emperador persa. Los banqueros del Ática permanecieron, entretanto, encerrados en sus casas.

Javier Reverte, periodista y escritor.

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