¿Serviría de algo salvar al soldado Mas?

Y, al final, será una payasada. Después de asegurar, prometer, jurar que el 9-N habría una consulta legal, después de gritar a los cuatro vientos que el gobierno de la Generalitat «es un Gobierno serio que no hará payasadas»… Pues sí, al final lo que Artur Mas ha propuesto a los catalanes, ese anhelado 9-N, no es otra cosa que una patética payasada, el penúltimo acto de una tragicomedia que puede acabar con sus protagonistas arrollados por una masa insatisfecha y frustrada, harta de promesas vacías.

Será difícil encontrar en la Historia a un político tan nefasto para su pueblo, tan dañino para su partido, tan irracional en su comportamiento.

Mas está a un cuarto de hora de que los mismos que le han llevado en volandas quieran echarlo de Barcelona como al peor de los botiflers.

Serviría de algo salvar al soldado MasEl presidente de la Generalitat ha apelado en su última y penosa etapa de gobierno a la «astucia», virtud propia de tahúres -«habilidad para engañar o evitar el engaño», dice el diccionario-, ignorando que los valores en política tienen que ver con la coherencia, la honestidad, la sinceridad, la capacidad de sacrificio… todo lo que a él le ha faltado.

Mas es el resultado de una anomalía histórica, un fallo imperdonable del sistema. Encumbrado por Jordi Pujol -ante el que él se inclinaba reverente- como un paréntesis necesario hasta que el hereu Oriol alcanzase la mayoría de edad política para sucederle, se encontró con un poder que no esperaba entre las manos.

Y lo está dilapidando como el que gasta una fortuna que no es suya, porque ha cometido el error o el pecado de querer ser querido por sí mismo, de pretender sobrepasar a su creador en su faceta mesiánica.

Como relata Lluís Bassets en su libro La gran vergüenza (editorial Península): «Pujol nunca permitió que creciera una alternativa a su poder dentro del partido. Con la presencia de Miquel Roca, que estuvo y lo fue desde el primer momento, ya tuvo suficiente. Nunca más Miquel Roca. El sucesor tenía que ser perfectamente sumiso y adaptarse al carácter del partido de Pujol y a su carácter familiar dinástico…». Ese convencimiento de que Mas sería sumiso y respetaría su papel de interino fue lo que llevó a los miembros del llamado pinyol (el núcleo duro), formado por Oriol Pujol y sus amigos, ahora en la cúpula de CDC, a apostar por Mas, que también recibió las bendiciones de Marta Ferrusola.

El propio Mas le reconoció a Pilar Rahola (La máscara del rey Arturo) ese papel determinante en su ascensión al poder: «Y lo que llaman el pinyol es la gente que dio la cara por mí ante Pujol… Tengo un deber de lealtad y de agradecimiento con ellos».

Sin embargo, la confesión de Pujol (el 25 de julio) de que había mantenido una cuenta oculta en un paraíso fiscal durante 34 años, unida a la dimisión de Oriol Pujol, imputado en el caso de las ITV, que se produjo unos días antes, allanaron el camino a Mas para desembarazarse del pesado lastre del pujolismo y le animaron a construir su propio proyecto en la política catalana.

Desde ese momento, su programa político consiste en la formación de una lista única, «una candidatura de país», encabezada por él, por supuesto, que aglutine a todas las fuerzas independentistas de Cataluña.

Como han reconocido ya algunos líderes de CiU, la constitución de esa lista única supondría de facto la muerte de la coalición nacionalista creada en 1978.

A ERC no le importaría apoyar un conglomerado en el que se integrarían candidatos de la ANC o de Ómnium Cultural, lo que los nacionalistas llaman la «sociedad civil», pero la cesión de una victoria segura, en caso de adelanto electoral, sólo se producirá si, tras la victoria, el nuevo gobierno de la Generalitat declarase unilateralmente la independencia, como ya hizo Companys en octubre de 1934.

Mas se resiste a ceder a esa pretensión de Oriol Junqueras, fundamentalmente porque, si lo hiciera, perdería el apoyo que ahora sigue recibiendo del establishment económico financiero de Cataluña.

Han sido las presiones de ese poderoso lobby las que llevaron al president a realizar su bochornosa comparecencia el pasado lunes, en la que admitió que la consulta, tal y como estaba planteada, no podría llevarse a cabo y, para evitar ser dilapidado por sus socios, se sacó de la manga una votación de consolación que no sirve de nada.

«Demos un respiro a Mas… Hay que evitar como sea unas elecciones anticipadas en Cataluña, que darían el triunfo a los independentistas radicales… Tenemos que intentar que la legislatura llegue a término…», susurran fuentes próximas a Moncloa. Como si la salvación del soldado Mas garantizase la solución a los problemas de Cataluña.

El problema es doble: en estos momentos el presidente de la Generalitat no es fiable, entre otras cosas, por su debilidad en su coalición, con sus socios, etc. Por otro lado, el sostenimiento de Mas mediante una operación de respiración política artificial, como sería el hipotético apoyo del PSC (la sociovergencia que nunca termina de concretarse), no eliminaría la cuestión fundamental: un porcentaje cada vez mayor de catalanes quiere independencia.

Cataluña requiere una solución política. No se trata de «ceder ante los nacionalistas», como ha planteado José María Aznar esta semana, sino de dar respuesta a una demanda de una parte sustancial de la sociedad catalana.

El catedrático Santiago Muñoz Machado propone en su libro Cataluña y las demás españas una reforma del Estatuto de Cataluña que debería tener cabida en una Constitución reformada y que ambos procesos sean refrendados por los ciudadanos.

«La reforma del régimen de autogobierno de Cataluña sería finalmente aprobada en referéndum, es decir ejercitando el derecho a decidir del pueblo de Cataluña, y el resto de los ciudadanos españoles utilizarían también su derecho de autodeterminación aprobando o no en referéndum la reforma de la Constitución que recoja la especialidad de las relaciones con aquel territorio. Por tanto, podría simultanearse el referéndum estatutario y el concerniente a la reforma de la Constitución».

Esa fórmula requiere un gran pacto de Estado entre el PP y el PSOE, y un acuerdo en paralelo con los nacionalistas. En ese consenso es en lo que hay que trabajar. La salvación de Mas es, además de improbable, una cuestión menor en el contexto del mayor problema político al que se enfrenta España.

Casimiro García- Abadillo es director de El Mundo.

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