Sevilla en Jalisco

Llegan las noticias más terribles de San Gabriel, localidad del sur del Estado de Jalisco, en México. Noticias e imágenes. Unas inundaciones nunca allí conocidas han asolado esta localidad un día en que no había llovido en el pueblo. La naturaleza obra de manera extraña si se la provoca, y tras los terribles incendios que han devastado muchas zonas de bosque en derredor del Nevado de Colima -dicen que originados por desaprensivos productores de aguacate- el agua ha corrido negra como pez y, arrastrando troncos y ramas y cenizas, dejando el grafito denso de su ira sobre los muros. San Gabriel -pocos lo saben- es el pueblo que inspiró a Juan Rulfo su Comala en la simpar novela «Pedro Páramo» (la Comala del mapa se lleva los beneficios de la fama de la narración, pero no es en realidad, si tal cosa puede predicarse de los espectros, la localidad fantasmal de una de las cumbres de la literatura).

Las inundaciones hacen recordar otras riadas que tanto dañaran a Sevilla, culminando con el desbordamiento del Tamarguillo que a su vez desencadenó la tragedia de la Operación Clavel. Algunas de las riadas de principios del siglo XX fueron mitigadas por el Regimiento de Ingenieros que, con sede en el Cuartel de la Borbolla, mandaba don Bernardo Cernuda, el padre del autor de «La Realidad y el Deseo». Cernuda (el poeta, no el coronel) abandonó Sevilla para morir en la Ciudad de México en 1963. Nunca estuvo en Jalisco, aunque sí varias veces más al sur en la costa del Pacífico, en el otrora idílico y hoy azaroso Acapulco. Cuando nuestro paisano vivía en la capital del país, también lo hacía allí una poeta apenas conocida que amó España y Sevilla, y que dejó puñados de versos a una y otra. Es prácticamente seguro que Cernuda ni la leyó ni supo de ella.

Cristina Pérez Vizcaíno nació con los mismos apellidos que Juan Rulfo (en realidad Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno) en Zapotlán el Grande (Ciudad Guzmán) el 29 de octubre de 1916. Todo parecía aproximarla a la literatura, pues el sacerdote que la bautizara fue Librado Arreola, tío del escritor Juan José Arreola. Hija de un natural de Támara de Campos (Palencia), asistió a un colegio de monjas francesas y en 1932 partió con sus cuatro hermanos a España, donde permanecieron hasta 1937. En Barcelona estudió en el colegio del Sagrado Corazón, donde aprendió piano, que siguió tocando a su regreso, y en la nebulosa de su biografía se ve que visitó Sevilla y Granada. Huyendo de la Guerra Civil regresó a México el mismo año que venían de allí Octavio Paz y Elena Garro.

Son varios los poemas que dejó escritos sobre la contienda y, aunque contraria a la ideología comunista de Pedro Garfias, admiró la obra del autor de «Primavera en Eaton Hastings», esa elegía andalucísima. Cuenta Vicente Preciado Zacarías, autor de la compilación y presentación de «Antología poética» de Pérez Vizcaíno, que esta reproducía un disco de 78 revoluciones con los poemas de Garfias y exclamaba: «¡Qué bárbaro, este; eso es poesía!». Garfias fue bien acogido en Guadalajara. Allí le editaron su libro «Río de aguas amargas» más un testimonio oral y un intento imposible, disperso como él era, de unas obras completas sufragadas por aquel Ayuntamiento. Lejanas honras al poeta que vivió en Osuna y Écija y que se suman al busto en bronce entre las calles Justo Sierra e Hidalgo en la avenida Chapultepec, en una glorieta llamada popularmente Rincón del Sevillano. Garfias visitó también Zapotlán en 1960, invitado por Preciado Zacarías, y dejó escrito un breve poema en una servilleta, según costumbre suya, a aquella «Atenas de Jalisco», como la bautizó Carlos Pellicer: «Ay Ciudad Guzmán amada,/ casi apenas vislumbrada:/ si algo te dejo de mí,/ yo te llevo toda a ti».

Pérez Vizcaíno escribió «El alma de Sevilla», que está más cerca de Manuel Machado que de Antonio: «con arrestos de Pizarros y molicies de sultanes». En «Suite flamenca» (1965) dedicaba poemas a la guitarra y a los diferentes cantes: las seguiriyas, las bulerías, la saeta, las soleares y, fundidas con su baile, las sevillanas. Es difícil, en medio de la danza, esquivar el pisotón torpe del tópico: ella lo consiguió con finura y observación ajenas al más burdo tipismo que, en dirección contraria, hace que todos los mexicanos lleven sombrero charro, un bigote al que atar el caballo y un revólver al cinto de resbaladizo gatillo como el tequila.

Nos tienen que asegurar que estos versos los ha compuesto una jalisciense y no Rafael de León o -se cumple ahora medio siglo de su muerte- Joaquín Romero Murube: «Un patio con azulejos/ por donde va el aire y viene/ refrescado en los limones,/ en los percales, caliente». También se nos ha de convencer de que un verso casi ultraísta como «Telegrafía de tacones» no sea de Adriano del Valle (puestos a recordar efemérides, este año también se cumplen los cien de que Borges publicara en Sevilla su primer poema, «Himno del mar», dedicado a Adriano).

Integrante del grupo cultural Cervantes Saavedra, que tampoco era manco, Pérez Vizcaíno llevó una vida, si intensa, más convencional que las de tantas compatriotas suyas de la época dedicadas en cuerpo y alma a las artes y al exceso. Elena Poniatowska ha referido las vidas de varias de ellas, y Juan Bonilla acaba de hacerlo de modo magistral en el caso de Carmen Mondragón, la Anahui Oli que antes de convivir con el Dr. Atl fue esposa de Manuel Rodríguez Lozano, el pintor al que Cernuda dedicó su libro «Variaciones sobre tema mexicano». La crítica reconoce en la poesía de Pérez Vizcaíno la huella melancólica y tardo-modernista no de Bonilla, jerezano que hoy reside en Mairena del Aljarafe, sino de Ramón López Velarde, jerezano de allá (Zacatecas).

Zapotlán, fijada en la literatura en un título de Arreola que no puede ser más sevillano («La Feria») fue fundada por un fraile que partió del Guadalquivir. Fray Juan de Padilla, que aparece al comienzo de la novela, murió mártir en 1542 en Kansas, el primer cristiano que dio su sangre por la fe en lo que habían de ser, rapiñas, guerras y trapacerías gringas mediante, los Estados Unidos. Lo hizo cuando Vázquez Coronado y los suyos regresaron a México y él decidió quedarse a proteger con su vida la primera cruz erigida en aquellos territorios que conocía como nadie Alfredo Jiménez Núñez, maestro de hispanistas y de bonhomía leído en las páginas del ABC sevillano. Su novela sobre aquel anchuroso virreinato que pujaba hacia el Norte, «El amante de la Frontera» comienza con una muerte violenta en un callejón de Sevilla.

Antes de ser víctima de los nativos cerca de Kansas City (donde existe una réplica de la Giralda), Padilla usó la música para convertir a los indios, y en su haber está el haber sembrado las raíces del mariachi cuando predicó en Cocula en 1533, solo doce años como doce apóstoles tras la conquista de Tenochtitlán a manos de Hernán Cortés, quien -de nuevo Sevilla- estuvo retirado en Castilleja de la Cuesta. El sentido de la armonía de los nativos hizo que adaptaran lo oído y, con violín y guitarra, crearan el género musical por el que México es conocido en el mundo.

No es sino el que suena en «Jalisco canta en Sevilla», la película protagonizada por Jorge Negrete y Carmen Sevilla en 1948, casi una errata de 1984, año en que quedaron hermanadas las ciudades de Sevilla y Guadalajara. Aproximadamente mil días después moría la poeta jalisciense amante de lo hispalense y del flamenco Cristina Pérez Vizcaíno. Lo hizo en la Ciudad de México, acaso aferrada al consuelo de irse, ya que no en Sevilla o en Jalisco, en la capital de la que fue, eco de su devoción, la Nueva España.

Antonio Rivero Tavarillo es escritor.

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