Sí, antisemitismo

Por Vicenç Villatoro, periodista. Autor del prólogo de L’antisemitisme després d’Auschwitz (EL PERIÓDICO, 23/07/06):

En los últimos días, la palabra antisemitismo ha reaparecido de forma espectacular en el debate político. Las acusaciones de antisemitismo se han cruzado a propósito de discursos, actitudes y manifestaciones sobre la crisis actual en el Líbano. En este marco se nos ha advertido que criticar las actuaciones del gobierno de Israel no significa necesariamente ser antisemita. Es verdad. Pero también es cierto que algunas de las críticas que se dirigen a Israel no son contra las actuaciones de su gobierno, sino contra su existencia misma como Estado. Para algunos, Israel es culpable haga lo que haga, porque su culpa no es hacer, sino existir.
A veces el argumento exculpatorio ha ido más allá. Se ha dicho que criticar a Israel no es necesariamente ser antisemita, y lo acepto. Pero se ha dicho también que entre nosotros, en Catalunya, en España, el antisemitismo no existe. Y ahí no estoy de acuerdo. Y se ha dicho que, incluso en caso de existir, este antisemitismo no tendría nada que ver, no tendría intersección alguna, con las críticas a Israel. Tampoco puedo estar de acuerdo. No todo el que critica a Israel es antisemita. Pero todos los antisemitas critican a Israel. Cuando la extrema derecha italiana lanza tomates a la embajada israelí o cuando los neonazis alemanes apoyan a la selección de Irán, porque su presidente niega el Holocausto y quiere destruir Israel, alguna conexión habrá.
Empecemos por el principio. Se dice que entre nosotros no hay antisemitismo, y que si lo hubo fue en tiempos de los Reyes Católicos. No es cierto. A finales del XIX y principio del XX existe en España y en Catalunya un antisemitismo –¡sin judíos!– que bebe del antisemitismo europeo moderno. Se construye un arquetipo del judío que encarna los valores de la modernidad: la ciencia, la ciudad, la razón, el dinero, la economía- Todos los que rechazan esta modernidad, la derecha integrista, pero también alguna izquierda místicas, rechazan con ella al judío. No solo al judío. El pensamiento conservador español de esta época genera dos variantes del antisemitismo con los mismos argumentos: el antiamericanismo que aparece sobre todo en torno a la guerra de 1898 y el anticatalanismo, que compara a catalanes y judíos y los rechaza como expresiones de una modernidad mercantil. Este antisemitismo atribuye al judío un plan para el dominio universal. Existiría un complot judío, una conjura sionista, a partir del control del dinero, la cultura y los medios de comunicación. La idea se recoge en un panfleto, los Protocolos de los Sabios de Sión, de gran influencia en Hitler, muy divulgado en la España de los años 30 y best seller hoy en muchos países islámicos.

ESTE VIEJO antisemitismo queda modificado por el impacto emocional del Holocausto. Proclamarse antisemita después de Auschwitz es cargar sobre las propias espaldas seis millones de asesinatos. Una parte del viejo antisemitismo perdura, y oímos hablar de la conspiración judeo-masónica (en una España franquista que, lógicamente, no reconocía a Israel). Pero la mayor parte de los viejos arquetipos se reciclan. El virus antisemita muta. Los tópicos contra la modernidad, contra el occidentalismo, los mitos sobre la conspiración y la conjura, se trasladan a Israel. El rechazo a lo judío se transforma en rechazo a lo israelí. El antisemitismo se trueca en antisionismo, pero con los mismos arquetipos: el complot, el control del dinero y la propaganda, el rechazo de los valores occidentales. La vergüenza por Auschwitz necesita dos cosas. Disfrazar el viejo antisemitismo con un nombre nuevo y relativizar tanto como pueda el impacto emocional del Holocausto, negándolo, empequeñeciéndolo o banalizándolo. Los viejos arquetipos sobre lo judío persisten. Los rechazos también. Antes se aplicaban sobre el mundo judío. Ahora, sobre el estado judío.
No todos los que critican a Israel lo hacen desde el antisemitismo. Pero en el rechazo frontal a Israel participa la mutación del viejo virus antisemita, la persistencia del arquetipo negativo del judío, del viejo mito del complot. Busquen en algunas de las críticas recientes a Israel y verán como el lenguaje y los argumentos transparentan los antiguos prejuicios. Pero, sobre todo, observen el plus de rechazo que obtiene Israel. Si se midiese por las manifestaciones convocadas en contra y las condenas indignadas, resultaría que Israel es el país del mundo que comete mayor número de barbaridades, que más derechos humanos pisotea, que amenaza más la paz-

¿CREE ALGUIEN de verdad que Israel ocupa este primer lugar en el ránking universal de la maldad? ¿Cree alguien incluso que ocupa el primer lugar limitando el juicio a la zona del Oriente Próximo? Si alguien lo cree, por favor, que revise las actuaciones de unas cuantas dictaduras sangrientas, en la zona y en el mundo. Y si no, ¿a qué puede atribuirse este plus de hostilidad?
Estoy convencido de la pervivencia de los arquetipos antisemitas, que creíamos superados, pero que en buena parte han cambiado de nombre. Unos prejuicios que a veces resultan invisibles para sus propios portadores. Como el personaje de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, hay entre nosotros antisemitas -como hay entre nosotros portadores de otras formas de racismo- que no saben que lo son. No todos lo que critican a Israel lo son. Todos los que lo son critican a Israel.