Sí, falta España

Por Gustavo de Arístegui, diplomático y portavoz de Exteriores del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso (EL MUNDO, 24/10/08):

Otra vez una polémica en torno a la política exterior y a la presencia de nuestro país en el mundo. Otra vez España excluída de los foros internacionales más importantes, en un momento especialmente delicado para la economía mundial como consecuencia de la crisis financiera. Hay que plantearse por qué no estamos, quiénes son los perjudicados, a quién hay que pedir responsabilidades y las posibles consecuencias para el país de este nuevo tropiezo.

España es indudablemente la octava potencia económica del mundo. Es un actor con intereses y alcance global, con sólidas empresas devenidas recientemente en activas y expansivas multinacionales, y que tiene en algunos sectores empresas situadas entre las 10 primeras del mundo. Este es un esfuerzo colectivo de todos los españoles: poderes públicos, sociedad civil, empresarios y trabajadores. España pasó en muy poco tiempo de ser receptor de fondos de ayuda al desarrollo a tener bastante más de un billón de euros de PIB anual. Tiene, además, una lengua universal y sólidos lazos de influencia en Latinoamérica y en el Mediterráneo, y nuestras empresas y sociedad civil tienen una creciente presencia en otras regiones y mercados emergentes. Por todo ello, no se explica bajo ninguna circunstancia la ausencia de un país como España en la Cumbre del G-20. No se entiende, bajo ningún concepto, que la reforma del G-8 propuesta por algún dirigente europeo para convertirlo en G-13 no incluya tampoco a España.

Cabe preguntarse quién ha sido excluído, si España o el Gobierno socialista. Pero tienen que tener en cuenta quienes han excluido al Gobierno de la Cumbre del G-20 del próximo día 15 de noviembre que no están actuando contra el Ejecutivo español, que no están marginando a José Luis Rodríguez Zapatero, sino que han dejado de lado a un país extraordinariamente relevante en la escena internacional a pesar del machacón discurso de la «potencia media» del PSOE en estos últimos años, siempre temeroso y pretendiendo esconder una política Exterior de la mediocridad tras una aparente modestia. De esos polvos vienen estos lodos. Cuando no paramos de decir al mundo que somos una potencia media, el mundo nos acaba colocando en el punto medio, lo que tiene como evidente consecuencia el que nos hayamos quedado fuera del corte, como se dice en golf.

Hay que agradecer y aplaudir el gesto del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de abogar por España; y hay que decirle a Zapatero que debe entender que es por España y no por su Gobierno. Resulta verdaderamente sorprendente que todavía a estas alturas pretendan vendernos la moto de que las grandes medidas adoptadas por el primer ministro británico, Gordon Brown, tan aplaudidas por los mercados, fueron inspiradas en no poca medida por el presidente del Gobierno español. Tendremos que empezar a hacer seriamente un análisis de por qué nuestro país lleva cinco años desaparecido de los centros de decisión más importantes y de las cumbres más relevantes del mundo.

Hemos pasado de estar en el núcleo duro de la toma de decisiones de la Unión Europea a ser rara vez invitados. Hemos pasado de ser candidatos al G-8 a no entrar ni en el G-13, y para colmo de males no entramos ya ni en el G-20. Pero al margen del grave error que supone por parte de la actual Administración estadounidense excluir a España, el Gobierno de Zapatero no puede escudarse en este error para esconder sus propios fracasos y graves yerros. Ya sabemos, pues, que culpa hay compartida, y no podemos tampoco pasar por alto que la ausencia de España es un acto profundamente injusto con un país dinámico y con creciente influencia, gracias a pasadas políticas exteriores y, sobre todo, al esfuerzo colectivo de todos nuestros ciudadanos.

¿A quién hay que pedir responsabilidades? Que se sepa que desde las filas del Partido Popular no vamos a disculpar este injusto gesto del Gobierno estadounidense, pero que sepa también el de España que tampoco vamos a pasar por alto sus graves equivocaciones en política exterior, que empiezan a convertirse en un interminable rosario de graves consecuencias, muchas de las cuales aún no han asomado la cara.

Resulta rocambolesco que, una vez más, como ya ocurriera en la cena de la Cumbre del Milenio en Nueva York, Zapatero intente entrar en esos foros siendo fiel a su ya conocida filosofía política general, y de política exterior en particular, de como sea. En aquel caso, esgrimiendo los más de 500 millones de euros contribuidos por España al Plan de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); hace unos días a través de no se sabe qué mecanismo del mundo árabe; y ahora con el viaje sorpresa de Zapatero a la Cumbre Europa-Asia en China, aunque no formemos parte ni tan siquiera de la troika presidencial de la Unión Europea.

En La Moncloa alguien tiene que hacer examen de conciencia y darse cuenta de que, por profundas que sean las discrepancias con algunos líderes políticos mundiales, por grave y manifiesta que sea la incompatibilidad entre Zapatero y Bush, nada de esto puede explicar la falta de relevancia internacional que pone de manifiesto nuestra exclusión de la Cumbre del G-20 -y cabría hacer una reflexión no muy distinta en el asunto de la reforma del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, de su nueva estructura y funcionamiento, así como de quiénes deben ser miembros permanentes o semipermanentes, o la reforma del derecho de veto-.

No voy a poner en cuestión los méritos, las razones y el peso de ciertos países para haber sido llamados a esta trascendental Cumbre que analizará la imprescindible reforma del sistema financiero internacional y la consolidación de un sistema de economía de mercado más justo y solidario, sin poner en cuestión el capitalismo. La presencia de grandes potencias emergentes como China o la India, de líderes regionales como Argentina, Turquía o Indonesia, o de economías pujantes como Corea, tiene, sin duda, todo el sentido. Lo que no lo tiene, se mire como se mire, es que, estando estos países, España, que tiene más PIB que casi todos ellos, y más renta per cápita que todos ellos y, por lo menos, tanta influencia mundial -o al menos la tenía- como el que más de entre ellos, no haya sido llamado a este convite.

La conclusión no puede ser más alarmante. La soledad del presidente del Gobierno de España en la Cumbre de Bucarest, así como todos los demás tristes episodios mencionados en este y tantos otros artículos en estas mismas páginas, nos ponen de manifiesto un grave déficit de nuestra política exterior que debe ser corregido de inmediato, y desde el consenso y el entendimiento con el principal partido de la oposición. No basta presentar en el Congreso buenas intenciones en forma de Decálogo de Política Exterior, hay que rectificar el rumbo en tantos ámbitos donde lo teníamos perdido.

El Gobierno tiene que corregir urgentemente graves errores que ya empiezan a tener serias consecuencias para nuestro país y para no pocos de los países en los que esos errores se han cometido. Es preciso tener una estrategia, unos objetivos claros y saber qué queremos hacer en el mundo, qué papel queremos jugar, cuáles son nuestros ejes geopolíticos y geoestratégicos esenciales, quiénes van a ser nuestros aliados y socios preferenciales y qué medios estamos dispuestos a poner los españoles para que España tenga el lugar que merece en el mundo.

En un mundo globalizado, incierto y convulso, con riesgos, retos, amenazas y terremotos de todo orden a la vuelta de la esquina, es preciso consolidar y apostar seriamente por una fuerte e intensa presencia exterior de España. Esto más aún si cabe, teniendo en cuenta que el nuestro es el país del mundo con el mayor déficit comercial en términos relativos, y el segundo en términos absolutos, sólo por detrás de los Estados Unidos de América. En estos momentos de crisis financiera han de saber todos los españoles que de nuestros bolsillos salen todos los años más de 100.000 millones de euros para pagar ese déficit comercial. Los errores de planteamiento y estratégicos tienen graves consecuencias políticas, geopolíticas, geoestratégicas y también económicas. Y, como siempre, seremos los ciudadanos los que las pagaremos.