¿Si Gibraltar fuera español?

La emoción suscitada en los últimos días por las reacciones en el Reino Unido y en España sobre el estatus y el futuro de Gibraltar fuera de la UE, me ha sorprendido enormemente. En Oxford hice mi tesis doctoral sobre la Guerra de Sucesión Española y estudié las circunstancias del Tratado de Utrecht, así que sé un poco de los antecedentes históricos. También he estado (hace algún tiempo) en el Peñón, y he caminado por toda la ciudad, hablado con ciudadanos y autoridades. Y he consultado las opiniones de los residentes y de los españoles que trabajan allí. A juzgar por lo que he visto en la prensa, muchos de los que se apresuran a expresar sus opiniones no han estudiado la historia del lugar ni han estado en él.

Gibraltar, evidentemente, es británico, y lo ha sido durante 300 años. En varios referéndum, desde 1967 hasta hoy, los residentes han votado con resultados de entre el 95 y el 98% a favor de seguir siendo británicos. Todo empezó aquel 6 de agosto de 1704, cuando las tropas de Inglaterra y de Alemania ocuparon el Peñón, aunque fueron los ingleses quienes se apoderaron del lugar. En aquella época se trataba de un pequeño territorio sin importancia alguna, pero los ingleses perdieron 1.500 hombres defendiéndolo en los siguientes meses contra las fuerzas franco-españolas, y en consecuencia no estaban dispuestos a cederlo. Una guarnición de 2.000 ingleses, 400 holandeses y 70 catalanes resistieron, durante ocho meses, el asedio de un ejército franco-español de 18.000 hombres. El apoyo de la marina inglesa hizo imposible que los franceses pudieran atacar por mar. El éxito de la defensa de Gibraltar habría de tener importantes consecuencias. La localidad carecía de valor comercial o estratégico, y la intención inicial era conquistarla sólo como plataforma desde la cual montar una invasión. Ahora, de repente, el dramático asedio la engrandecía a los ojos de los ingleses. Gibraltar se convertía en un símbolo de victoria que ningún Gobierno inglés querría abandonar.

Sin embargo, curiosamente, después de ganar Gibraltar a través del Tratado de Utrecht en 1713, los ingleses se dieron cuenta enseguida de que era de poca importancia. No obtuvieron ningún beneficio de ello. La posesión de Menorca fue de mayor utilidad, ya que les permitió tener acceso a todos los puertos del Mediterráneo occidental. Tanto el conde de Stanhope (antes general y ahora secretario de asuntos exteriores de Gran Bretaña) como el rey Jorge I deseaban devolver Gibraltar, que resultaba a su parecer cara de mantener y de escasa importancia estratégica comparada con Menorca. En julio de 1720, Stanhope envió a su Gobierno una propuesta para que se devolviera Gibraltar a España. La gestión contaba con el respaldo de Jorge I, quien el 12 de junio escribió a Felipe V una famosa carta en la cual le prometía mediar para la devolución del Peñón. El duque de Newcastle fue el otro ministro principal británico que, de manera privada, también apoyaba la gestión. Sin embargo, la mayoría en el Parlamento se mostró reacia a la devolución de la plaza, y el asunto no se llevó adelante.

El Peñón quedaba, inevitablemente, en la agenda diplomática. En octubre de 1727, durante una audiencia al embajador francés, el rey Felipe V y su esposa, la reina Isabel de Farnesio, sacaron a colación el tema de Gibraltar. Mientras el monarca hablaba animadamente de ello, Isabel se dirigió a su escritorio y de un cajón sacó el original de la famosa carta de Jorge I de Inglaterra en la que prometía devolver Gibraltar tan pronto como fuera posible. “Ayudadnos a recuperar lo que los ingleses nos han arrebatado”, le dijo la reina al embajador. “¿Con qué derecho vienen a nuestras costas y bloquean nuestros puertos?”.

Con los siglos, Gibraltar, de ser un pequeño, aislado e insignificante lugar con un puñado de familias británicas, pasó a convertirse en una exitosa comunidad con su principal actividad centrada en la base naval. Desarrolló su propia personalidad y civilización con independencia de británicos y españoles. Era un pueblo sin riquezas, sin tierra, sin agricultura y con una economía puramente de subsistencia. A pesar de todo, para los británicos se convirtió en un símbolo.

Pero, ¿qué habría pasado si el Reino Unido hubiera devuelto Gibraltar a España en 1720? Que habría continuado como antes, sin los cambios introducidos por los británicos. El Tratado de Utrecht (artículo 10) excluía a los judíos y musulmanes del Peñón, pero los británicos optaron por ignorar la discriminación. Expulsados del territorio español en 1492, los judíos empezaron a regresar por primera vez algunos años después de que los británicos tomaran Gibraltar, convirtiéndose en una parte destacada y próspera de la comunidad. Ahora cuentan, si no me equivoco, con cuatro sinagogas en la ciudad. Si ésta hubiera permanecido española, todos los judíos hubieran sido expulsados de nuevo en 1720. Gibraltar español hoy sería una buena ciudad cristiana.

También sería un lugar con un carácter cultural y un idioma totalmente diferentes. Es la población nativa, los llanitos, quien más defiende la permanencia británica. Los originarios del Reino Unido son una pequeña minoría, alrededor de una décima parte de la población gibraltareña. En cambio, más de 4.000 trabajadores españoles cruzan a diario la frontera para trabajar en la Roca. Todo el mundo habla inglés y español, quizá el único rincón del mundo donde las dos lenguas son parejas. Si Gibraltar hubiera vuelto a España en 1720, hoy sería una ciudad de habla castellana exclusivamente, con el inglés hablado sólo para los turistas.

Sobre todo, sería en esencia aún una pequeña ciudad, al igual que las otras en la costa, donde sólo el turismo ha creado la expansión. Los británicos lograron convertir el antiguo pueblo en un centro floreciente porque Gibraltar se convirtió en una base naval, y construyó un activo centro de servicios para el personal militar. Cuando el centro naval comenzó a declinar, el énfasis se dirigió hacia la actividad financiera, el único recurso posible en un pueblo sin industria ni agricultura. En cambio, un Gibraltar español en el siglo XVIII nunca se habría convertido en un centro naval, y aún menos en un centro financiero. Sería hoy, muy orgullosamente, parte de España, pero de una España que, como todo lo demás de la costa sur, ha debido su crecimiento económico exclusivamente a la afluencia de extranjeros.

Los siglos han pasado y los tiempos han cambiado. Y ni siquiera Gibraltar puede evitar el cambio. La población original de llanitos se está encogiendo, un cambio que afecta la identidad de la Roca. Pero no es posible avanzar si las viejas mentalidades persisten entre los políticos de ambos lados, algunos británicos con sus actitudes imperialistas, algunos españoles con su visión distorsionada de la Roca como una colonia explotada. El hostigamiento periódico de la policía española en la frontera de Gibraltar -soy un testigo ocular- continúa manteniendo a la población hostil a cualquier acuerdo con España.

La noción de soberanía compartida ha sido discutida durante décadas y parece inaceptable. Muy a menudo, los territorios disputados han sido desgraciadamente entregados en contra de los deseos de sus habitantes, como en los casos de Goa y Hong Kong. Puesto que la primera ministra Theresa May ha decidido abandonar Europa, y con ella Gibraltar, ¿es realmente tan poco realista devolver el Peñón a España, con garantías sólidas para la población y su excepcional economía? ¿Quién sabe? Sería un preludio también a la devolución de otros pueblos en el sur de Europa a sus dueños legítimos.

Henry Kamen es historiador británico;acaba de publicar Carlos emperador. Vida del rey césar (La Esfera de los Libros).

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