Sí, hoy cantaremos otra vez esa balada

Las hilanderas de la fábrica textil del pueblecito de pescadores noruegos cantan a la rutina de su resignación e ineficiencia. La jefa del taller les insta a esmerarse haciendo lo de siempre: «¡Hilad! ¡Hilad! ¡Hilad! ¡Aplicaos, muchachas! ¡Buena rueca, zumba y suena!».

Todas siguen su consigna menos la soñadora Senta, que permanece ensimismada contemplando el retrato de «un hombre pálido» con un barco agitado por la tempestad detrás. «¡Siempre ante el cuadro!», le reprocha la jefa. «¿Quieres pasarte tu joven vida soñando frente a este retrato?». Senta le devuelve la pelota: «¿Por qué me diste noticias suyas, por qué me contaste su historia?».

Pronto ella misma canta la balada del Holandés errante, ese capitán blasfemo condenado a vagar por los mares durante toda la eternidad o hasta que consiga que una mujer le sea de por vida fiel: «¡Yohohohé! ¡Yohohohé!… Cómo brama el viento… Cómo silba entre las jarcias…». Al margen de la irónica misoginia que Wagner deslizó en su disyuntiva al sugerir que la infidelidad femenina trascenderá al fin de los siglos, es en este segundo acto de su ópera donde plantea la esperanza en el porvenir y el valor del idealismo como palanca para cambiar el mundo.

Senta sueña con redimir por el amor al capitán maldito y dotar a su vida de nuevos horizontes. El momento clave en que se explicita su conflicto con el conformismo de cuantos la rodean llega cuando su prometido Eric le reprocha que se haya dejado arrastrar de nuevo por su fantasía: «¡Hoy has vuelto a cantar esa balada!». Le afea, pues, su reincidencia, su recaída en el error, su disposición a tropezar mil veces en la misma piedra, su contumacia en creer en el milagro de la primavera cuando les envuelven las brumas de la noche perpetua. Es, como escribió Enrique Gavilán hace unos meses para el programa del Real, «la imagen de un permanente retorno que disuelve el tiempo lineal».

Comprendo que aún más difícil pueda parecer preservar la fe en la democracia y en el poder transformador de la política legitimada por las urnas, teniendo en cuenta las circunstancias que determinan hoy la realidad de España. Todo parece concurrir para alimentar la desconfianza o el cinismo hacia nuestro modo de gobierno: si miramos hacia su interior percibimos la endogamia y esclerosis que facilitan la corrupción; si nos asomamos al exterior vemos instituciones supranacionales, gobiernos extranjeros y poderes fácticos que condicionan nuestras vidas y escapan no ya a nuestro control sino a nuestra mera capacidad de influencia.

Son tantos los argumentos que avalarían el desentendimiento de quien se encoge de hombros, se da la vuelta y se aleja de la escena e incluso la beligerancia activa y radical de quien formula una enmienda a la totalidad contra el sistema, que habría que catalogar en el rango de lo prodigioso que más de 20 millones de españoles tengan ya decidido desplazarse a lo largo del día de hoy a unas dependencias más bien lóbregas para introducir dos volantes ensobrados en la rendija de unos recipientes de plástico.

En la antigua leyenda nórdica a la que Wagner dio forma musical, la oportunidad de volver a puerto se le presentaba al Holandés errante cada siete años. Nuestra Constitución prevé legislaturas de cuatro años pero la fuerza de la costumbre asocia ya, aquí y en los países regidos por normas similares, la duración de los proyectos políticos a los dos mandatos: el primero alienta el entusiasmo con que siempre es recibido un triunfador, el segundo nutre la decepción fruto de sus fracasos. Todos los presidentes de nuestra democracia, excluido el efímero Calvo-Sotelo, ganaron al menos dos veces en las urnas. En esta ocasión la irrupción, auge, gloria, estancamiento, hundimiento y ocaso del ciclo liderado por Zapatero ha coincidido con el septenato del mito wagneriano.

Después de la caída de González, envuelto en la infamia del crimen de Estado y la corrupción, y después del trauma que supuso el 11-M y la marcha de Aznar entre injustas acusaciones de mentiroso y asesino, parecía imposible que un gobernante pudiera terminar peor su mandato democrático. Sin embargo, este jueves negro en el que la prima de riesgo superó los 500 puntos y el Tesoro tuvo que pagar un interés inasumible para colocar nuestros bonos a 10 años se hizo patente la magnitud del desastre que lega Zapatero. Sólo faltaba la irrupción en las ondas de la inefable Calamity Helen protestando por que se dijera que habíamos pagado un 7% cuando en realidad sólo había sido un 6,97% -«psicológicamente es importante»- para que la hechura de la tragicomedia quedara debidamente niquelada.

Si hemos llegado a esta situación que en la práctica supone que nadie quiere prestarnos dinero porque hay serias dudas de que estemos en condiciones de poder devolverlo, la culpa no es ni de los errores de diseño de la Unión Monetaria, ni de los mercados, ni de las agencias de rating, ni de las vacilaciones de la señora Merkel y el Banco Central Europeo. «La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos».

En mi intervención del propio jueves por la tarde ante varios centenares de ex alumnos de CUNEF bajo el lema Para que no naufrague la democracia exhibí tres gráficos muy sencillos que me pasó hace unos días el sabio económico de nuestro Consejo Editorial Manolo Lagares. El primero muestra cómo el gasto público subió entre 2007 y 2010 del 38% al 47% del PIB; el segundo, cómo los ingresos del Estado cayeron en el mismo periodo del 42% al 35%; y el tercero, cómo se abrió una inaudita brecha con forma de panza de burro que llegó a bordear el 12% de déficit cuando en mayo del año pasado la Unión Europea dijo «¡basta!» a Zapatero.

Ahí están el abrir y cerrar de zanjas del Plan E, los 400 euros de devolución fiscal, el cheque-bebé, los 13.000 millones adicionales entregados a las autonomías para estimular sus dispendios o la fantasiosa Ley de Dependencia que en algunos lugares ha creado un segundo PER. Y ahí está por consiguiente la emisión de deuda pública a una velocidad e intensidad sin precedentes, la desviación hacia el Tesoro de los escasos recursos financieros disponibles, el ahogo del crédito al sector privado, la parálisis del consumo, el estancamiento económico y el ajuste de un mercado laboral bloqueado por la estulticia sindical, no a través de los salarios como hubiera sido lógico, sino a través del empleo.

¿Quién le va a prestar a un país con cinco millones de parados que destina ya más del 5% del PIB a la cobertura del desempleo y al propio servicio de la deuda y se ha mostrado incapaz de insuflar confianza vía estímulos fiscales a la economía productiva? ¿Quién le va a prestar a un gobierno que yerra hasta un 40% en sus modestas previsiones de crecimiento y lleva semanas aplazando pagos y guardando facturas en los cajones para maquillar una desviación en el cumplimiento del objetivo de déficit que en todo caso superará el 20% de lo prometido?

Éste es el círculo vicioso que ha disparado la prima de riesgo hasta los 525 puntos. Todo es bastante más sencillo de lo que a veces parecemos empeñarnos en creer. El diagnóstico político se resume en el certero título del libro de Santiago González: Lágrimas socialdemócratas. Hemos sido víctimas de la política del gimoteo autocompasivo que con el pretexto de la defensa del «Estado del Bienestar», con todos sus latiguillos demagógicos y falazmente solidarios, ha antepuesto el bienestar del Estado, es decir de la clase política clientelar y endogámica que lo ocupa, al de los ciudadanos que lo componen.

En esto ha desembocado la «salida social» de la crisis que un tozudo, mal preparado y peor rodeado Zapatero se empeñó en ensayar durante dos años fatídicos, tildándonos de «nostálgicos» a quienes -su propio ministro de Industria incluido- propugnábamos una reedición de los acuerdos de La Moncloa, contando con un calendario despejado de citas electorales y la propia personalidad pactista del jefe de la oposición.

¿Cómo es posible que el «presidente del talante» ni siquiera intentara construir el consenso reformista que a esas alturas del partido habría salvado a España de la debacle? Pues porque los hechos han demostrado que aunque el PSOE se vista de seda -y hay que reconocer que lo hizo, que su túnica resultó muy agradable al tacto-, PSOE se queda. Lo que Zapatero presentó como el nacimiento cargado de ilusiones de una nueva izquierda no ha resultado ser sino un maquillaje bastante superficial de la vieja. Tanto las revelaciones sobre la pauta de conducta, a horcajadas entre lo cutre y lo delictivo, del aún ministro portavoz y número dos del partido como el tono de la hosca campaña de Rubalcaba y sus patéticos muertos vivientes, prueban que la izquierda española necesita de una refundación en toda regla.

Basta contrastar la evolución de los mercados durante estos días con las propuestas del candidato socialista, básicamente consistentes en que sean otros los que paguen nuestras deudas, para darse cuenta de lo nefasto que sería para España que Rubalcaba fuera capaz de quedarse con Ferraz tras fracasar su asalto a La Moncloa. Eso supondría que tendríamos un líder de la oposición intelectual y anímicamente mucho más cerca de los indignados que anhelan cambiar las reglas del juego mediante la presión de la calle, que de una izquierda parlamentaria a la alemana. Y cuanto más la observo más se empequeñece también, por cierto, la figura de una Carme Chacón encerrada en el rinconcito de su hiperdependencia del nacionalismo catalán.

Comprendo que el placer de ver morder el polvo a quienes tanto daño han causado a España sea uno de los pocos homenajes que puedan darse hoy muchos ciudadanos. Pero el ejercicio de la democracia no es sólo un ajuste de cuentas sino también y sobre todo la formulación de un nuevo encargo a plazo fijo que implica apostar por que el Gobierno entrante lo hará mejor que el saliente y dejará por lo tanto una herencia mejor que la que recibe.

Por segunda vez en una generación, un encantador flautista de Hamelín de pies ligeros va a ser sustituido hoy por un contable sensato y responsable. Aunque todo indica que será bastante más amplia que la del 96, Rajoy también vivirá esta noche una «amarga victoria» o al menos una victoria acibarada por la responsabilidad de hacerse cargo del Gobierno en el epicentro de una crisis mucho más grave que la de entonces. Ese precedente va a ser sin embargo un estímulo tanto para él como para sus votantes: los problemas que crea o agrava la política se pueden resolver o al menos atenuar desde la política.

Rajoy tiene sus defectos pero es un hombre de una pieza. Y si no engañará a los ciudadanos es porque él mismo tampoco se va a llevar a engaño. Le ha tocado empuñar el timón cuando el barco está para el desguace y navega al filo mismo de los acantilados. Si no hubiera hoy elecciones, el Gobierno de Zapatero habría sido sustituido ya por un equipo de gestión como en Grecia o en Italia, una fórmula que sólo puede ser provisional en la medida en que debilita la legitimación popular de quien manda y coloca a la democracia al borde mismo del naufragio.

Estoy seguro de que Rajoy empezará mañana mismo a tomar decisiones y de que Zapatero se prestará lealmente a implementarlas durante el periodo legal de traspaso de poderes. No me cabe duda de que el líder del PP se va a entregar en cuerpo y alma a la tarea, de que gobernará desgastándose, «como Dios manda», y de que tendrá un equipo mucho más competente que el actual. Creo firmemente que con suerte saldremos deprisa de la crisis y que sin ella tan sólo tardaremos un poco más. Estoy convencido en suma de que terminaremos esta década mucho mejor de como la empezamos… Sí, ya sé, queridos escépticos con los pies en el suelo, que como Senta estoy cantando otra vez «esa balada». Me pasa desde el 77. Es la «balada» del Gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo. La prefiero a cualquier otra. Hoy es el momento de entonarla. «¡Cómo brama el viento… cómo silba entre las jarcias!».

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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