Si la ONU no existiera, habría que inventarla

Decía Churchill que era siempre mejor «hablar y hablar que disparar y disparar». Se refería con ello a los relativos méritos que concedía a las entonces recién creadas Naciones Unidas y a otras instituciones internacionales de la familia. Mi buen y admirado amigo y colega, el embajador Inocencio Arias, piensa por el contrario que la ONU es un «cachondeo», castiza expresión a la que da amplio recorrido en un artículo recientemente publicado en estas páginas y en el que procede a una cuasi total y radical desautorización del organismo internacional. Para ello fundamentalmente se basa en un dato suficientemente conocido: el derecho de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad –Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido– les autoriza a campar ampliamente por sus respetos en temas que estiman afectan directamente a sus intereses nacionales. Y ello en gran parte es cierto. Como cierto es que ese núcleo de poder ya lleva tiempo sometido a la reflexión de todos aquellos que con razón estiman necesaria su revisión y eventual ampliación. Y desde luego es evidente que el mundo en general no es exactamente el reflejo de las bondades y exigencias que en 1945 quedaron incluidas en la Carta fundacional de las Naciones Unidas.

Como también es cierto que en una evaluación elemental del tema se podría perfectamente deducir lo contrario: que sin las Naciones Unidas el mundo sería todavía más imperfecto de lo que en la actualidad conocemos. Y en esa evaluación conviene evitar una fácil tentación: la de confundir la parte con el todo y cargar genéricamente contra la ONU lo que en realidad son comportamientos indebidos de algunos de sus miembros. Sabe perfectamente el embajador Arias, porque ha tenido ocasión de contemplarlo en primera fila del patio de butacas, lo incómodo que resulta a veces para los grandes de este mundo el tener que soportar en las sesiones del Consejo de Seguridad cómo el resto de sus miembros aprovechan las ocasiones que así lo demandan para poner de relieve lo rechazable de las conductas de aquellos que contravienen los preceptos de la Carta. No lo es todo, evidentemente, pero aunque solo fuera por ello, el valor de los que los anglosajones llaman el «naming and shaming» –nombrar y avergonzar al responsable– tiene una eficacia que, por limitada que resulte, aporta un significativo grado de presión en la seguridad internacional.

Ningún esquema similar existía antes de 1914 con la posibilidad y la capacidad de criticar la locura austro-teutónica que llevaría a la I Guerra Mundial. Y la Sociedad de las Naciones nunca dejó de representar un intento cojo para limitar las voluntades agresivas de italianos, alemanes, japoneses y rusos. Todos los cuales habían tomado antes de comenzar sus criminales aventuras la medida de abandonar el cotarro. Al que nunca llegaron a pertenecer los Estados Unidos.

Hoy, si las cuentas son exactas, son 193 los miembros de las Naciones Unidas y ninguno de ellos, contento o descontento, tiene la más mínima voluntad de abandonarlas. El sistema de seguridad colectiva que la organización encarna no ha impedido graves y veces sangrientas derivaciones, pero al menos el mundo lleva setenta años sin conocer una conflagración universal. Es un imprescindible sistema moral y político de referencia, y bastaría leer con cuidado la Carta fundacional para comprenderlo. Sin necesidad de enumerar las incontables áreas de la actividad humana en donde la ONU ha jugado y sigue jugando un papel de primer orden y en la práctica insustituible: mantenimiento de la paz, ayuda humanitaria, desarrollo, medio ambiente, desarme, lucha contra el terrorismo… Y ya que en ello estamos, ahora que del evento se cumplen los setenta años, la proclamación en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que seguida por la Convenciones sobre los derechos civiles y políticos y de, otro lado, por los económicos y sociales, compone un friso avanzado y ejemplar. Eso, y tantas otras cosas, no hubieran sido posibles sin la existencia de las Naciones Unidas.

Abjurar de las Naciones Unidas en los términos radicales que el embajador Arias utiliza equivale a una profesión de fe que estoy seguro no corresponde con su pensamiento: la de los neopopulistas de especie varia que aborrecen los compromisos internacionales en aras de una reclamación nacionalista y tribal. No hace falta que mencione los nombres de los responsables ayer y hoy predicadores de esa dudosa y reaccionaria escuela.

No es este un mundo perfecto. Y su reflejo, las Naciones Unidas, el modelo más próximo que ha tenido la humanidad a lo que podríamos considerar un Estado de Derecho universal, tampoco lo es. Pero con todo, y en aras tanto de las reclamaciones del realismo como las del idealismo, conviene no equivocarse: si las Naciones Unidas no existieran, habría que inventarlas.

Javier Rupérez es embajador de España y fue secretario general adjunto de Naciones Unidas entre 2004 y 2007.

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