Sí, pero Batman no debió matar al Joker

Desde que una mañana de agosto de 1864 Lincoln se dejó llevar por su endémica melancolía y escribió que «es sumamente improbable que esta Administración sea reelegida», el fantasma de convertirse en presidente de un solo mandato ha desazonado a cada inquilino de la Casa Blanca. Lincoln guardó su escrito en un sobre lacrado y, sin llegar a enseñárselo, pidió a los siete miembros de su gabinete que lo firmaran por fuera. No era un juego de niños pues el texto reconocía que «la Unión» -ese activo de los norteamericanos que Obama antepuso en la madrugada del miércoles a todo lo demás- no podría ser ya preservada sino «entre el día de la elección y el de la inauguración».

Por dramático que pareciera, tal pronóstico tenía fundamento. El candidato demócrata era el general McClellan, a quien el republicano Lincoln había destituido como jefe del Ejército del Potomac tras afearle que ni siquiera hacía nada que pudiera «cansar a sus caballos». McClellan había elegido como candidato a vicepresidente a un tal Pendleton, distinguido miembro del grupo de los denominados «copperheads» -serpientes cobra para sus adversarios-, partidarios de una paz inmediata que aceptara la secesión del Sur y bloqueara la emancipación de los esclavos que tenía entre manos Lincoln.

McClellan era el tipo de político que necesitaba enfrente el líder de la Confederación Jefferson Davis quien en vísperas de la elección había dejado claro hasta dónde llegaba su desafío: «Estamos luchando por la independencia y lo seguiremos haciendo hasta que haya caído el último hombre de esta generación». Lincoln seguía dispuesto, en cambio, a impedir la secesión con una determinación equivalente: «Quiero que la gente tenga claro que mi reelección supondrá que aplastaré la rebelión con la fuerza de las armas».

Como tantas otras grandes encrucijadas aquella votación crucial también tenía su trastienda en forma de drama doméstico pues durante las semanas previas la esposa de Lincoln se echó a llorar ante su criada negra, explicándole que llevaba gastado en vestidos, abrigos y joyas mucho más de lo que podía imaginar el presidente: «¡Dios mío, si Abe es reelegido podré seguir ocultándoselo, pero si pierde le mandarán las facturas y se enterará de todo!».

No creo que Michelle Obama haya tenido esta vez el mismo problema -pese a que con su viaje a España acreditó maneras-, pero está claro que si aquel primer martes después del primer lunes de noviembre de 1864, que ese año cayó en 8, se hubieran cumplido los pesimistas pronósticos de Lincoln, ni ella ni su marido hubieran llegado siglo y medio después a la Casa Blanca. Bien porque sus ancestros habrían seguido siendo durante bastante más tiempo esclavos, bien porque ni siquiera habrían existido los Estados Unidos de América.

En el momento decisivo Lincoln no contó con el Huracán Sandy sino con el Huracán Sherman. La implacable ofensiva del general Tecumesh Sherman -nombrado así por la admiración de su padre hacia un gran jefe indio- desembocó el 1 de septiembre en la toma de Atlanta a sangre y fuego, colocando a los sudistas contra las cuerdas. Al acudir a las urnas los norteamericanos no sólo votaron por un comandante en jefe sino por un comandante en jefe con aura de victoria. Lincoln obtuvo algo más de dos millones de votos, superando en 400.000 a McClellan. Cuando poco después un muchacho comenzó a recitar los versos de Longfellow «Sail on, O ship of State!/ Sail on, O Union strong and great!» («¡Navega, oh nave del Estado! ¡Navega, oh Unión fuerte y grande!»), el presidente dejó rodar sus lágrimas.

Que la victoria de Obama haya requerido esta vez 60 millones de votos, mientras un muy consistente Romney cosechaba 57, es una buena referencia de cómo la práctica ininterrumpida de la democracia y la preservación de la unidad, costara lo que costara, ha hecho 30 veces más fuertes y grandes, y no sólo en términos demográficos, a los Estados Unidos. Pero esta reelección tiene además un gran valor cualitativo en la medida en que supone que el paso por la Casa Blanca del primer presidente negro de la Historia -encarnación máxima de la igualdad de oportunidades del sueño americano- será una experiencia plena y no el coitus interruptus de un incompetente hombre de buena voluntad al estilo de Jimmy Carter.

Al obtener su segundo mandato Obama se ha asegurado un eslabón propio en esa cadena legendaria de ejercicio del liderazgo en pro de la libertad que, a través de Lincoln conecta con los Padres Fundadores y que en el siglo XX -cuando los partidos Republicano y Demócrata intercambian grosso modo sus respectivos roles- transmite el legado de Roosevelt a Clinton mediante la «antorcha» que JFK tiende a las nuevas generaciones. Lo cual no significa, por supuesto, olvidar lo que Eisenhower y Reagan hicieron por evitar que un nuevo totalitarismo se consolidara en el mundo.

El paso de estos cuatro años ha probado cuán exageradas eran las expectativas de quienes como Simon Schama llegaron a afirmar que la irrupción de Obama en los caucus de Iowa en enero de 2008 suponía «el regreso de la democracia americana de entre los muertos» y cuán prematura fue la concesión del Nobel de la Paz a quien inevitablemente tendría que hacer la guerra. Pero en medio de una tremenda crisis económica el primer mandato de Obama tuvo la gran virtualidad de cerrar la brecha de incomprensión que el unilateralismo con que Bush gestionó la crisis de Irak había creado entre los Estados Unidos y las democracias europeas.

Este reencuentro basado en el reconocimiento de la legalidad internacional y los límites del ejercicio del poder, es para mí tan importante que no puedo dejar de criticar, sobre todo a la luz de la más reciente evidencia, la que ha sido una de las palancas más eficaces para la reelección de Obama. Me refiero al slogan acuñado por el vicepresidente Biden y repetido hasta la saciedad por los demócratas: «Bin Laden is dead, GM is alive». En primer lugar por su asimetría: antes de que llegara Obama la General Motors, aunque atravesara graves dificultades, también estaba viva. Pero sobre todo por su jactancia de lo que ya aparece con nitidez como una decisión política moralmente inaceptable.

Si hasta ahora no tenía una opinión rotunda al respecto, lo que ha terminado de abrirme los ojos es el relato de primera mano de uno de los miembros del comando de Navy SEALs que irrumpieron en la guarida de Bin Laden. Se llama Matt Bissonnette y acaba de publicar un libro con el título de No Easy Day y el seudónimo de Mark Owen. Según su testimonio fue el compañero que le precedía subiendo por la escalera del edificio de Abbottabad quien al llegar al tercer piso disparó contra la cabeza del líder de Al Qaeda. Bissonnette sostiene que el fin específico de la misión no era matar a Bin Laden pero tiene la honestidad de reconocer, en contra de la versión oficial, que ni el líder de Al Qaeda estaba armado ni siquiera tuvo lugar en ese edificio ningún tiroteo previo.

Además Bissonnette detalla su propia intervención: «Los disparos del hombre punta habían entrado por el lado derecho de la cabeza de Bin Laden. Había sangre y sesos desparramados junto a su cráneo. En sus estertores de muerte, él seguía retorciéndose y tenía convulsiones. Otro asaltante y yo apuntamos nuestros láser hacia su pecho y disparamos varias ráfagas. Las balas le perforaron, aplastando su cuerpo sobre el suelo hasta que dejó de moverse».

Teniendo en cuenta que, según su relato, Bissonnette tuvo poco antes en el punto de mira a una mujer que esgrimía un bulto y aguantó con sangre fría su gatillo hasta comprobar que no era ningún explosivo sino un bebé arrebujado, todo indica que el comando tenía la capacidad técnica de capturar vivo a Bin Laden y dispuso de una oportunidad clara de hacerlo. La decisión de matarlo estaba predeterminada por los protocolos de actuación y así lo corrobora un alto cargo del Pentágono al asegurar que «la única forma de que Bin Laden fuera capturado vivo es que apareciera desnudo con las manos en alto y agitando una bandera blanca». De ahí el pronóstico del Fiscal General Holder: «Se le leerán sus derechos a su cadáver». Por todo ello concluye Steve Coll en la crítica de No Easy Day, publicada en el último número de The New York Review of Books, que «Obama aprobó unas reglas de enfrentamiento que hacían prácticamente imposible la rendición de Bin Laden».

Ni siquiera en el momento de ser ametrallado moribundo e indefenso podemos olvidarnos de todo lo que Bin Laden hizo, pues sus rasgos de villano de opereta no atenúan el daño causado por sus actos monstruosos. Por muy pintoresca o hilarante que pueda resultar su máscara no hay margen alguno de simpatía para el Joker cuando es capaz de disparar en la columna vertebral a la hija del superintendente de policía de Gotham para dejarla paralítica y enviar luego a su padre sus fotos sangrando desnuda. Pero es precisamente porque se trata del más abyecto de los seres por lo que adquiere tanta trascendencia la recurrente decisión de Batman de capturarlo vivo y no matarlo. «¿Cuántas vidas más vamos a permitirle que arruine?», pregunta el superhéroe en un momento de duda. «Lo que yo no permitiré es que arruine la tuya», le replica el propio superintendente de policía.

En su fascinante ensayo Batman and Philosophy Mark D. White argumenta la superioridad de Batman sobre Superman en el hecho de que el protector de Gotham carece de poderes que le permitan volar o repeler las balas, debe compensar su fragilidad con dosis adicionales de valor y ha de encarar los mismos dilemas éticos que cualquier mortal. «¿Por qué Batman no mata nunca al Joker?», se pregunta en el primer capítulo. «Porque frente al utilitarismo de otros, pertenece a la escuela deontológica de que el fin nunca justifica los medios», responde.

La tesis de que un Bin Laden capturado vivo habría servido de estímulo a nuevos atentados de Al Qaeda es tan discutible como la de que su muerte le convierte en un mártir que debe ser vengado en cada aniversario. De lo que no cabe duda es de que su eliminación física resultó más cómoda y útil en el plano político de lo que lo hubiera sido su captura -como también es más fácil enviar aviones sin tripulación cargados de explosivos contra supuestos líderes terroristas que detenerlos-, pero la superioridad moral de los Estados Unidos y del modelo de civilización que abandera habrían quedado doblemente acreditados si Bin Laden hubiera sido conducido vivo ante un tribunal. Ya sabíamos que con Bush eso no sucedería, pues no en vano el jefe de operaciones de la CIA, le prometió «enviarle su cabeza en una caja llena de hielo», pero con Obama bien podíamos habernos hecho ilusiones de que todo, también eso, sería diferente. He ahí el error de confundir a los presidentes con los superhéroes en este mundo complejo en el que la deriva del relativismo parece no tener límites pues, como ha demostrado el auge y caída del general Petreus, se empieza autorizando asesinatos legales y se termina poniéndole los cuernos a tu esposa.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo

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