Sí, se puede

En una escena célebre de Casablanca, una de mis películas favoritas, un oficial nazi se empeña en averiguar las inclinaciones políticas de Rick (Humprey Bogart), un americano que se ha refugiado en Marruecos huyendo de un desengaño amoroso. «¿Le gustaría vernos en Londres?». «Pregúntemelo cuando lleguen allí». «¿Y en su adorada Nueva York?». «Allí hay barrios en los que yo no le aconsejaría entrar», concluye Bogart.

Con Gibraltar pasa un poco lo mismo; es difícil saber lo que va a suceder mañana, pero sí hay algunas cosas que podemos predecir. Sobre todo porque nuestras desgracias actuales vienen de antiguo y también porque ya sabemos los errores que debemos evitar o, dicho de otra manera, los barrios en los que no debemos entrar. El mayor error que España ha cometido fue renunciar a reivindicar la soberanía en el acuerdo de divorcio al comenzar las negociaciones. «Es un objetivo al que no renunciamos pero no es una cuestión que vayamos a plantear en el marco de esta negociación» (Alfonso Dastis, 19 marzo de 2018). Error en el que le siguió Borrell: «La negociación de Gibraltar no va de soberanía sino de temas prácticos» (18 de septiembre de 2018). Empezar una negociación renunciando a tu reclamación más importante es garantía de fracaso.

Sí, se puedeEl segundo error fue no sospechar que el Reino Unido iba a intentar colarnos un gol por la escuadra en el momento en que estuviésemos descuidados. El Consejo Europeo de 29 de abril de 2017 aprueba las orientaciones que definen el marco de las negociaciones del Acuerdo de retirada. Como todo el mundo ya sabe, establecen que «ningún acuerdo entre la Unión Europea y el Reino Unido podrá aplicarse al territorio de Gibraltar sin acuerdo entre España y el Reino Unido». Las cosas hasta aquí bien.

El Acuerdo definitivo de retirada del Reino Unido de la Unión incluye dos artículos que merecen atención. El artículo 3, que define su ámbito territorial, incluye a Gibraltar. Cosa lógica porque si lo que el Acuerdo pretende es que la salida de casa de los británicos sea ordenada, debe extenderse también a los territorios cuya representación asume Londres. Lo que no es de recibo es que el famoso artículo 184 no figuraba en el borrador circulado entre las delegaciones. El referido artículo establece que las dos partes (la Unión y el Reino Unido) «pondrán su mejor empeño, de buena fe y respetando plenamente sus respectivos ordenamientos jurídicos para (…) negociar los acuerdos que deben regir su relación futura». ¿Qué significa respetar los respectivos ordenamientos jurídicos? ¿Quiere decir que la Unión santifica la situación colonial de Gibraltar y que no piensa modificarla en el acuerdo que fije las relaciones de futuro? Ni media palabra sobre el papel de España en la cuestión de Gibraltar. Ni rastro de la directriz que el Consejo ha dado a los negociadores. El secretario de Estado de la Unión Europea habla de «nocturnidad y alevosía». Gol por la escuadra, llanto y crujir de dientes en las gradas gubernamentales.

El presidente Pedro Sánchez anuncia desde La Habana que vetará el Acuerdo si no garantiza que España debe dar consentimiento previo a cualquier acuerdo sobre Gibraltar. Bruselas emite una Declaración del Consejo y de la Comisión: «Una vez que el Reino Unido haya abandonado la Unión, Gibraltar no estará incluido en el ámbito de aplicación territorial de los acuerdos que se celebren entre la Unión y el Reino Unido. Ello no excluye (…) que se celebren acuerdos separados entre la Unión y el Reino Unido respecto de Gibraltar. (…) Dichos acuerdos separados requerirán un acuerdo previo del Reino de España».

Tim Barrow, representante del Reino Unido ante la Unión, remite una carta al secretario general del Consejo Europeo en la que le comunica que el artículo 184 del Acuerdo de retirada no predetermina que los acuerdos que establezcan las relaciones futuras entre el Reino Unido y la Unión «tengan el mismo ámbito territorial que el establecido en el artículo 3 del Acuerdo de retirada». Artículo que, como sabemos, dice que «cualquier referencia (…) al Reino Unido (…) se refiere a: (a) el Reino Unido; (b) Gibraltar; (…)». Redacción muy clara y muy precisa, pero que no tiene el mismo efecto vinculante que si se hubiese incluido en el Acuerdo. Como cualquier estudiante de Derecho sabe, una cosa es lo que se incluye en una escritura pública y otra muy distinta, las promesas en el pasillo. Por muy por escrito que estén.

Las declaraciones se suceden. El Gobierno solemnemente afirma que estas dos declaraciones colocan a España en la mejor situación que ha tenido nunca desde el Tratado de Utrecht. La oposición sostiene que es papel mojado. Ni una cosa ni la otra. Las declaraciones europea y británica son declaraciones auténticas en el sentido fijado por la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados (1969). Y, en este sentido, obligan de buena fe -y de acuerdo con el pacta sunt servanda– a las partes a no recurrir a una interpretación diferente. Subrayo: de buena fe. Y advierto: presumir buena fe en nuestros interlocutores británicos es como confiar al Papa Borgia una encíclica sobre la castidad.

No habían pasado ni 24 horas desde la declaración de Tim Barrow y ya había mandado otra al secretario general del Consejo aclarando que «el Gobierno de Su Majestad reitera que no tiene duda sobre la soberanía del Reino Unido sobre Gibraltar, incluyendo las aguas territoriales. Además, el Reino Unido, mantiene que (…) no entrará nunca en (…) un proceso de negociaciones sobre la soberanía a las que Gibraltar no dé su acuerdo». Más claro agua.

¿Se puede remontar un partido que hemos empezado perdiendo? Sí, se puede, siempre que los españoles estemos tan unidos como los británicos y nuestros negociadores sean tan firmes como ellos. Conviene empezar por precisar que Gibraltar no es el Reino Unido (sentencia del Tribunal de Justicia Europeo de 23 de septiembre de 2003). Es una colonia a la que se aplica la legislación europea solamente en tanto en cuanto el Reino Unido es responsable de su política exterior (artículo 355 del TFUE). Esta aplicación de los Tratados está sujeta a una serie de peculiaridades (artículo 28 del Acta de Adhesión del Reino Unido de 1972) que hacen de Gibraltar un territorio off shore con una de las rentas más altas del mundo. Cuando el Reino Unido salga de la Unión, Gibraltar saldrá de la Unión y habrá que definir las relaciones entre La Roca y la Unión Europea.

Así las cosas, solo hay dos opciones: In o Out. Si Gibraltar quiere seguir formando parte de la Unión, un Estado miembro debe hacerse cargo de su política exterior. Y ese Estado sólo puede ser España. Si el Reino Unido no accede a gestionar de forma compartida las relaciones exteriores de Gibraltar, éste pasa a ser un territorio tercero cuyas relaciones con la Unión se regirán por lo establecido en la Organización Mundial de Comercio: frontera, aduanas, etcétera.

En este punto vuelvo a recordar que la propuesta de cosoberanía que ofrecimos al Reino Unido se acompaña de propuestas adicionales más que generosas: autonomía en todo lo que no sea defensa o control de la inmigración, doble nacionalidad y creación de un polo de desarrollo económico que incluya el Campo de Gibraltar y Ceuta, capaz de absorber parte del comercio del Estrecho y de canalizar las inversiones en el Norte de África. El Corredor Mediterráneo contribuirá a facilitar el transporte del área y de los países vecinos a Europa. Y puestos a imaginar, ¿por qué no reScatar el proyecto del Túnel de Gibraltar que duerme el sueño de los justos desde los años 60? Nada de esto será posible si no se pone en marcha de forma inmediata un plan de rehabilitación de un área extraordinariamente degradada.

Conclusión: el Brexit abre a España una oportunidad histórica de recuperar la soberanía sobre Gibraltar y de ofrecer a las poblaciones del Peñón y del área circundante unas posibilidades de progreso hasta ahora desconocidas. No entendería que no aprovechásemos esta oportunidad para rescatar una propuesta de 2002 (Aznar-Blair) siendo así que entonces no se planteaba la salida de Gibraltar de la Unión Europea. Y que lo que hoy ofrecemos supone una solución win-win. Sí, se puede. Siempre que demostremos la misma unidad de propósito y la misma firmeza en la negociación que siempre ha mostrado Londres.

José Manuel García-Margallo, ex ministro de Exteriores, es diputado del PP.

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