Si son listos, ¿por qué erran tanto?

Que estamos mal, lo sabemos todos. Que para salir de esta lamentable situación hay que hacer sacrificios y esfuerzos, también. La cuestión es cómo hacerlo, procurando no causar más problemas de los que se intenta resolver. Y es aquí donde no tengo nada claro que nuestros gobiernos estén acertando con la fórmula.

La fórmula debería respetar tres principios. Primero, ser eficaz en la resolución de los problemas que tenemos: crecer, crear empleo y pagar las deudas. Segundo: ser equitativa en el esfuerzo. Y tercero, no romper nada que después sea difícil de reconstruir: el Estado del bienestar y el sentido de decencia necesario para que una sociedad libre y democrática funcione razonablemente. La fórmula de la austeridad compulsiva que están aplicando nuestros gobiernos no cumple esos principios. Desconozco si lo hacen por convicción o por el dictado de la nueva hegemonía financiera y política de Alemania. Pero, dejando al margen las motivaciones, el hecho es que la austeridad a machamartillo no está resolviendo los problemas. Por el contrario, está creando otros nuevos, de peligrosas consecuencias.

En primer lugar, no es eficaz para resolver los problemas económicos. Ha provocado una segunda recesión, que ha aumentado el paro, secado aún más el crédito y complicado el futuro de las instituciones financieras. Y, contra lo que se pretendía, ha hecho aumentar el déficit y la deuda pública.

En segundo lugar, no es equitativa en el esfuerzo ni en las consecuencias. Ha aumentado la pobreza de los más débiles y ha dejado en las cunetas del futuro a una generación de jóvenes que, tras una década perdida para el crecimiento, tendrán difícil construir un perfil profesional sólido. La consecuencia política será la desafección con el proyecto europeo.

En tercer lugar, el recorte no planificado del gasto público está afectando a servicios públicos básicos para la parte más débil de la sociedad, que además de ver como caen sus ingresos salariales, ahora se enfrenta a la reducción de la cobertura de servicios básicos para su educación, salud y vejez. Por otro lado, la búsqueda de ingresos públicos, además de ser inequitativa, está rompiendo principios de salud moral básicos de una democracia. Piensen si no en los efectos sociales de la amnistía fiscal para los ricos defraudadores.

Pero si la austeridad tal como se está aplicando no es la solución a los problemas actuales y crea otros nuevos, ¿por qué esa terquedad de los gobiernos en sostenerla? Uno de mis alumnos me planteó esta cuestión la pasada semana: «Si en los gobiernos hay personas inteligentes, ¿por qué se empeñan en políticas erróneas?». Una buena pregunta.

La historia nos enseña que las ideas tienen una gran fuerza a la hora de influir en la conducta de la gente y de las políticas. Especialmente influyentes son las malas ideas. Solamente necesitan recordar las ideas que dominaron en los años 20 y 30 del siglo pasado y recordar las consecuencias que originaron.

Hoy las élites financieras y económicas europeas y los gobiernos, especialmente el Ejecutivo alemán, sostienen una visión equivocada de las causas de la crisis. Y nuestros gobiernos están atrapados en lo que en otra ocasión he llamado síndrome de Berlín. Esa visión sostiene que el origen del sobreendeudamiento ha sido la prodigalidad fiscal de los gobiernos de los países.

Como decía Sherlock Holmes a su colaborador el doctor Watson, es arriesgado hacer teoría sin mirar antes los datos. Y cuando se miran los datos de los presupuestos y de la deuda pública de países como Irlanda o España se ve que no fue así antes del 2008. En esos dos países, los presupuestos públicos cerraron con superávit y la deuda pública se redujo.

La causa estuvo en otro lado. La burbuja de endeudamiento fue del sector privado, no del público. Y estuvo alimentada por una ideología de desregulación y de hiperfinanciarización de la economía. Esa mentalidad financiera es la que ahora impone a los gobiernos la austeridad.

Por lo tanto, la respuesta a la cuestión planteada por mi estudiante no es que en los gobiernos no haya personas inteligentes. Es un problema de ideología y de valores. Hoy predomina una ideología financiera que defiende los derechos de preferencia sobre los derechos de las personas. Y el problema político es que tanto el conservadurismo como la socialdemocracia están atrapados en esa ideología.

Cambiar las políticas de austeridad exige primero cambiar esa ideología desreguladora y financiera de la economía. Y eso llevará tiempo. No es pesimismo. Es ver la realidad tal como es. Quizá la Pasión en esta Semana Santa puede ayudarnos a encontrar la Resurrección de las buenas ideas y políticas.

Antón Costas, catedrático de Política Económica de la Universitat de Barcelona

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