Si yo fuera el virus, pagaría el catering

En abril del 55, cuando trascendió que un equipo de científicos independientes había acreditado que la vacuna desarrollada por Jonas Salk contra la poliomelitis era segura, las campanas de las iglesias de Nueva York tocaron a rebato, las sirenas de las fábricas comenzaron a sonar y las bocinas de los coches formaron un coro de celebración que desembocó en un día de asueto y felicidad colectiva. La tremenda enfermedad viral, transmitida por las vías respiratorias, que se cebaba en los niños, causaba miles de muertos al año, había condenado al presidente Roosvelt a una silla de ruedas de por vida y encerraba en los llamados «pulmones de acero» a los pacientes agudos, había sido por fin vencida.

Pinker presenta el episodio como uno de los descubrimientos científicos contemporáneos que, en conjunto, han salvado «más de cinco mil millones de vidas» y se queja del insuficiente reconocimiento que la cultura postmoderna otorga a sus artífices. «Huelga decir que las historias de héroes no hacen justicia a la forma en que realmente avanza la ciencia», añade, tras recordar que Salk rehusó participar en un desfile triunfal en su honor. «Los científicos están subidos a hombros de gigantes, se afanan en la oscuridad, colaboran en equipos y agregan ideas a través de las redes mundiales».

Si yo fuera el virus, pagaría el cateringEse es el estimulante espíritu de grupo que ha impregnado las cinco jornadas del Primer Simposio de nuestro Observatorio de la Sanidad, dedicado a «Las fronteras de la lucha contra el coronavirus». Y valga, como botón de muestra, la reacción de los responsables de los principales hospitales, públicos y privados, inclementemente azotados en primavera por la pandemia, cuando el miércoles por la mañana tuvieron que comentar la contrariedad que suponía la pausa impuesta a la vacuna de Oxford por la aparición de efectos secundarios indeseados en un paciente de la Fase III.

Todos coincidieron en que era muy positivo que quedara acreditado así el rigor de la investigación, de espaldas a la urgencia, más política que sanitaria, de quien como Trump ha prometido vacunar a los norteamericanos, antes de que el 3 de noviembre vayan a votar.

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Es verdad que la ciencia avanza a trompicones, pero también en carreras de relevos. La tarde anterior los representantes de Janssen (Martín Sellés), Pfizer (Sergio Rodríguez) o Sanofi (Ignacio Sáez-Torres) nos habían explicado cómo ellos también progresan sobre la pista, como parte del «portfolio de vacunas» que está contratando la Unión Europea.

Y si la previsión, condicionada a que no haya nuevos tropezones, del ministro Illa de empezar a recibir tres millones de dosis a partir de diciembre, tiene visos de materializarse y consolidarse, al inicio del año próximo, es porque, según explicó el nuevo CEO de Merck en España, Miguel Fernández Alcalde, «aunque no hay atajos para la seguridad», su compañía ha logrado reducir de doce a sólo dos meses -¡una sexta parte!- los tiempos críticos de producción de vacunas.

Súmese a ello que empresas españolas como Reig Jofré, que tuvo a Enrique Jo como portavoz y acaba de hacer una importante inversión de 30 millones en su planta de viales, o Rovi, que ya ha cerrado su acuerdo con Moderna y está encabezada por el que pronto será presidente de Farmaindustria, Juan López-Belmonte, aportarán sus sofisticadas plantas de inyectables para el envasado y distribución de las vacunas.

El punto de inflexión en la lucha contra la pandemia parece pues a la vuelta de la esquina, por aterradoras que sean las cifras de esta segunda ola que conocemos día a día. Tras escuchar a más de 70 expertos en este Simposio, es inevitable sentirse optimista a medio plazo. Nunca tanta inteligencia humana se ha volcado, de forma tan intensiva, al servicio de una causa sanitaria.

Es verdad que, como apuntó sagazmente López-Belmonte, «el mundo desarrollado estaba acostumbrado a ver en el telediario las cosas horribles que sucedían en otros lugares del mundo» y ahora se ha encontrado con «un cisne negro» en el salón de su casa.

Más que de «cisne», por muy oscuro que sea, habría que hablar de monstruo del averno porque los detalles que aportaron los científicos que le han mirado a la cara en el laboratorio y los epidemiólogos e intensivistas que le han visto segar vidas en hospitales y residencias, describen un virus complejo, preparado para matar de dos maneras: bien llevándose por delante nuestras defensas en un primer embate, bien generando un proceso inflamatorio incontrolable, la llamada «tormenta de citoquinas», en el que es su propio sistema inmunológico el que mata al enfermo en una segunda fase.

Por eso, en unos casos el tratamiento con corticoides y fármacos similares resulta insuficiente y en otros excesivo: el médico no sabe cómo acercarse a ese corazón de las tinieblas en el que anida el virus. Todo recuerda a esas «bombas-trampa» que los artificieros de élite de la oscarizada película En tierra hostil trataban de desmontar, a sabiendas de que siempre había una inteligencia diabólica un metro por delante de ellos.

«Debemos ser conscientes de que estamos librando la guerra de nuestras generaciones», afirmó rotundamente José Ramón Paño, investigador principal del Clínico de Zaragoza. «Sólo con esa mentalidad propia de una guerra, haremos los sacrificios necesarios para ganarla». Y puso, de manera informal, el más elocuente de los ejemplos: «Si yo fuera el virus, pagaría el catering».

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Naturalmente, en este Simposio, albergado por la Universidad Camilo José Cela, no había catering. Pero, en cuántos ámbitos de nuestra sociabilidad no perviven los tradicionales hábitos de consumir bebidas y canapés, copas y pinchos en hacinamiento grupal, en el entorno familiar o de la empresa, por no hablar del suicida ocio nocturno en el que, tras el tercer lingotazo, la mascarilla se convierte en una cinta para el pelo o un pañuelo atado al cuello. O en la hora de la partida de cartas, en el bar del pueblo o la residencia de ancianos que, según el presidente de Clece, Cristóbal Valderas, es «donde mejor se lo pasa el virus».

Los científicos que le han mirado a la cara, describen un virus complejo, preparado para matar de dos maneras

Son los resquicios por los que, en feliz expresión de Miguel Sebastián, la Covid «ha hecho su agosto en España». Esas conductas que, según el presidente de la Organización Médica Colegial, Serafín Romero, han llevado a tantos sanitarios, aplaudidos en las semanas más duras, «de la esperanza al abatimiento, de la resignación a la indignación».

Hoy por hoy -Martín Sellés dixit– «nosotros somos nuestra mejor vacuna». Pero nuestra prudencia y sentido de la responsabilidad debe apuntalarse en el convencimiento de que, aunque parezcamos cercados y constreñidos por el virus, hasta volver a hacer cada vez más angosto nuestro espacio vital, hay toda una flotilla de grandes, pequeñas y medianas lanchas de rescate que ya acude a nuestra ayuda, como si sonara la música de Elgar en la banda sonora de Dunkerque.

Son los cientos de ensayos clínicos y el estudio de seroprevalencia que tanto nos dirá en octubre, auspiciados por el Instituto de Salud Carlos III que lidera Raquel Yotti.

Son los trabajos de equipos de investigación, comprometidos y competentes, como el que, encabezado por Eduardo López Collazo, avanza en el Instituto de La Paz (Idipax) en el perfilado de pacientes hasta averiguar por qué si un hombre y una mujer, de la misma edad y similar condición física, ingresan a la vez con los mismos síntomas, el uno muere y la otra se cura rápidamente.

Son las empresas farmacéuticas que, aunque la vacuna «se cueza a fuego lento», según el propio López Collazo, ultiman todo un arsenal terapéutico para hospitales y pacientes.

Según nos contó Federico Plaza, Roche Farma trabaja, entre otros medicamentos, en uno a base de “una combinación de anticuerpos”, ya en Fase III, que prevendrá el contagio de quienes convivan con personas infectadas.

Según nos explicó Marta Moreno, Novartis está a punto de lanzar un test rápido que permitirá distinguir quien tiene Covid y quién solamente gripe, mientras mantiene, a través de su filial Sandoz, una cartera de 15 genéricos contra el virus, sin ánimo de lucro, y desarrolla medicamentos contra los efectos gastrointestinales, el asma o el shock séptico, asociados a la Covid.

Según nos explicó su presidente José María Fernández-Sousa, Pharmamar, que acaba de entrar en el Ibex, está realizando ya ensayos clínicos muy alentadores en pacientes tratados con su nueva molécula, obtenida, según marca de la casa, en los fondos marinos. Su Aplidín será capaz de bloquear las células en las que se deposita el virus, «como quien bloquea una planta embotelladora».

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Son también, entretanto se consuman todos esos avances, las cinco grandes fabricantes de genéricos que, tal y como nos contó el presidente de su asociación, Raúl Díaz-Varela, han multiplicado por diez su producción en España, para mantener abastecido al mercado de un sinfín de medicamentos, el 70% de los cuales vale menos de tres euros. “Tener una industria fuerte nacional ha sido fundamental durante la pandemia”.

Son las empresas tecnológicas a las que escuchamos el miércoles por la mañana como Becton Dickinson que, según Fiona Garín, tiene ya a punto test ultrarrápidos que, a través de un terminal con apariencia de teléfono permitirán a los hospitales diagnosticar sobre la marcha cualquier posible ingreso.

Como Johnson and Johnson que, según Rocco de Bernardis, ofrece soluciones quirúrgicas de alta tecnología para el cáncer, la obesidad o el ictus, con niveles prodigiosos de digitalización y robotización de los quirófanos para descongestionar los hospitales.

Como General Electric que, según Luis Campo, está en condiciones de dotar a cada hospital de un Centro de Comando “al estilo de la NASA, con inteligencia artificial y alarmas intuitivas”, para gestionar de manera óptima sus recursos.

O como Siemens que, según Luis Cortina, puede conectar a los geriátricos con los centros de atención primaria, mediante las técnicas más avanzadas de telemedicina.

Son las empresas tecnológicas a las que escuchamos el miércoles por la tarde como Medtrónic, liderada por la gran María Vila, que tras haber liberado generosamente su patente de respiradores para cualquiera que quisiera copiarla -«algo que nunca pensé que pudiéramos llegar a hacer»- ha multiplicado por cinco su capacidad productiva y ofrece todo un abanico de soluciones de atención remota, preparación para cirugía, gestión de altas hospitalarias o accesibilidad al sistema sanitario en general.

“Tener una industria fuerte nacional ha sido fundamental durante la pandemia”

Como Oximesa-Nippon Gases que, según Jorge Huertas, ha atendido una demanda de oxígeno diez veces superior a lo habitual, sembrando el sistema hospitalario de nuevos puntos de carga y contribuyendo decisivamente a la medicalización de las residencias de mayores.

Como Dräger que, según Dionisio Martínez de Velasco, está en condiciones de abrir en España una fábrica de mascarillas “de calidad alemana” que aseguraría el autobastecimiento de algo que seguirá formando parte de nuestras vidas, con o sin pandemia. Tiene ya unas cuantas “novias” para su emplazamiento pero Enrique Ruiz Escudero -cuya intervención aportó la idea de que Madrid ha llegado ya “a la fase de meseta”- podría conseguir que Díaz Ayuso se apuntara el tanto.

O como Abbot, liderada por la dinámica presidenta de Fenin, Mari Luz López-Carrasco, que ofrece test rápidos, además de soluciones digitales para el control de la diabetes o las enfermedades vasculares.

Son los grandes hospitales públicos -el Ramón y Cajal, el Clínico, La Paz o el Vall d’Hebron– y los principales grupos privados –Quirón, HM, Ribera Salud o Vithas– a cuyos directivos escuchamos. Todos están implicados en un ímprobo esfuerzo, «copiándonos los unos a los otros», para ser lo más eficientes posibles en la absorción de enfermos por Covid y en el tratamiento simultáneo de las demás patologías.

Son las 22.000 farmacias «cuya luz verde nunca se apaga», coordinadas por el Consejo General de Farmaceúticos, dispuestas a ejercer como «primer escudo» contra el virus. Su papel podría verse potenciado, realizando test y administrando vacunas. E incluso facilitando la descarga de la app Radar Covid, según el acuerdo que, durante el Simposio, urdieron -cual si de un flechazo logístico se tratara- la Secretaria de Estado de Digitalización Carme Artigas y el presidente de la potente distribuidora Cofares, Eduardo Pastor, empeñado en potenciar la farmacia del futuro.

Y son, por supuesto, aseguradoras como la Sanitas de Iñaki Ereño -nuevo CEO mundial de su grupo-, la Adeslas de Javier Murillo, la Asisa de Enrique de Porres o Savia, la rama recién nacida del árbol de Mapfre con un brío inaudito y Pedro Díaz Yuste al frente.

Pero también la arraigada y respetada Agrupación Mutual Aseguradora (AMA), representada por Raquel Murillo, o Sham, representada por Philippe Paul, especializadas en la cobertura de riesgos médicos. O la propia Ribera Salud de Alberto de Rosa, implicada en el sector asegurador a través de su gran accionista, el fondo norteamericano Centene. El gran empeño de todas ellas es añadir servicios digitales a las prestaciones tradicionales.

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He querido mencionar a muchos de los que escuché de lunes a viernes -pinchen sobre sus nombres y podrán revisar sus vídeos- porque nunca había visto a tanta gente con talento, aportando ideas y proyectos, a un empeño común, en tan corto espacio de tiempo.

Y encima, con estructuras de coordinación de la consistencia de dos patronales como Pharmaindustria y Fenin, gestionadas por personas del prestigio y competencia de Humberto Arnés y Margarita Alfonsel.

O de dos asociaciones profesionales como la Organización Médica Colegial que preside Serafín Romero y los Colegios de Farmacéuticos cuyo presidente Jesús Aguilar, golpeado él mismo por el virus, tuvo un brillante sustituto en el vicepresidente Juan Pedro Rísquez.

Por no hablar, last but not least, de esa prodigiosa «nación de naciones» del mundo sanitario que es el Instituto para el Desarrollo e Integración de la Sanidad (IDIS), impulsado por el incansable Juan Abarca, consejero de EL ESPAÑOL y auténtica alma mater del Simposio.

Nada me costaría aferrarme al eterno «qué buenos vasallos si hubieran buen señor», con que se diagnostican casi todos los males endémicos en España. Pero, en este caso, supondría una frívola injusticia.

Es verdad que las relaciones entre la política, por un lado, y la ciencia y la industria, por el otro, podrían resumirse con un tonto calambur numérico: «Uno más dos, estrés». Pero doy fe de que ninguno de los ponentes y asistentes a este Simposio de nuestro Observatorio de la Sanidad ha tenido esta vez la sensación de haberse sometido al tensionamiento emocional de esos esfuerzos inútiles que sólo conducen a la melancolía. Ha ocurrido todo lo contrario y la esperanza también tiene nombre y apellido.

Junto al estado de necesidad, ese «a la fuerza, ahorcan» que extrae lo mejor de cada uno en las situaciones críticas, gran parte del mérito de la utilidad de este encuentro emana de la capacidad de aunar voluntades que viene demostrando Salvador Illa.

En los casi dieciséis años transcurridos desde el 17 de abril de 2004 en que cesó Ana Pastor -también ponente de lujo en el Simposio-, hasta el 13 de enero de 2020 en que tomó posesión Illa, habíamos tenido nada menos que diez ministros de Sanidad. Algunos picaron alto y lo consiguieron, otros se perdieron en el ridículo, la corrupción o el olvido. Pero sólo Pastor, durante menos de dos años, e Illa, en el máster acelerado de estos meses terribles, han ejercido el liderazgo tranquilo del que emana la autoridad.

Las cuatro palabras mágicas con que respondió Illa a mi pregunta sobre cuál sería la capacidad inversora del Estado, para convertir al sector de la Salud en una de las locomotoras de la recuperación y la innovación digital, todavía resuenan en todos los oídos: “La que haga falta”. Fueron la música celestial, equivalente al “whatever it takes” con que Draghi salvó al euro en el verano de 2012. Y la letra también llega de Europa en forma de fondos para la reconstrucción.

No es casualidad que el presidente del Foro Español de Pacientes, Andoni Lorenzo, reclamara “que el Ministerio de Sanidad tenga más autoridad”, que el director de Government Affairs de Roche Farma, Federico Plaza, instara a “profundizar en la confianza con el regulador” y que el propio primer punto del decálogo de conclusiones del Simposio respalde la creación del Centro Estatal de Salud Pública, anunciado por Illa. Los nueve puntos siguientes resumen las grandes prioridades del sector, consensuadas durante esta intensa semana, en la que cientos de miles de personas se han descargado los vídeos de las sesiones y varios millones han leído alguno de los contenidos.

Es verdad que las cifras de muertos de la primera ola de la Covid y las de contagios, hospitalizaciones e ingresos en la UCI de esta segunda nos acongojan y abochornan. Como dijo Andoni Lorenzo, “los únicos que no han podido acudir son los fallecidos”. Pero, desgraciadamente, el partido está lejos de concluir y lo esencial no es cómo empezó, sino cómo termine.

No cabe mayor homenaje a las víctimas que honrarlas como leit motiv de la modernización de la Sanidad en España, hasta vencer a esta pandemia y esperar, mucho mejor preparados, a la siguiente. Para ello EL ESPAÑOL va a hacer de su Observatorio de la Sanidad una estructura permanente, enfocada en el seguimiento del decálogo de conclusiones de este primer Simposio, así como de las directrices de la OMS, tan elocuentemente expuestas por su directora de Salud María Neira en la sesión de clausura.

Es cierto que al decálogo le faltó un undécimo punto, pero concluyo subsanando el error, a modo de postdata: que nadie pague el catering, ni la comida o cena de empresa, menos aún el botellón o la cantina de aquelarres como el de la Diada, hasta que las campanas de las iglesias, las sirenas de las empresas y los cláxones de los automóviles puedan sonar, como lo hicieron en aquella mañana neoyorquina de abril del 55, para celebrar la victoria de la Ciencia sobre el virus.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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