Si yo fuera Presidente

Con estas palabras inició Adolfo Suárez, en la primavera de 1975, la primera conversación que sostuvimos con un serio propósito de intercambiar nuestros respectivos puntos de vista sobre la convicción –ya dato– de que pronto tendría España que afrontar su transformación política cancelando la realidad política decantada tras la Guerra Civil y estableciendo el orden constitucional –el Estado democrático y social de Derecho– en sintonía con el sistema político de los países de nuestro entorno y con alineamiento en el proceso de europeísmo en curso.

En julio de 1976, aquella hipótesis era ya un hecho. «Ya soy presidente», me dijo y, evocando la conversación de un año antes, me pidió la incorporación al Gobierno como ministro de Justicia. Recordamos la necesidad sentida del relevo generacional, obviamente ya producida con su ascenso a la Presidencia del Gobierno, y consumimos el tiempo que me dedicó actualizando nuestras convicciones y, sin mostrar curiosidad por mi parte sobre la composición del Gobierno, insistí al presidente acerca de los términos generales, y aun los detalles, de la tarea a que me convocaba, inquiriendo la precisión sobre el cómo y el cuándo. Me incorporé al Gobierno fiado en la exposición del presidente, que, prácticamente, fue hecha pública en la primera declaración del Gobierno (la del día 16) y que, en síntesis, suponía reconocer la soberanía del pueblo, constituir unas Cortes bicamerales con expresa legitimación para abrir un proceso constituyente y celebrar las elecciones por sufragio universal en el primer semestre de 1977, previo reconocimiento de los derechos y libertades, de modo que se asegurara la corrección del proceso y la aceptación, sin controversia, de sus resultados. Anunciamos, además y como prenda, una inmediata amnistía por los delitos estrictamente políticos.

Todo se cumplimentó, tras la programación y ejecución en el plazo convenido. El 15 de junio de 1977, en un ambiente generalizado de optimismo y hasta fervor democrático, se celebraron las anunciadas elecciones.

Cuando en las tristes circunstancias de hoy traigo al presente mis recuerdos de entonces –como el que acabo de reseñar–, siento un desgarramiento paralelo al que me produjeron la noticia del quebranto físico del presidente Suárez y la terminación de nuestros almuerzos y periódicas conversaciones, severamente interrumpidas por la exposición que me hizo Adolfo Suárez Jr. sobre el estado del presidente.

El período de tiempo en el que compartimos preocupaciones y responsabilidades, en el que impulsamos nuestra gestión directa, en el que ideamos soluciones y orientaciones es un período en mi vida que, aún con sus limitaciones temporales, está incrustado en el presente –más en un presente tan singularizado como hoy mismo de manera mucho más viva y persistente que otros muchos períodos más largos, más sosegados y personalmente gratificantes–. Fue aquel un período marcado por la dirección del presidente Suárez, por su personalidad y su admirable capacidad de gobierno y de construcción de un orden político en el que la convivencia entre españoles se afirmara como un categórico mentís frente a la repetida y temida realidad de una congénita dificultad de los españoles para convivir en un orden político estable, hecho de concordia y armonía.

El presidente Suárez pregonó su voluntad de conducir el Gobierno y articular el pluralismo de modo que el respeto y la conciliación desterrasen nuestras más amargas experiencias y fuéramos capaces de poner en práctica los mejores valores cívicos en pro del progreso y la modernidad.

He dicho que pregonó sin cohibiciones su voluntad de concordia, y añado que dirigió una operación en la que los objetivos compartidos fueron referencia y meta para el estimulado esfuerzo de un pueblo que apreció y valoró, sin reservas, el definitivo propósito de que no se produjeran nuevos enfrentamientos entre españoles y nos aplicáramos a convivir en nuestro común solar y sin exilios.

Añado también, sin hipérbole, que el presidente Suárez gobernó con rigor, con entereza, con decisión y, cuando fue menester, con incontestables gestos de dignidad y valentía. Como hoy me rindo, sin resistencia, al confesado dolor de la separación en el final de su vida, me rendí en su momento, con admiración discreta e incondicionada, ante sus cualidades de gobernante y sus capacidades de dirección; como ante la sagacidad y perspicacia de sus intuiciones y el buen sentido con el que dirigió los destinos del país y el cambio político protagonizado. Siempre que he caído en la sima de mis recuerdos me he sentido deudor del presidente Suárez. Cuando por reconocimiento sincero o por halago convencional se me han dedicado expresiones de elogio a lo que hicimos –o a lo que hice en ejercicio de mi responsabilidad–, he contestado sin rebozo que, si mi paso por la política podía adornarse con algún mérito éste era plenamente transferible al presidente Suárez. Solo cuando el eventual reconocimiento o el ocasional halago provenía del presidente Suárez yo podía sentirme y me sentía íntimamente reconocido y hasta halagado.

Termino ya para que mis sentimientos no me desborden y dejo testimonio de cuantas compensaciones he hallado en la amistad del presidente Suárez y en la verdad con la que, en mi colaboración con él, me he sentido partícipe de la magna acción política por la que ha sido y es la referencia de mayor dimensión en nuestra reciente historia y, desde luego, en mi vida política.

Landelino Lavilla, expresidente del Congreso de los Diputados.

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