Siempre faltan veinte minutos

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 04/10/08):

En el País Vasco bastan veinte minutos para que alguien prepare la matanza. No hace falta ejercer de pitoniso para saber que estamos bajo la amenaza de un gran atentado. Fue un milagro que no ocurriera en el último intento, hace apenas dos semanas. Tres coches simultáneos cargados de explosivos. Cien kilos, doscientos… Seguirán subiendo. La próxima vez alcanzará trescientos o la media tonelada. A partir de que alguien decide colocar un coche para que estalle, a partir de ese momento, todo está fuera de control. Entramos en el terreno de lo probable y lo casual, que casi nunca coinciden.

El coche bomba a la manera de ETA tiene un punto notable de diferencia con la furgo del terrorista islámico. En un caso el conductor se inmola, en el otro goza contemplando cómo inmola a los demás.

Técnicamente es de una sencillez apabullante. Se prepara el coche en un garaje francés, con óptimas condiciones de seguridad, se pasa la frontera y basta con tres instrucciones, tres, para que ese vehículo derroche muerte por sus cuatro costados, o por dos, o por uno, como en el caso del cuartel de la Ertzaintza, en Ondarroa. Todo terrorista piensa que la policía, cualquier policía, no tiene otra cosa que hacer que ocuparse de ellos, que estar obsesionada con ellos.

La operación de ETA ante el cuartel autonómico de Ondarroa – la ekintza, según su lenguaje de uso- partía de una consideración típicamente militante, según la cual, los ertzainas deberían estar tan obsesionados por el temor a ETA que no pegarían ojo. Si hubiera sido así, en el cuartel de Ondarroa habría habido una matanza. Pero era de madrugada y los maderos – que también son maderos aunque hablen euskera- dormían, y apenas si hicieron caso del aventado que lanzó un par de cócteles molotov contra el cuartel para provocar la salida de los ertzainas. Si llegan a estar despiertos y hubieran salido rápido, habría provocado una matanza.

El coche bomba colocado en la Caja Vital de Vitoria adquiere un carácter simbólico, y aunque no causara víctimas sino daños, provoca a su vez una cierta inquietud. ¿Quién está libre de salir a pasear al perro y encontrarse cortado por la metralla? Confieso sin ningún rubor que fui de los que en un primer momento pensaron que los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid podían ser obra de ETA.

Había quienes lo descartaban por el volumen de la tragedia; parecía demasiado brutal y con demasiados muertos para ser de ETA. No era eso lo que confundía la operación, y aquellos genios del PP que manipularon la información, sabían que la atribución del atentado no venía dada por los muertos, sino por las características del acto. Podía haberlo hecho ETA, sin duda alguna, y muchos ex dirigentes de la organización tuvieron las mismas dudas, hasta que se fueron conociendo algunos datos que aquel mefistófeles sacristanesco, Ángel Acebes, tuvo buen cuidado en ocultar.

Cuando se prepara un atentado se piensa en los objetivos, no en las víctimas. Eso, según el lenguaje posmoderno aportado por los ejércitos convencionales, se denomina “daños colaterales”, pero aun antes de que se inventara tan brillante terminología, ya se habían producido en España atentados de esas características. Por ejemplo, la matanza de la calle Correo en Madrid. Colocaron los explosivos en los lavabos de una cafetería vecina a la Puerta del Sol. Viví las consecuencias en primera persona aquella mañana espantosa de 1974. Era la primera vez que ETA organizaba un atentado matanza, concebido así, para causar el máximo daño sin reparar en gastos. Trece muertos y ochenta y cuatro heridos. Es pena que se haya muerto Eva Forest, porque era una de las pocas protagonistas que hubieran podido aportar luz sobre aquella tropelía. (En cierta ocasión traté de hablar del asunto con Alfonso Sastre, su marido, y la conversación fue tan breve que no llegamos al postre). ¿Ya nadie se acuerda de los atentados poli-milis de ETA en las estaciones de tren, que se tradujeron durante muchos años en el fin de las consignas en las grandes estaciones? Cualquiera de ellos hubiera podido provocar una matanza. Es muy cruel, pero muy sencillo, porque matar resulta facilísimo si tienes voluntad de hacerlo y una base social que te jalee el crimen. Nadie prepara un coche bomba en la idea de que no haga más que gastos de mobiliario. ¿Se acuerdan de Hipercor en Barcelona? Produjo una matanza que cortó las importantes bases electorales de Herri Batasuna en Catalunya, pero no produjo bajas en Euskadi, fuera de la deserción del eurodiputado Txema Montero.

La perversidad de un atentado con coche bomba tiene su ritual. Por ejemplo, la que le costó la vida a Luis Conde en la residencia del Patronato Militar de Santoña. Bien avanzada la noche, un vehículo se para en una cabina telefónica de un pueblo vasco con fuerte implantación de Herri Batasuna.

Marca el teléfono de la DYA, o de los bomberos o de una radio, para decirles cuánto tiempo tendrán los artificieros para desactivar un coche bomba que han colocado frente al Patronato Militar de Santoña.

Saben que el teléfono será localizado y la voz analizada, por tanto el lenguaje está distorsionado y es casi un telegrama que lleva la clave. Esa clave gracias a la cual las policías saben que es ETA y no un aventado con ganas de tocar los cojones, cosa que últimamente prolifera.

Veinte minutos fue el tiempo que concedieron en Santoña. ¿Cómo desalojas, en veinte minutos y en la madrugada, cuando todo el mundo que puede duerme, un edificio largo y ancho? ¿Y por qué debes fiarte de que son veinte minutos, y no quince, o treinta? Debes pensar que son quince, pero en el fondo de tu cabeza actúas con la idea de que van a ser treinta. Y el terrorista juega contigo a esta gincana de la muerte. ¿Debes acojonarte y salir corriendo? ¿O debes actuar en caballero de película que recoge sus cosas y no se amilana ante el peligro? Al peligro le da lo mismo, porque seas un caballero temerario o un acojonado, vas a volar igual. Tienes veinte minutos. Y la perversidad del terrorista, en traje de gala criminal, es que espera de ti un comportamiento de caballero temerario, para que vueles por los aires y él pueda decir a los suyos: “Avisé, pero como son gilipollas no me creyeron”. Ocon mayor probabilidad: “Nos ocurre a todos los gudaris, nunca nos creen y piensan que somos como ellos. Nosotros cuando decimos veinte minutos, son veinte minutos”. Así pillaron al dignísimo y humilde Luis Conde, un militar de paso al que le gustaba viajar, por ese gesto honorable y descuidado de ir a recoger algo, cualquier chorrada que dejó aparcada y que le gustaría que no desapareciera, y porque veinte minutos nunca son veinte minutos del todo. Y le mataron. En Santoña, allí donde estuvo el penal más famoso del franquismo, allí donde el nacionalismo vasco traicionó con alevosía a la República acosada por el enemigo franquista. Hay un libro, en mi opinión magnífico, sobre ese funesto pacto de Santoña, donde el Partido Nacionalista Vasco y el Estado fascista de Mussolini, representado por el general Roatta, pactaron que la guerra era un problema entre españoles y que a ellos no les iba para nada. Lo escribió, y muy bien, el periodista Xuan Cándano (La Esfera de los Libros, 2006)

Se está mascando la tragedia. Un gran atentado matanza que pretenda colocar las cosas en su cenit. Tensar la cuerda con la esperanza de romperla; eso que en el País Vasco se denomina sokatira y que tiene su momento más angustioso cuando las dos fuerzas en presencia están en el orto de su tensión y la cuerda queda fija, vibra pero no se mueve, a la espera de desplazarse a un lado u otro, dependiendo de la potencia de cada lado. No resulta agradable escribirlo, pero la dinámica de las cosas, o mucho me equivoco, o lleva a Omagh, aquel terrible atentado irlandés, vísperas del final del terrorismo del IRA. Síntomas de final del túnel no los veo aún, pero el fantasma de Omagh sí se dibuja en el horizonte. El día que ETA denominó “socializar el sufrimiento” a justificar el atentado de masas y descartar cualquier veleidad sobre la existencia de inocentes – una idea de raíz católica que los teólogos de Herri Batasuna entreveían con la misma galanura que el pecado original o Moisés bajando con las tablas de la ley y encontrándose a su pueblo desmadrado-, ese día, digo, empezó la cuenta atrás que lleva a la matanza. Ojalá me equivoque.