Siglo XXI, el siglo de la mística

Estos días, pese a la pertinaz lluvia, mil imágenes del hijo de Dios recorren nuestras calles. Pero, ¿quién es Jesús para los millones de personas que en todos los rincones de España contemplan los pasos de Semana Santa desde las aceras o los portan a hombros? El mensaje posmoderno -Dios ha muerto- se traduce en que no hay fundamento último, estable, estructural, y de ello se deriva la desvalorización de todos los valores. Una realidad líquida, sin fundamento, compuesta de marcas, signos, arañazos, letras sueltas y deterioros. Un universo embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnología, que rinde culto al aquí y ahora, en el que coexisten una multitud de verdades relativas y plurales. Las identidades se funden porque están fundadas sobre la moda, y abandonan progresivamente los órdenes y las tradiciones de antaño.

El sujeto, núcleo de la modernidad, suplanta a Dios, pero sin los atributos de la divinidad. Y eso crea monstruos que siembran el terror, la inquietud y el desasosiego por doquier. Lo que hace de Frankenstein un verdadero monstruo es su capacidad de crear el monstruo; puede superar a Dios y a la naturaleza. Sus deseos, sin límites y sin reglas, de inmunidad e inmortalidad le causan una ansiedad insaciable. El cine apocalíptico y de hecatombes que llena las pantallas -como si el hombre actual no extrajera de sus capacidades existenciales sino amenaza y superficialidad- es uno de sus síntomas.

¿Qué les falta y por qué personas que lo tienen todo se autodestruyen o no dudan en ir contra todas las normas por subir y tener más? Habitan un universo sin esperanza, sin justicia. Por eso quieren fundirse en lo oscuro y disfrutar del silencio cósmico, la negrura, la soledad, la paz y zafarse de éste mundo hostil mientras recriminan a Dios, ciego, sordo e indiferente, la falta de apoyo, su silencio culpable que implica la condena de los que ven su única salvación y liberación en la nada, como el blanco de El sunset Limited. Sus capacidades les llevan al exceso, a cerrarse al misterio y a no reconocer frontera alguna entre el bien y el mal. Pero el ser humano no puede vivir en un agujero sin salida.

«El siglo XXI será místico o no será», dijo Malraux, y Rahner escribió: «El cristianismo del siglo XXI será místico o no será». La mística es misteriosa y difícil de abarcar pero tiene gran impacto en nuestros contemporáneos. El impacto, entre creyentes y no creyentes, de la película Dioses y hombres es otra prueba más de la actualidad de la mística y, sobre todo, del testimonio.

«Las doctrinas difieren, sus intérpretes y administradores las declaran incompatibles pero el hombre o la mujer que tratan de aplicar los textos a la vida, que tratan de escuchar en el silencio el murmullo de lo absoluto, que traspasan su amor a lo invisible, viven experiencias semejantes, y si toman algún apunte, puede que las palabras sean más o menos, las mismas», escribió L. Gomis. No hay un relato primordial, original que lo explique todo; han desaparecido y con ellos, también, el modelo de todos ellos: la Biblia.

Teóricamente es posible la existencia de una sola Iglesia santa, católica y apostólica. Pero en la práctica llevamos siglos experimentando que eso es inviable. La revelación está dada de una vez por todas pero la interpretación, que busca y cuestiona siempre de nuevo, está inconclusa. La diversidad de opiniones no viene tanto de que unos sean más inteligentes que los otros o de que éstos tengan mejor voluntad que aquéllos a la hora de interpretar los textos, sino de que las comunidades y las personas que la reciben, dada su historicidad, se acercan a ella por caminos diversos y con criterios distintos. El diálogo exige descubrir las razones que tiene el otro para mantener su opinión.

Tal vez el objetivo final del ecumenismo sea la unidad pero el camino pueda ser el salvaguardar el respeto a la diversidad y la singularidad de cada confesión, la unicidad en la caridad no unidad en la interpretación. Las acepciones terminológicas no deberían ser un obstáculo a la hora de reconocerse herederos del Evangelio, de la misión de predicarlo a toda criatura y de sentirse hermanos sin calificativos doctrinales.

El cristianismo es una identificación con el mensaje de Cristo. La Iglesia es el vehículo de la revelación y la comunidad de los creyentes y cree que la persona debe de profesar unas cuantas verdades esenciales para confesarse cristiana, que Jesús es Dios y hombre, que nació de una mujer, murió y resucitó: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe», dice San Pablo, y afirma que el hombre es libre.

Mucha gente llega a Jesús y se dice cristiana confesando no tener nada que ver con ninguna institución religiosa; se acerca a él porque le fascina su persona, su generosidad, su entrega a un ideal, sin plantearse el problema de su divinidad y aun negándola. Muchos ven a Jesús no tanto como un reflejo de una estructura eterna e inmutable, sino como un acontecimiento propicio que despeja el sentido de la vida que surge allí donde se abandona la voluntad de poder y cuando el hombre deja de querer ser superhombre. Buscan el sentido de la vida, no la exactitud teológica de las fórmulas. La persona de Jesús viene a llenar el vacío de su existencia y ayuda a combatir su soledad.

La globalización e internet han debilitado el poder y la autoridad política, académica y religiosa. Esta nueva situación exige al sacerdote el estudio constante de los grandes teólogos que tratan de incrustar el Evangelio en el corazón de la nueva situación y enseñan a identificar las briznas de Dios en este mundo nuestro. La secularización, que surge de la esencia del cristianismo, puede ayudar a ver con claridad meridiana la trascendencia de Dios respecto a toda realización humana aunque este mundo deshominizado y despojado de lo numinoso parezca un mundo sin Dios y un Dios sin mundo. Es difícil descubrir el silente misterio de la cercanía absoluta de Dios pero está presente por doquier.

Manuel Mandianes es antropólogo y escritor. Autor del blog Diario nihilista.

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