Siglo XXI

El atentado de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del año 2001 nos situó realmente en el siglo XXI. Es raro. Vaya un recuerdo personal que se mantiene con dificultad en la memoria. Aquel 11 de septiembre atentaron contra el coche de mi hermano dos años antes de su asesinato, incendiando siete más, pero aquel amasijo de hierros humeantes, a nosotros mismos nos pareció menos real, tal era la magnitud del atentado que presenciamos desde el saloncito de casa. Mantengo con nitidez la secuencia del choque contra la primera torre, contra la segunda, y el estupor compartido con millones de ciudadanos del mundo entero que ingresábamos en un tiempo nuevo.

El fanatismo es más viejo que las grandes religiones y que las ideologías, tal y como señaló, de forma precisa, el escritor israelí Amos Oz. Pero en el siglo XXI hemos identificado su pulsión más rotunda y global en el rostro de los fanáticos terroristas islamistas. Se sienten poderosos en la borrachera de crueldad con la que desean imponer su patología religiosa a los musulmanes –a los que consideran traidores– y a los no musulmanes.

Durante algún tiempo nos costó metabolizar la magnitud de la amenaza contra nuestras libertades. De hecho, habíamos mirado un tanto distraídos la lenta extensión de las ideas de este fundamentalismo, e incluso los atentados en lugares que nos parecían exóticos, por lo lejanos. Pero ya nada es lejano. En la era de la globalización, la Edad Media se abre paso a través de internet y por nuestras calles. Intenten recordar qué día vieron por primera vez a mujeres encerradas en el burka caminando en su ciudad junto a jóvenes barbudos que parecen pastores árabes.

Los terroristas son virtuosos en la utilización de la propaganda, y por eso eligieron esta fecha, el día 11 de marzo de 2004, en los trenes, llenos de seres humanos que empezaban el día en el corazón de Madrid.

Las estrategias antiterroristas internacionales han debilitado las estructuras operativas de Bin Laden, pero no sus ideas tóxicas, ni su extensión viral como fuente de identidad entre nuevas generaciones de jóvenes dentro y fuera del mundo islámico. Tampoco las estrategias antiterroristas internacionales han protegido mínimamente a la población en el mundo islámico especialmente castigado (Pakistán, Afganistán, Nigeria, Malí) y ello ha posibilitado la mutación a un grado superior de riesgo para todos.

El hecho es que el fanatismo terrorista islamista ha mutado durante estos últimos años y rompe las fronteras de lo que era el trabajo de información o de la Policía, para alcanzar la necesidad de la colaboración en defensa exterior en distintos lugares del mundo porque ha cobrado un aspecto multiforme: en Siria hablamos de una guerra convencional dentro de un avispero de intereses y alianzas cruzadas. España ha desplazado por primera vez sus únicos misiles Patriot a la frontera turca, para defender eventualmente sus fronteras del Gobierno de Bashar al Assad. Es raro esto también, porque algunos influyentes analistas piden pactar con Bashar por frenar a los fanáticos del Estado Islámico, al que Boko Haram ha jurado fidelidad.

Napoleón indicaba que sólo hay dos poderes en el mundo: el sable y el espíritu. Consideraba que finalmente gana el espíritu, por lo que es el momento de planificar y utilizar recursos humanos y económicos en la más ardua batalla del siglo XXI, la de las ideas. La de la desrradicalización de niños y jóvenes dentro y fuera de nuestras fronteras y la de edificar de comunidades resilientes, fuertes, con líderes que no se arruguen, con discursos sólidos filosófica y moralmente, sin autocensurarnos en nuestras libertades por no ofender a los que no nos perdonarán por ello. Son tiempos para líderes musulmanes y no musulmanes que sean capaces de hacer política de unidad frente a la manipulación fanática del islam, más allá de las fotos para la galería. En este siglo XXI.

Maite Pagazaurtundua, portavoz de UPyD en el Parlamento Europeo.

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