¿Sigue vivo Jon Snow?

La mitad del mundo atrapada por ‘Juego de tronos’ está en vilo por saber si Jon Snow sigue vivo. La atención aquí se centra en diagnosticar el estado de salud política de los negociadores de un gobierno cuando agotan las últimas horas disponibles. Salvo sorpresa, apuntan al mayor fracaso de la clase política española desde la recuperación de la democracia. En otro país europeo, los dirigentes implicados estarían viviendo las horas del miedo, previas a una nueva convocatoria electoral atribuible a su incapacidad manifiesta para el pacto; aquí, casi es perceptible el alivio por no tener que gobernar en condiciones difíciles, tanto por la composición de cualquiera de los gobiernos posibles como por las circunstancias económicas y sociales, agravadas por la crisis del déficit público.

Los electores sustituyeron el bipartidismo de la Transición por un doble bipartidismo a derecha e izquierda. Según los sondeos, van a mantener el esquema de ser convocados nuevamente. Es el mínimo castigo que los electores pueden infligir a los candidatos, ratificarse en su voto y proponerles de nuevo la cuestión de fondo: los pactos deben responder a los intereses electorales de las partes (a veces, solo a los de sus líderes) o a las exigencias inmediatas del país. Hay una respuesta fácil, a las dos cosas; pero se corresponde a los tiempos del bipartidismo perfecto o a los países con sistema electoral mayoritario o de doble vuelta. Hay que hacerse a la idea de que no estamos ni en una ni en otra situación.

Para los partidarios de priorizar los intereses electorales, una pregunta complementaria: ¿es más perjudicial pactar con un adversario ideológico que con el rival electoral directo? Y en esta línea: ¿qué consideración debería darse al pacto PSOE-Ciudadanos? Tal vez el de un modesto éxito de la voluntad de diálogo, pero con trampa. Ideal para Ciudadanos en su aspiración de situarse en el centro, en el agujero ideológico del donut de la política, muy útil para poder anclar fácilmente las ofertas de unos u otros. El pacto Sánchez-Rivera está actuando en doble dirección. Al hacerlos suyos, los socialistas se aseguran de que el PP no pueda sumar los escaños de Ciudadanos, pero este compromiso es, a la vez, la garantía de que el PSOE no sumará los suyos con los de Podemos, para satisfacción de Rajoy y de los barones de Ferraz.

Pedro Sánchez ligó su suerte a un acuerdo que impide exactamente lo que dice querer. De creer firmemente el PSOE que los problemas de España exigen un Gobierno de la izquierda, optaría por pactar con Podemos, asumiendo el coste del apoyo de los independentistas. Para convencerse, solo debería responderse a una cuestión sencilla: ¿es más urgente para los españoles evitar los recortes sociales de mañana o sufren más por la reivindicación secesionista de ERC y CDC, de difícil concreción a corto y medio plazo dada la evidente desorientación táctica por la que pasan? Además, si el PSOE cree tener en el federalismo una fórmula convincente para evitar la pretensión independentista, ¿qué temor puede haber en colaborar puntualmente con estos grupos? El impacto que ha tenido la propuesta de En Comú Podem favorable al referéndum debería hacer comprender a los socialistas los efectos benéficos de la sola perspectiva de diálogo.

La negativa del PSOE a recibir apoyos comprometedores le enfrenta al pacto con el PP o a la cómoda abstención en la investidura para que los populares gobiernen en minoría con Ciudadanos. La referencia a la gran coalición (aunque sea por pasiva) va inevitablemente asociada al precio pagado por los socialdemócratas alemanes por gobernar con la derecha. Los antecedentes de esta decisión excepcional, ahora mismo en vigor, se limitan a dos. Tras gobernar juntos de 1966 a 1969, el SPD creció un 3,4% en las siguientes elecciones, y después de la experiencia del 2005 al 2009 perdió un 11%. En el primer caso estaba Willy Brandt, y en el segundo Schröder se retiró tras perder las elecciones y dejó al frente del SPD en el Gobierno mixto a Steinmeier.

¿Tiene el PSOE a un Willy Brandt? Tiene a Pedro Sánchez, que después de obtener el peor resultado de los socialistas en unas elecciones generales no solo no dimitió (como debería haber hecho Mariano Rajoy) sino que reclamó para él todo el protagonismo, intentando hacerse con la presidencia; sabiendo lo mismo que sabe hoy, cuáles eran las líneas rojas, los prejuicios y la aritmética. La única diferencia es que se ha asegurado repetir como candidato ante unas nuevas elecciones. Un éxito para él, poco bagaje para su partido. Salvo que prospere una solución de compromiso que no cuente con él ni con el presidente en funciones. Si Sánchez y sus interlocutores fueran personajes de Juego de Tronos, estarían todos muertos, como Stannis Baratheon. Por el contrario, apostaría a que Jon Snow sigue vivo.

Jordi Mercader, periodista.

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