Sijena descoyuntado

En el diario ‘El País’ del día 14, se aseguraba que los bienes sijenenses retenidos en Lérida y Barcelona eran reclamados por un juzgado de Huesca por ser el monasterio monumento nacional y sus bienes de venta ilegal. La magistrada Carmen Aznar abriría así una caja de Pandora y otras compraventas equiparables serían objeto de litigio retroactivo. Pero la historia del saqueo y expolio -ambos se han dado- del Real Monasterio de Santa María de Sijena, panteón regio de la Casa de Aragón, solo se comprende si se abarca en su integridad, desde agosto de 1936 hasta agosto de 2016, y no descoyuntada. Son ochenta años de despojos, forzados o a hurtadillas; de sustracción de bienes; de reclamaciones administrativas formales y desatendidas; y, en fin, de compras ilegales.

sijena-descoyuntadoUna premisa interesada

Fijada la falsa premisa con suma ligereza, el articulista J. Á. Montañés da paso a la descalificación del argumento aragonés: hubo muchas ventas de bienes vinculados a monumentos nacionales. Luego, sin turno para una voz aragonesa, acopia testimonios concordantes de funcionarios de los museos catalanes. La conservadora leridana Carme Berlabé dice que «la documentación solo habla de proteger la fábrica del edificio, no de sus bienes» y que «la venta de objetos pertenecientes a monumentos protegidos ha sido habitual». Su colega Albert Velasco amplía el razonamiento a otros objetos muebles enajenados de edificios protegidos por las leyes, tanto en Huesca como en Zamora, Soria o Palencia. Ello «demuestra», según este experto, «que la venta de bienes originarios de monumentos era frecuente, no era ilegal».

Sijena, caso particular

El despojo sistemático de Sijena -no me refiero solo a su destrucción inicial en agosto de 1936 por fuerzas milicianas procedentes de Barcelona bajo la autoridad del gobierno catalán- empezó mucho antes de las ventas ilegales de las monjas, hechas una vez que fueron sacadas de su convento. Tras el incendio y la vandalización del recinto, que no fue chica, algunos bienes muebles salieron de inmediato con destino a Cataluña, donde trabajaban los hermanos Gudiol Ricart, que, entre otras cosas, tenían un próspero negocio de antigüedades. «Vaig parlar -dice Josep, en la biografía publicada por su hija en 1997- amb el comité [republicano] de Vilanova de Sixena, el qual ens lliura [nos entregó] unes pintures gotiques recollides del monestir». Es obvio que si el comité las había ‘recogido’ no se trataba de los grandes frescos murales que luego arrancaría Gudiol.

No sé de nadie que pueda detallar lo que, además de los murales, pudo ir entonces a Barcelona. Eso impide, al menos hasta hoy, una reclamación en condiciones, lo que no significa que no hubiera despojo. Las custodias de todo, las monjas sanjuanistas, se vistieron de seglares y escaparon como pudieron para salvar sus vidas. Nadie del convento se entretuvo con inventarios.

Leer bien la Real Orden de 1923

El esforzado alcalde de Villanueva de Sijena, Alfonso Salillas, cuya familia vivía desde generaciones trabajando en el monasterio o para él, ha reiterado que las monjas, que habían vuelto al cenobio, salieron de él en 1970 pensando que volverían e ignorantes de que el obispo se llevaría acto seguido a Lérida dos camiones cargados con sus bienes, incluidos antiguos menajes y vestimentas y obras como el ahora redescubierto belén de plata. Los Salillas siguieron como pudieron la pista a algunas piezas, que no estaban censadas, pero que les eran conocidas. En Villanueva, y no solo allí, más de cuatro sospechan que algunas están en Lérida, pero con el rastro administrativo borrado de intento.

La historia, entera

Pero lo que más llama la atención, en la actual y tardía fase del largo e insultante episodio, es que se niegue el nexo legal entre el inmueble y su contenido, por afectar solo al edificio la declaración de monumento nacional hecha en 1923. Por un lado, entre los bienes expoliados los hay también de tipo arquitectónico. Y, por otro, la Real Orden declara afectados por la monumentalidad legal «el templo, el claustro y su sala capitular» -incluidas sus paredes pintadas, ¿o no?-, «el palacio prioral, el refectorio, el dormitorio antiguo, la sala de la Reina y la parte subsistente de la fortificación» y todo ello, nótese, «de conformidad con los informes emitidos por las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes». Los cuales mencionan elementos relevantes del monumento -«retablos, sillería y sepulcros»- que, obviamente, no son obra civil. Y aún se añade que el monasterio es tan valioso «por el caudal artístico que atesora». Una observación clara y vinculante, de la que no parecen saber nada los citados expertos.

Las batallas son muchas, pero la lucha es una. No caigamos en la trampa: trocear y descoyuntar la historia de Sijena y centrarla cada vez en un episodio suelto solo es bueno para sus depredadores.

Guillermo Fatás, historiador.

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