Sijena, victoria aragonesa

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La defensa del monasterio de Sijena es una de las empresas más difíciles que nunca haya tenido Aragón, porque va más allá de un pleito. Dicho sea de paso, la parte contraria, que son las administraciones catalanas, ha recibido una lección de justicia que tardará en olvidar. Decía Joaquín Costa que Aragón es el pueblo del Derecho y lo hemos demostrado; antes en Caspe, hoy en Sijena.

Nuestros adversarios en este asunto, uno de los pleitos más difíciles de la historia judicial española -como lo fue en su tiempo el pleito del virrey extranjero en Aragón-, han sido muchos y muy poderosos: la Iglesia regional, manejada por el codicioso obispo de Lérida, la Generalitat de Cataluña, el Ayuntamiento y la Diputación de Lérida, varios museos públicos, los letrados bien apoyados y buen número de medios de comunicación. Estuvimos a punto de claudicar, pero, como abogado y aragonés, pude convencer a quienes perdían la fe de que la batalla jurídica no estaba perdida y de que se podía ganar. Y la ganamos. ¡Cuántos desinteresados e inmensos sacrificios quedan de por medio! Una vida casi entera.

Nuestras armas, sépanlo, han sido muchas y poderosas, pero de otra clase: la tenacidad, la constancia, la generosidad, la altura de nuestros juristas, el amor a nuestro pasado, el hondo sentido cultural de los aragoneses, el odio de la injusticia padecida, la fe inquebrantable en la victoria legal, con el alcalde de Villanueva de Sijena, Ildefonso Salillas, a la cabeza, y, por supuesto, la idea de un Aragón que es mejor cuanto más justo es.

Me consta que la Generalitat catalana da por perdido el litigio de las pinturas murales de Sijena. Pero, perdido ya el pleito, ahora han buscado meter el dedo en la llaga de su opinión pública para soliviantarla, con la excusa de que las pinturas murales de Sije-na, como fueron incendiadas, son muy delicadas y no se pueden trasladar porque, en el traslado, perecerían. ¿A qué les suena esto?

Las pinturas murales de los Santos Juanes de Valencia fueron incendiadas en 1936, como las de Sijena; se arrancaron por los Gudiol, como las de Sijena; se trasladaron a su taller en Barcelona, como las de Sijena; regresaron en 1963 a Valencia, pero no como las de Sijena, pues estas no lo hicieron, a pesar de que había ordenado su traslado la Dirección General de Bellas Artes. El Museo de Barcelona, sabedor de que nuestras pinturas murales son la Capilla Sixtina del arte románico español, hábilmente, frustró su salida.

En el juicio de las pinturas murales, tanto los peritos aragoneses como Mireia Mestre y Rosa Gasol, ambas peritos del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), todos bajo juramento de decir verdad, acreditaron que las pinturas murales se pueden trasladar sin problemas. Incluso este asunto del traslado lo da también por perdido el MNAC, pues, en su recurso de apelación contra la sentencia del Juzgado ne. 2 de Huesca, se dedican a ello escasas seis líneas de las setenta y ocho largas páginas que tiene el recurso. Muy indicativo.

Dado que los técnicos del MNAC no han servido para el propósito de retener las pinturas, ahora el museo barcelonés busca organizar un simposio con técnicos extraños al museo, internacionales a poder ser, bien pagados y agasajados ‘comme il faut’, con el fin de lanzar unas cuantas consignas para su opinión pública, pues, jurídicamente hablando, nada más sacarán, ya que este tema fue objeto de prueba en el juicio y solo puede ser ya objeto de la apelación. Como digo, el MNAC, reveladoramente, ha pasado de puntillas sobre esto.

Por lo tanto, las pinturas murales de Sijena serán trasladadas con absoluta seguridad y solvencia. La parte catalana se rendirá ante la evidencia de que Aragón ha ganado esa partida, y seguramente el pleito, aunque preferiría que se rindieran ante el arte, la magnificencia y la maravilla del monasterio de Sijena, repuesto en lo posible y renacido de las cenizas en que lo dejó la columna Durruti, salida de Barcelona.

Jorge F. Español Fumanal, abogado.

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