Sijena y el Gobierno catalán en 1936

Un amigo me cuenta que, en internet, el Sr. Velasco, empleado del patrocinadísimo Museo de Lérida –tiene por patronos al ‘Govern’, la Diputación, la Comarca del Segre y el Ayuntamiento ilerdense, además de a su inventor, el obispo de la diócesis– niega que los autores del salvaje incendio del Real Monasterio de Santa María de Sijena estuvieran, en el verano de 1936, bajo la autoridad del gobierno catalán, contra lo afirmado en esta página de HERALDO el pasado domingo. Sigamos la regla clásica, de uso en historia –y en periodismo– del qué, quién, cuándo, dónde, por qué y cómo.

Qué

El ‘qué’ es el inicio del martirio y dilatado expolio del monumento. Está bien fijado: un vasto incendio intencionado, acompañado de saqueo y pillaje inmediatos, en el verano de 1936.

Quién

El ‘quién’ es algo borroso –no mucho–, pues se discute si fue uno u otro de tres grupos de milicianos. Tras leer un interesante estudio –va camino de la imprenta– de María Sancho Menjón Ruiz sobre las pinturas de Sijena en el siglo XX, y su cuantioso acopio de testimonios y documentos, puede descartarse que la columna fuera la de ‘Los Aguiluchos’; y, entre las otras dos, una mixta de UGT y PSUC (Trueba- Del Barrio, luego titulada ‘Carlos Marx’) y la de Durruti, los datos más atendibles apuntan con fuerza a esta.

Cuándo

Hay dos ‘cuándo’. El primero es el de la bárbara quema. Ocurrió a comienzos del mes de agosto (sigo a Menjón) y duró algunos días. El segundo ‘cuándo’ es el de la salida de la columna camino del frente: partió de Barcelona el 24, tras crearse el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMAC), lo que es relevante, como enseguida se verá.

Dónde

El ‘dónde’ es el monasterio, monumento nacional hacía trece años, con su tesoro historico-artístico. La cercanía a Villanueva de Sijena –diez minutos a pie– facilitaba la relación laboral y personal con sus habitantes, significativa a efectos de valorar los testimonios villanovenses, que hablan de lo que vieron y conocían bien, y no de un lugar remoto.

Por qué

«Matad, destruid, incendiad (…) ¿Qué importa que las iglesias sean monumentos de arte? El buen miliciano no se detendrá ante ellos». Podría aceptarse razonablemente este ‘porqué’ inmediato, según palabras del tremendo líder anarquista reusense Juan García Oliver: Tal era el clima político (el porqué del porqué es otra cuestión). Oliver sería ministro con Largo Caballero solo tres meses después del incendio.

Cómo

El 20 de julio de 1936, los dirigentes anarquistas García Oliver, Sinesio García (alias Diego Abad de Santillán) y Buenaventura Durruti –según otros, también Joaquín Ascaso y Ricardo Sanz– visitaron en grupo al presidente de la Generalidad, Lluís Companys, en su despacho. El encuentro resulta humillante, aun leído hoy, en todas las versiones que conozco, incluidas la del separatista Enric Vila y la de García Oliver.

Companys no se atrevió a recurrir a las fuerzas de seguridad para desmovilizar a los anarquistas, a quienes ofreció, muy al contrario, la colaboración del ‘Govern’. Así resume Oliver su oferta: «Podéis contar conmigo y con mi lealtad de hombre y de político convencido de que hoy muere todo un pasado de bochorno, y que desea sinceramente que Cataluña marche a la cabeza de los países más adelantados en materia social». Vilas apunta que Companys no osó reprocharles los desmanes de toda clase a cargo de sus afiliados y cómo la prometida del ‘president’ se dejaba ver esos días por la calle con un pañuelo de la FAI al cuello.

El resultado coaguló al día siguiente (21 de julio, nótese), a propuesta del ‘president’: se creó el CCMAC, que fue durante meses el gobierno catalán de hecho. R. Brusco explicó en 2003 que la idea del embarullador (y embarullado) Companys era enredar en el poder a los líderes del anarquismo catalán.

A tal fin, nombró a dos delegados para representar al ‘Govern’ en el Comité: Lluís Prunés Sató, además, consejero de Trabajo desde el 1 de agosto; y, como jefe militar, al artillero Enrique Pérez Farrás, sublevado en 1934, ambos de su entera confianza personal. El Comité quedó, pues, vinculado directamente al ‘Govern’, a menos que se niegue representatividad a Companys, su encarnación antonomástica. Las dos designaciones fueron suyas.

Este comité, así impulsado y reforzado por el presidente del ‘Govern’, dispuso las expediciones milicianas al frente de Aragón. Incluida la que asoló Sijena. Llámenlo, pues, como quieran. Y no tilden de anticatalán a quien se limita a hacer puntualizaciones a su objetable versión oficial.

Guillermo Fatás

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