Silencio: hoz y martillo contra esvásticas

Por Ilia Galán, director de la revista Conde de Aranda —estudios a la luz de la francmasonería— (EL PAÍS, 13/05/07):

Si se prohíbe el símbolo de la esvástica en la Unión Europea, también ha de prohibirse el de la hoz y el martillo, dijeron en los países bálticos, recordando los veinte millones de crímenes, como mínimo, realizados bajo el yugo de Stalin. El derecho a una convivencia pacífica y segura se enfrenta al de la libertad de expresión y el problema no es de fácil resolución política. El juicio en París por publicar las viñetas de Mahoma y su sentencia absolutoria relajó un poco la situación, dejando al margen las muchas caricaturas hechas sobre Cristo y otros símbolos sagrados, pero, sin duda, nos encontramos ante un retorno de la censura explícita.

En cualquier taberna del más recóndito de nuestros pueblos podemos encontrar conversaciones incorrectas desde el punto de vista religioso, político y ético. A veces se dicen muchas torpezas, pero parece hermoso vivir en una sociedad libre donde todos pueden opinar sobre el mundo, aun con el riesgo de transmitir serias equivocaciones.

Que un ciudadano sea encarcelado por una conversación sobre política o religión resulta incoherente con nuestra reciente tradición liberal, constituida frente a otros tiempos en que había muchos temas de los que no se podía hablar, porque implicaban denuncias o cárcel e incluso peligraba la vida. No quedan tan lejos los de Franco o Hitler, persiguiendo también a quien defendiese a los judíos, los de Mao o los de Stalin, donde hablar defendiendo el zarismo o el cristianismo podía implicar morir en un campo de concentración, o de “reeducación”.

Estos modelos, que hoy nos parecen propios de las dictaduras y nos repugnan, siguen esquemas muy antiguos y utilizan similar argumentación. Ya Platón hablaba en su República de la conveniencia de la censura para evitar males a la sociedad, para mejorarla moralmente, prohibiendo ciertos tipos de poesía y música, por ejemplo. La Inquisición quemaba ciertos libros o condenaba a herejes argumentando que era por el bien espiritual de todos. Del mismo modo han actuado talibanes y otros fanáticos musulmanes destruyendo imágenes o libros: así cayó la mítica Biblioteca de Alejandría. La censura siempre cree tener buenas razones para actuar, supuestamente en beneficio de la sociedad en que se implanta.

Pese a los intensos y complejos debates en círculos académicos, donde este problema teórico sigue sin resolverse, la presidencia alemana en la Unión Europea ha presionado para poner como norma para todos la pena por negación del Holocausto judío. Su país, que sufre la vuelta a la extrema derecha, no apaga sus causas y prohíbe la palabra. Nos lo han reprochado los fanáticos musulmanes cuando surgió el escándalo de las caricaturas sobre Mahoma y se defendía la libertad de expresión: se censuran frases o gestos que pueden entenderse como apología del terrorismo, incitación al odio racial o a la xenofobia, negación del genocidio armenio en Francia -lo contrario en Turquía- o del Holocausto judío, discriminación de género, etcétera. En Austria, uno puede ir a la cárcel durante diez años por negar los campos de exterminio de judíos y también está penado con cárcel en otros Estados. ¿Se extenderán las prohibiciones?

Hay que ser muy inculto o malintencionado para negar las atrocidades que los nazis hicieron contra los judíos. Tal vez sea la página más horrenda de la humanidad, como defiende el embajador de Israel, pero hay por desgracia muchas páginas similares: véanse algunas de Stalin, Mao, Pol Pot, los conquistadores españoles, Gengis Kahn, Calígula, Tiberio, etcétera. Prohibir que se nieguen no quitan o añaden verdad al asunto.

El ambiente que extiende prohibiciones bienintencionadas para defender nuestros valores puede cambiar cuando se transmuten los criterios, no hay más que ver el cambio político en EE UU, donde el puritanismo de un determinado modelo está justificando la tortura y persiguiendo las libertades en el mundo en nombre de la seguridad.

Mucha sangre ha corrido en Europa para lograr la cultura de libertad que hoy gozamos. Si hace poco se perseguían en algunas dictaduras los libros de Dostoievski, Resurrección de Tolstoi, Los miserables de Hugo y tantos otros, hoy podrían algunos perseguir también en nombre de nobles valores películas clásicas como El nacimiento de una nación de Griffith, por su racismo, en vez de la persecución que ha poco tenía el cine erótico. También podrían prohibir la lectura de Mío Cid o el Taras Bulba de Gogol por antisemita, la de Homero en la Ilíada por su apología de la violencia, la de Platón cuando muestra la excelencia de Sócrates como “pederasta”, Los bandidos de Schiller por su animación a la delincuencia, el Buscón de Quevedo o Lazarillo de Tormes por la violencia infantil que muestran, Las preciosas ridículas de Molière por su crítica machista a la pedantería femenina o su Tartufo por su falta de respeto a ciertas formas de piedad religiosa, las obras de Calderón por su defensa de la monarquía absolutista, antidemocrática, y tantos otros autores clásicos que critican o ridiculizan bien al cristianismo, bien a Mahoma o al islam y, de paso, buena parte de los clásicos políticos, empezando por Platón, Maquiavelo, Hobbes, Nietzsche, Marx o Lenin.

Si las prohibiciones no dan fuerza a los argumentos, merece la pena reconsiderar su coste. Los que fueron encarcelados, torturados o muertos por defender esa libertad creyeron que es mejor dejar a cada uno la posibilidad de equivocarse que forzar a confesar una creencia o ciertas ideas. Tal vez, la mejor defensa de la humanidad frente a la barbarie siga siendo una buena educación, pues la verdad no se impone, se aprende.