Silencio social de Dios

Uno de los hechos más sorprendentes de la sociedad española actual es la desaparición de la palabra ‘Dios’ del espacio público como si un vendaval la hubiera arrojado fuera de las conciencias y del vocabulario, sin razón aparente para tal marginación, silenciamiento o rechazo. La palabra, las palabras, son constitutivas del ser humano, con las que usamos y las que callamos, nos decimos y decimos a los demás, lo que somos, creemos, esperamos. ¿Quién no recuerda con lágrimas aquel acto funerario oficial en memoria de las víctimas del Covid sin explicitación de la dimensión religiosa del destino del hombre, sin referencia o invocación a Dios en el que habían creído tantos de aquellos a quienes se quería recordar y dignificar?

¿Signo de un olvido o desatención para con la sacralidad de la existencia religiosa, que ha sido y sigue siendo signo determinante para tantos españoles vivos y muertos? Cada época se caracteriza por la primacía otorgada a unas u otras palabras con las cuales designa y accede a la comprensión de los hechos sociales y espirituales por los cuales está conmovida, y de aquellas otras que rechaza, oculta o calla. En España tenemos que preguntarnos hoy porqué ha sobrevenido durante los últimos decenios este silencio público sobre Dios. Subrayo la palabra ‘público’, porque en el ámbito privado de la mayoría de los españoles ha permanecido indemne. Esta situación está embarazada de peligros porque las convicciones personales íntimas no perduran a largo plazo si se encuentran a sí mismas en una diferencia radical con lo socialmente vigente, dándose una disonancia entre lo que se cree en el ámbito de la intimidad y lo que la mayoría valora y promueve. Al final se terminará reconociendo solo lo que es considerado también como verdad por los demás.

Antes de analizar el que tantos creyentes en espacio público no se atrevan a proferir la palabra Dios habría que comenzar haciendo un estudio sociológico riguroso para comprender la extensión de este fenómeno, luego indagar las causas por las cuales ha tenido lugar, y finalmente preguntarnos por la extensión y límites del lenguaje religioso en una sociedad donde la religión haya dejado de ser una expresión pública y quede recluida en el fondo de las conciencias individuales

En el diálogo entre el filósofo alemán Habermas y el entonces cardenal Ratzinger ésta fue una de las cuestiones claves. Y esta fue la respuesta concorde: ni el creyente puede imponer su lenguaje al increyente ni este a aquel. Ambos están obligados a un esfuerzo de traducción de lo propio al lenguaje común significativo y aceptado en el horizonte de sentido del otro. De entrada ninguno de los dos tiene primacía ni puede imponerlo. Esta tarea es posible porque todos compartimos las mismas capacidades para reconocer, expresar y valorar los datos fundamentales de nuestra existencia.

Luego Habermas se ha preguntado en esta línea cómo un no creyente puede acceder a la comprensión de las afirmaciones de los creyentes, por ejemplo a descubrir los fundamentos a partir de los cuales hablan de Dios. Y lo ha hecho respondiendo a la aspiración común a todos los mortales que no se ciegan ante las preguntas últimas, con un artículo que lleva este título bien significativo en boca de un no creyente como es él: «Qué es lo que nos falta a quienes no creemos?».

¿Qué responder cuando se propone olvidar o silenciar durante un tiempo la palabra Dios para limpiarla de la suciedad, sangre y crímenes que han ido unidos a ellas a lo largo de los siglos. El gran pensador judío Martín Buber, uno de los exponentes máximos del personalismo y del pensamiento dialógico, respondió a esta pregunta narrando la respuesta que dio a unos jóvenes universitarios, quienes le increparon en estos términos: «¿Cómo se atreve usted a decir una y otra vez Dios?». Él respondió: «Si dije esta palabra es porque de entre todas las palabras humanas es la que soporta una carga más pesada. Ninguna ha sido ni tan manoseada ni tan quebrantada. Las distintas generaciones humanas han depositado sobre ella todo el peso de sus vidas angustiadas hasta aplastarla contra el suelo: allí está llena de polvo y cargada con todo este. ¿Dónde podría yo encontrar una palabra mejor para para describir lo más alto?». Bajo la luz y sombra de esta palabra generaciones enteras han vivido una historia de amor invocando al más Alto por su grandeza y al más Bajo por su encarnación. Le han invocado y han respondido amando a sus hermanos, con la misma compasión y servicio universal que él ejercitó por todos hasta la crucifixión. En una clásica ‘Meditación sobre la palabra Dios’, el gran teólogo católico K. Rahner afirma que el día en el que esta palabra fuera acallada y desapareciera de nuestro vocabulario ese sería el día de la real muerte del hombre.

En su réplica a los maniqueos, que presumían de poder hablar de todo pero preferían callar sobre Dios, San Agustín escribe en el inicio de sus ‘Confesiones’: «¡Ay de los que callan sobre Tí porque no son más que mudos charlatanes». Él inicia el relato de su conversión invitando al hombre a salir del silencio para alabar, invocar y confesar agradecido a aquel de quien recibe ser y pensar: «Tú mismo, le excitas a ello haciendo que se deleite en alabarte porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Conocer a Dios le es al hombre necesario y a la vez imposible. Su ser nos desborda y el finito sólo tiene capacidad de conocer y nombrar con verdad al Infinito si este se le manifiesta. Ya Platón afirmaba: «Descubrir al autor y padre de este cosmos es una gran hazaña y explicarle a los demás es casi imposible». Es Dios mismo el que se manifiesta al hombre. Y este le reconoce en la oración y silencio interior. Las mejores religiones y filosofías han hablado del silencio sagrado, en el que el hombre se encuentra consigo mismo, se abre a Dios y puede reconocer su voz. En la historia de la espiritualidad se ha repetido la fórmula: «Tibi silentium laus=Para Ti nuestro silencio es alabanza». Pero el cristianismo es a la vez religión de la Palabra y rechazó siempre los grupos que decían que en el Principio era el Silencio. Por eso San Juan inicia su evangelio con esta afirmación categórica: «En el principio era la Palabra».

Si hemos hablado del silencio social sobre Dios hay que añadir inmediatamente que no cualquier palabra, fórmula o alusión a Dios son legítimas. El Catecismo habla del honor de Dios y prohíbe jurar o usar su santo nombre en vano. Hablar en vano es hablar desde la insolencia o inconsciencia, la rutina, la mera costumbre, la cháchara, los intereses humanos. Solo así nuestra palabra creyente podrá ser oída como expresión de fe y amor tanto a Dios como al prójimo. Esta es una tarea sagrada hoy en España: proferir el nombre de Dios en aquel tono de verdad y de sobriedad que dejen percibir nuestra palabra como naciendo de la abertura al Misterio divino, que funda y conforma nuestro ser humano.

Olegario González de Cardedal es teólogo.

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