Silenciosas banderas

Recuerdo las banderas, yo era un niño. Me abofetea su desasosiego. Ni un crío podía no percibirlo. En los años cincuenta y en un hogar de vencidos no se hacía necesario decir nada. Casi todo lo grave quedaba en el silencio. Pero un malestar denso arruinaba cada pliegue de la vida. Nadie podrá entender, de los nacidos luego, cómo todo en aquel tiempo sucedía sin palabras y era cristalinamente claro. No se aprende a ser clandestino, se nace. Y ese usar sólo en elipsis de la lengua no se extingue ya nunca. La lengua de aquel silencio me hizo. Si a algo puedo llamar yo, es a lo callado entonces. Y al sinuoso placer de descifrarlo.

Las desasosegantes banderas, a decir verdad, no eran tan constrictivas en aquel pueblo glacial de mi primera infancia. La liturgia de entrelazadas enseñas rojinegras de Falange y rojigualdas nacionales emergía, como rutina estacional, en dos o tres eventos memorables para los vencedores. Memorables también –mas de qué modo– para aquellos, mis padres, que perdieron el horizonte de sus vidas en el año 1939. Y fueron sombras a partir de entonces.

De aquella infancia, de aquellos ocasionales desfiles que veía pasar pegado a la ventana, atesoré una certeza no menos callada que el resto: los emblemas, las banderas, las camisas azules eran propiedad del régimen que tejió en torno a mí la sombra y el silencio de mi mundo clandestino. Hoy –pero han pasado seis decenios y varios mundos y muchas historias– sé que nada hay más bello en esta vida que ser un clandestino: deliberada, feliz, empecinadamente. Ser clandestino es un inmerecido privilegio: el de ser, en los discontinuos universos que nos fue impuesto surcar, tan sólo un algoritmo sin densidad ni peso. Saber eso hoy me reconcilia con mi biografía. Cuando, algún decenio después de aquella angustia primera, leí en Blaise Pascal que «el yo es odioso», me resultó una evidencia familiar: un clandestino no tiene dioses ni afectos. Ni yo: el yo es una elemental deificación afectiva. Un clandestino es una máquina de procesar las determinaciones que exigen que el sujeto sea llamado por su función gramatical: sujeto de la frase, nudo en red de concordancias.

Nunca pasó del todo el infantil desasosiego: nada de la infancia pasa del todo nunca. Los que buscan su paz en la identificación con algo o alguien me incomodan ahora, igual que entonces. Y que siempre. Sin haber aún leído a Gide, el adolescente que fui hace más de medio siglo sabía que un hombre libre no es un árbol y no tiene raíces. No podría, sin embargo, obviar haber jugado también a emborracharme con los símbolos, a consagrarme a la exaltación beata de las identidades. Eran los años prodigiosos en torno al 68. Melancólico, veo enarbolar a aquel joven que fui banderas exaltantes, estandartes, pancartas, símbolos que hoy sé una dulce locura, un disparate. Abandoné la distancia y la penumbra para bajar a un mundo de unívocas consignas. ¿Hice mal? No lo sé. Tampoco importa mucho. Sé sólo que en cada apuesta de entonces no había más ganancia en juego que la exclusión y la cárcel. Quien nunca apostó a ganar es digno de respeto. Incluso en sus errores.

Cuando 1978 cerró el delirio metódico que fue el de tantos de mi edad –y, en todo caso, el mío– ni siquiera me di cuenta. Habíamos llegado al fin de la dictadura, a su extinción biológica para ser exactos, enfermos de una épica que fue, en nosotros, su peor herencia. Y aquello que el franquismo impuso como su primer mandato, la identificación con él de España y de sus símbolos, lo aceptamos como moneda acuñada, lo hicimos criterio nuestro. Fue la trampa perfecta. Al final, del franquismo quedaron los inconciliables afectos que en nuestras mentes el franquismo puso. Y seguimos odiando lo que la dictadura nos ordenó que odiáramos por ser cosa suya. Nadie supo denunciar la locura de haber cedido así nombre y símbolos patrios. No era difícil ver lo que vendría de ese malentendido. Pero no lo vimos.

Tenía 16 años cuando leí el Díptico Español de Luis Cernuda. En la edición de La realidad y el deseo que hube de hacer mandarme desde Méjico. El librero me entregó el libro con aire furtivo. ¿O, tal vez, cómplice? Mi lectura del Díptico se detuvo, lo recuerdo, en el final de su primera ventana, Es

lástima que fuera mi tierra, esa elegía del hombre sin patria: «Soy español sin ganas». El segundo panel del díptico, Bien está que fuera tu tierra, se me hacía innecesario. Y ofensiva entonces, la reconciliación con lo perdido que hacía allí resonar el poeta. No el presente, entre obsceno y deprimente, es la patria de Cernuda, «sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado. / De aquella nos consuela y cura ésta».

El hombre que leyó a Cernuda hace medio siglo ahora, en estas vísperas de tragedia española, es demasiado viejo para creer ya en nada. Menos que nada en sí mismo. Sabe dos o tres cosas. Que se resumen en una: es preciso que la inteligencia venza siempre a los afectos. Y Dios sabe si son fuertes los afectos humanos. Y si es la inteligencia amarga. Los entusiasmos se le han ido desliendo. Las banderas –ahora todas– lo siguen desasosegando. Pero ahora sabe que desasosiego es el menos obsceno de los nombres de vida. Y que los símbolos perviven, indiferentes a nuestras preferencias. Hacerles guerra es malherir lo único que debe ser salvado entre los hombres: su sosiego.

Uno, sosegadamente, sabe su fin cercano. Quedarán, piensa, aquellos a los cuales Cernuda le condujo. Quevedo y Góngora, ante todo. Y Cervantes y Aldana y Garcilaso. La emoción grave de un endecasílabo, cuyo milagro cifra la trama de la lengua: «Miré a los muros de la patria mía…» Y a ese escueto milagro llama España. Clandestino estandarte: «La razón abra lo que el mármol cierra».

Gabriel Arias es filósofo.

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